Mostrando las entradas con la etiqueta Carlos Alberto Tellería. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Carlos Alberto Tellería. Mostrar todas las entradas

9 de enero de 2024

La belleza

A veces es necesario buscarla, mirar fijo, entrecerrar los ojos. Tenemos un atisbo de idea, sin embargo no es evidente a simple vista, no la vemos, no la encontramos. Reencuadramos, volvemos a componer la imagen, acercamos y alejamos el zoom sin resultados. A veces no se logra a la primera y es el en el posprocesado cuando recortando y reencuadrando, cuando la imagen nos logra: no antes ni después.

En la fotografía, como en la vida, el tiempo y la espera son valiosos aliados, por eso la paciencia es tan preciada. 

Otras veces la belleza se manifiesta a primera vista, casi salvaje. No damos con ella, sino que ella nos convoca de una forma tan contundente y tan irrenunciable que uno no puede hacerse el distraído y no nos queda otra que gatillar guiados por su mano suave.

La belleza está ahí, esperando o convocando, para quien sepa verla, para quien sepa detenerse. 

Por eso Tellería solía decir que "no hace fotos quien puede o quien quiere, sino quien se detiene".

19 de mayo de 2022

La foto no me emociona

Palacio San Martín


Los resultados de una fotografía en crudo nunca son lo que percibe quien la saca y que pretendía retratar, eso es sabido. Siguiendo este concepto, podríamos decir, que la fotografía distorsiona la realidad percibida. Justamente en esta distorsión más o menos sutil está su naturaleza artística.

Entiéndase el dilema. 
Usted es un ser sensible y que ha desarrollado la virtud de detenerse a observar y descubrir la belleza, en estos tiempos en los que la prisa lo iguala todo. Está emocionado, percibe una imagen bella, algo adentro suyo vibra conmovido. Es entendible que quiera compartirlo con sus allegados, compartir ese pedacito de belleza que supo descubrir y que tanto disfrute le ha proporcionado. Por eso incursiona en la técnica fotográfica, invierte tiempo en entender los atributos de la estética y dinero en equipos. Luego de un tiempo, más o menos largo, se siente seguro y empieza a hacer fotos. Lo tiene todo, la sensibilidad artística, la capacidad de detenerse a ver y la cámara para registrarlo y, paso siguiente en su altruismo artístico, compartirlo con sus seres queridos o con quien sea. No puedo describirle la emoción de la primera foto: enfoca, reenfoca, encuadra, compone, le gusta lo que ve en el visor, lo emociona como ya dije. Le transpiran las manos, quiere congelar el momento, el segundo, ese instante antes del click. Pero lo inminente no se detiene, sigue como un río su curso. Click. Hizo la foto. La mira rápido en esos 2 segundos de revisión en la cámara antes de irse. Llega a su casa o al estudio habiendo fermentado ese brizna de ansiedad y emoción: casi ebulle. Conecta la cámara a la notebook, transfiere las fotos y en esa vista rápida siente que algo se quiebra. Sacude la cabeza, no hace caso. Va y busca la foto recién descargada. Se le hace un nudo en la garganta: la foto no lo emociona, no logra evocar aquello que sintió y sospechó al verla. La luz está bien, todo está en su lugar, sin embargo no es lo que vio. Cambia la perspectiva sutilmente, la imagen se hace masiva ya que artificialmente se elimina el campo selectivo de los ojos, influenciado por las particularidades individuales.

Es así que la foto no es lo que vimos. Empezamos a darle vuelta, a reencuadrar en el pos procesado, cortamos acá, quitamos allá, a ver qué pasa si le saco altura, y si llevo el centro a la derecha o, mejor a la izquierda, hacemos zoom, alejamos y acercamos, zoom, corremos todo arriba y la izquierda, agrandamos con el scroll y buscamos reenfocar arrastrando con el puntero del mouse…

Seguimos hasta que sucede, siempre sucede. En un momento, un recorte de la imagen, que deja afuera muchos detalles que creíamos esenciales y focaliza en otros, una vista parcial, un fragmento, nunca de conjunto, nunca total, nos vuelve a conmover, nos devuelve a esa sensación primigenia previa a la foto, la esencia de belleza que nos llevó a detenernos.

He probado, pueden creerme, luego de ese “eureka” intentar reencuadrar mil veces, acercar, alejar y sin embargo ya no he podido admitir otra posibilidad: el reencuadre es uno en ese momento particular, el que devuelve a la imagen cruda, completa y anodina la capacidad de emocionarnos y de hacernos vibrar.

El texto anterior pertenece a Carlos Alberto Tellería, material no publicado. 

Por qué pasa esto? No lo se. Carlos solía embarcarse en explicaciones laberínticas y ruinas circulares que siempre lo dejaban en el mismo lugar y a uno sin saber qué carajo había querido decir.

Recuerdo una charla, enérgica sobre la cuestión.

De pie en la sala, Tellería, parecía defender una tesis frente un jurado severo o incrédulo:

- Los resultados de una fotografía en crudo nunca son lo que se percibe y se pretende retratar, eso es sabido: ¿Me seguís, Hernán? De esta forma, podríamos afirmar que la fotografía es una distorsión de la realidad que percibimos y justamente en esa distorsión más o menos fantasmagórica, más o menos sutil, radica la esencia artística de la fotografía. - Afirmó Carlos

Vellmount escuchó atentamente, y se dispuso a hablar: 
- Entiendo tu punto, sin embargo me gustaría plantear lo contrario. La fotografía distorsiona la realidad percibida originalmente distorsionada por la inevitable subjetividad de quien observa, en este caso del fotógrafo: Me seguís, Carlitos? +2 - 2 se cancelan mutuamente. Es decir, que la fotografía devuelve la objetividad a la realidad, neutralizando la subjetividad impartida inicialmente por el observador. Es en esta objetividad, precisamente, dónde radica el carácter documental de la fotografía.

Adolfo se puso de pie, se dirigió sin decir palabra hacia la puerta. Antes de salir, con una sonrisa dijo:
- Yo creo que tanto la realidad como la fotografía son una mera una representación subjetiva de quien observa. No coinciden una con la otra, quizás se complementan en su irrealidad. Ambas representan parte del acervo expresivo del artista, que es el hombre. Es decir, que nuestras obras y nuestra realidad son productos de nuestra pluma enamorada o de nuestro pincel inquieto. Justamente en esa incongruencia entre las imágenes, radica la naturaleza errática, quizás imperfecta,  pero siempre bella del hombre. 

Abrió la puerta y salió sin despedirse. 
Carlos y Hernán se quedaron en silencio, yo observaba cada detalle, cada gesto.
Abrí una botella de vino, merlot, serví a Hernán y un poco a Carlos.
Seguimos en silencio, tomando cada tanto, un buen rato. 

9 de marzo de 2019

involuta

-Todo viaje es hacia uno mismo - comentó Tellería como si hubiese tenido una revelación, dando un salto y aferrándose con ambas manos al sillón.

El zumbido del viento sonaba ventanas afuera, la sirena de una ambulancia se filtraba a la distancia y la noche porteña tenía ese qué se yo.
Vellmount observaba a Carlos de reojo, en silencio, y hacía girar los hielos de un whisky on the rock:

- Tenés razón, Carlos, ya sabíamos eso del paisaje y la distancia como excusa… pero hoy comprendo que la cuestión va más allá.
- Creo que ya hablamos sobre esto: nos repetimos. Hace poco comentaste tu percepción de la lectura…
- "Nos leemos a nosotros mismos al leer un libro" - Hernán hizo una pausa, y agregó con ironía: 
- La autorreferencia como bandera de la autodecadencia, que mal estoy.

- A veces pienso que las fotos no son más que autoretratos, no importa lo que esté delante de la focal fija, el resultado es uno y el mismo: el autor. Cielo, flor, paisaje, mujer, niña, estrella, luna, manos o redes… sea lo que sea, el fotógrafo nunca deja de retratarse - susurró Tellería algo atormentado.
- "Você não fotografa com a sua máquina. Você fotografa com toda sua cultura" - Aventuró Vellmount con un portugués improvisado
- Salgado...
- Sabés, Carlos, ahora mismo creo que no hacemos nada sin otro fin, sin otra razón que no sea ese: llevar adelante esa búsqueda personal. Lo sepamos o no, queramos o no: al viajar lo hacemos hacia nosotros mismos, al leer nos leemos, al hacer retratos nos retratamos, al conocer nos conocemos…

Ambos callaron, levantaron los vasos en gesto cómplice y siguieron cada cual en lo suyo.

25 de septiembre de 2014

Las miguitas de Lucía


Lucía niña, concebía el tiempo de una forma muy particular. Para ella, el tiempo, eran miguitas de pan. Migajas que guardaba y cuidaba celosamente.
Lucía niña juntaba miguitas por doquier y guardaba esos fragmentos de tiempo en una bolsa de papel que atesoraba entre sus manos niñas.
Más tarde, ya grande, descubrió Lucía que la vida no son miguitas y solo se dedicó a acumular vivencias que no podía poner en ninguna bolsita.

17 de septiembre de 2014

Desenfocarse para ver

Para hacer una buena fotografía, solía bromear Tellería, baste con olvidarse del sujeto principal y con obsesionarse con toda una infinidad de detalles de encuadre, perspectiva, enfoque y desenfoque, significantes primarios y secundarios, de profundidad, entre otros... estimaciones y consideraciones que nadie se detiene a ver jamás.
---
Del libro Desenfocados de Carlos Alberto Tellería
17 septimbre de 2013
CABA

17 de febrero de 2014

ojos que no pueden ver


Luego de recorrer gran parte de la villa, prestos a volvernos a la pequeña cabaña, no sin cierta frustración, Tellería se detuvo como hipnotizado frente a lo que mis ojos no veían sino un montón de oscuridad.

No pregunté ni cuestioné, pues conozco como funciona el sentido estético y de composición de Tellería. 

Antes de que gire, me senté cómodamente al borde del abismo y forcé el gesto para darle a entender que me entretenía mirando el cielo estrellado. La prisa es perjudicial para el proceso creativo. 

No quería que se apure, Carlitos es tan noble y considerado, que es capaz de sacrificar una foto si nota la menor incomodidad en quien lo acompaña. Por eso suele caminar solo.

Estuvo largo rato, en una posición verdaderamente incómoda, por no decir imposible, adaptando las patas del trípode para compensar la pendiente aguda sobre la que se encontraba.

Un viento helado se burlaba del abrigo y silbaba juguetón entre las ramas de los árboles que se sacudían no sin cierto frenesí.

Como pudo compuso el paisaje, a ciegas.

Hizo varias fotos, con exposiciones prolongadas y entre ellas se acercaba y se sentaba a mi lado. Me indicaba con las manos detalles de la escena que yo apenas podía observar o imaginar. El tiempo de exposición para la forma deseada de las nubes y las estrellas, las colas de zorro enmarcando la escena y la obturación como para transmitir el movimiento del viento, la profundidad de campo y otras tantas que no recuerdo.

Tras cada foto controlaba los detalles y el enfoque.

Luego de un buen rato, se acercó y seguimos caminando, charlando de temas al azar.

---
Texto irrelevante perteneciente a Hernán Vellmount, extraído de una de las bitácoras de viaje del fulano. Al parecer pretender ser una metáfora de algo más profundo, de la subjetividad y la tolerancia tal vez. El escritor utiliza esta viñeta fotográfica para graficar las diferencias interpersonales en cuanto a la interpretación de una misma situación. El sentido estético, como el ético dibujan el paisaje que vemos, la escena, frente a la que algunos se detienen y ven una cosa, donde otros ven algo completamente distinto y otros muchos siguen de largo porque no ven absolutamente nada. 

No ve quien quiere, sino quien puede. "Están pintados con colores que tus antiguos ojos no están acostumbrados a ver..." Sugiere Borges en la utopía de un hombre que está cansado.

Por otro lado, la conducta de Vellmount evoca la tolerancia, no ve nada pero comprendiendo el funcionamiento de sentido estético y el gusto por la fotografía de Tellería, decide quedarse y esperar, respetando algo que está fuera del alcance de sus sentidos o en lo que sus sentidos no ven sino absurdo y mera oscuridad.

Dr. Roberto Lambertucci

2 de enero de 2014

64 cuadras


A veces imagino la vida como un viaje muy particular. Transito por una cuerda endeble, en bicicleta, definido por un equilibrio más bien lábil e incierto, poco nítido. Por momentos, la soledad parece abrumarnos, pero tarde o temprano descubrimos en una complicidad, en una mano, en una caminata de 64 cuadras o en un guiño que no estamos, ni estaremos solos

Es mi única certeza. Tal vez no se necesite más.

Feliz viaje. 2014

---
Carlos Alberto Tellería
1 de enero de 2014
El arte de la invisibilidad

24 de diciembre de 2013

El origen




De los miedos nacen los corajes;
y de las dudas, las certezas.

Los sueños anuncian otra realidad posible.
y los delirios, otra razón.
---
Eduardo Galeano



Tellería llevaba varios días buscando una foto para estas fiestas, sin encontrarla. Revisaba una pila, pasando una tras otra. Suspira algo desalentado o sofocado por el calor de un departamento porteño a finales de diciembre.

Vellmount intuye el desasosiego de Carlos:

- No te preocupes, Carlitos, al igual que los autores y los libros, las fotos y los textos nos encuentran en el momento justo.

Se acomoda en el sillón, y agrega:

- Ni antes ni después, en el momento justo.

- Me olvido una y otra vez, Hernán - respondió haciendo un gesto que intentaba ser una afirmación.

Aquel día Caminó por Medrano soportando el sol del mediodía y antes de Corrientes se topa con una librería. Mira a través del cristal. Lo que ve lo intriga, por lo que se decide a entrar. 

Es recibido cordialmente:

- Hola, mi nombre es Andrea, puedo ayudarte en algo?

Todavía tímido, busca una excusa:

- Vuelo nocturno, de Exupery… lo tenés? 

- Mmmmm, me parece que no… espera que miro.

Tellería comenzaba a recorrer el lugar con la mirada, descubre un mundo diminuto e insospechado pero colmado de belleza y nostalgia.

- Solo tengo Correo Sur

- Puedo mirar un poco - Preguntó Tellería

- Por supuesto

Recorrió con calma cada rincón, cada detalle. Pidió permiso para hacer unas fotos. 

Un movimiento sutil, a un costado atrae mi atención. Vuelve la mirada y se sobresalta al vislumbrar una figura humana, algo distorsionada, como una proyección. Se parece a un niño. Sus ojos se abren de par en par, es Fabricio, el coleccionista de insectos, arrodillado entre libros y juguetes de madera.

Conmovido por el encuentro, se acerca con la prudencia y la ternura de quien tiene ante sí una naturaleza fugaz y frágil. Apenas un paso y ya no puede verlo. Sonríe a la nada, con una ternura cómplice y amiga.

Reflexiona un momento y continúa recorriendo el lugar. Libros nuevos, usados y juguetes artesanales se mezclan y se suceden. 

Tellería es abordado por una honda y dulce nostalgia. Sigue girando y haciendo fotos. De pronto se detiene, como hipnotizado, ante una biblioteca. Sus estantes están repletos de juguetes, aquí no hay libros. Observa un pequeño tapial con una frase que no era de bienvenida, sino una invitación, tal vez un bello desafío:

"Todo lo que puedas imaginar es real" 

Sonríe. Intuye una foto.

- Ese es el primer muñeco que hice, es el Dr. de corazones - dice una voz desde atrás

y señalando, agrega: 

- Lleva un corazón en la bolsita - sonríe

Sintió una honda inspiración. Recuerda la foto que había intuído.

Como lo había sospechado: esa frase en aquel lugar no era casual. Era el soporte fundamental que sostenía toda una filosofía de vida. Aquella frase y aquel muñeco eran el centro, el origen mismo del sueño de una hija y un padre al que supieron ir dando forma, que sigue creciendo y que hoy se llama El globo rojo. 

Saludó y salió inspirado, eran las vísperas de navidad. 

Caminó a paso rápido. 

Se detuvo de golpe, como espantado: había olvidado hacer la foto. 

Extrañado y sin entender por qué sacó la reflex de la mochila. La encuentra prendida. Le resulta extraño. 

Hay una foto demás en la serie, es la que aquí les traigo.


---

Este texto pertenece al libro “Milagros de navidad”, de Hernán Vellmount. Como bien sabemos, Hernán era más bien escéptico y desconfiado. Pero lo cierto es que en el fondo seguía siendo un niño que deseaba creer. Creer en qué?, se preguntará el lector. Creer en lo que sea, pero creer. En los textos que dan forma a este libro, Vellmount, recopila lo que el mismo consideraba pequeños y módicos milagros de los que nutría su alma y su fe. Fe en qué, se preguntará nuevamente el lector. Fe en el hombre. Los manuscritos fueron traducidos y ordenados por quien les escribe. 
Con este texto cierro el 2013, mis amigos. Creo que la frase central es una forma hermosa de acompañar el espíritu de estas fiestas y el comienzo del nuevo año:

Todo lo que puedas imaginar es real

Esa es mi propuesta, los invito a que sigan convirtiendo sus sueños en una realidad tangible...

Roberto Lambertucci

15 de noviembre de 2013

efemérides 14112005: lo fiable de ojos y las manos

lo fiable de ojos y las manos

Ya madura la noche, se escucha Sur en la voz de Rivero junto a la orquesta de Troilo. El aire fresco y la oscuridad de la noche, enmarcadas en el anonimato más recóndito de un hogar porteño daban una entonación filosófica a la más trivial de las charlas. Es innegable cierta influencia sobre las percepciones y sensaciones.
Hablaban sobre temas diversos, aunque recurrentes: uno no hace más que repetirse, una y otra vez sus obsesiones vuelven y vuelven.
Miraban algunas fotos de Tellería.
Luciano, se había detenido en un álbum que agrupaba la colección que Carlos, sin mucho esmero, había titulado Manos.
Iban pasando las fotos, una a una.

Los efectos del alcohol son patentes en la frágil naturaleza de un Fabricio, que se tambalea como una hoja.

- Vellmount, escúcheme bien - Dice fortunato - no solo se puede sospechar una vida a través de las manos... si uno es metódico y minucioso puede intuir toda un alma.

Fabricio cabecea y finalmente se queda dormido.

- Si se me permite agregar algo - Interrumpió Brodsky, dirigiéndose a Vellmount - … si usted quiere conocer a los hombres debe esforzarse en sobreponerse a esa cáscara de hipocresía y apariencias con la que nos cubrimos y que conocemos como contrato social…

Se acerca Tellería que ha preparado cantidades industriales de café.
Se escucha la “última curda”.

Continua, Theodore:

- Como destaca Luciano, Usted debe esforzarse y sospechar el alma. Debe escapar al encanto de las palabras y los actos, que a veces son como un canto de sirena que lo distraen a uno del verdadero ser. Las palabras y los actos son falibles y pasibles de ser falseados sin mayor dificultad. Ellos mienten y sirven a una máscara obsecuente bajo la que el hombre se esconde, temeroso o vil: ni en la soledad de su cuarto es el hombre es quien dice ser pues pesa, muchas veces, la mirada inquisitiva de un Dios ominipresente y absurdo que adquiere las formas más diversas. Sin embargo los ojos y las manos tienen vedada la mentira, y el alma se filtra en cada mirada, en cada golpeteo de unos dedos contra la mesa.

---
Dr. Roberto Lambertucci

6 de octubre de 2013

aromas premonitorios...

Aromas premonitorios

Ayer vi a una mujer con un manojo de jazmines, esto me recuerdó a Hernán y una de sus listas:

1) En las apariciones, sean estas benéficas o maléficas, puede percibirse un aroma o mezcla de aromas premonitorio;

2) En las de orden benéfico, Vírgenes, Santos y locos el aroma a rosa suele anticipar la aparición;

3) En las de orden demoníaco (diablos, mandinga, sirenas, duendes, etc) el aroma a jazmín anticipa el encuentro;

4) Cuando se trata de una mujer hermosa, verdaderamente hermosa, el aroma puede ser el de la rosa o del jazmín... en algunos casos drámaticos una mezcla de los dos.

5) En las noches de octubre, en la Plata, el tilo embriaga los sentidos y uno sueña con santos, demonios y mujeres hermosas.

Apenas un destello

- Discusión -

- Vamos Hernán - Replicó Tellería - en qué cabeza cabe que el aroma del jazmín sea premonitorio de todo lo maligno… Uno huele la frescura de esa flor y lo último que se imagina es que a la vuelta de la esquina se va a encontrar con la luz mala. Uno espera un olor más infernal, por ejemplo aroma a coliflor con cierta reminiscencia al sulfato ferroso de los años escolares…

- Mi estimado tellería, abstraígase por un momento de todo prejuicio y tabú. Vacíese de todo contenido y de toda enseñanza y esté presto a la contemplación. No hablo de particulares, mi amigo… La vírgen, lucifer y la mujer hermosa más allá de los particulares son un milagro, un verdadero milagro. Y el aroma de la flor es premonitorio de los mismos.

- Creo entender lo que querés decir… pero un duende es un milagro, Hernán? Tu razonamiento se inclina, con cierto afecto, y amenaza con desbarrancarse…

- Amenaza con desbarrancar? Usted está sesgado por su entrañable afecto por Vellmount y eso lo hace, cuando menos, benéfico, subjetivo y un poco idiota, mi querido Carlos - Ironizó Fortunato, con una sombra de sorna en su comisura izquierda…

Hizo una pausa:



- Déjeme explicarle lo que Vellmount quiere decir. Usted y yo somos adultos serios. sin embargo vivimos buscando magia, algo que nos confirme “ese algo más” que intuimos. Usted mismo la anhela, lo he escuchado. Sin embargo nuestras desesperadas búsquedas, quizás erradas y desordenada, no lo niego, sólo nos devuelven decepciones y desengaños. El fantasma del fondo de casa no es sino una sábana, la luz que brilla en la noche no es un espectro que vaga buscando el perdón sino una lámpara que prende y apaga, la imagen en el tanque de agua no es la mismísima virgen sino una mera formación del moho ávido de humedad, las nubes no esconden mensajes, las estrellas que caen no cumplen los tres deseos e incluso las estrellas son la resaca feroz de un planeta o asteroide que explotó, no existe el príncipe azul y ella habla más de lo que uno tolera, las vacaciones son un horrible mito, no hay inmortalidad ni eterna juventud, se ha refutado el regreso y la partida… y por si fuera poco usted confirma, en el proceso de buscar, que el tiempo se pasa y que se está muriendo. ¿Quien puede tolerarlo? Hamlet, doblemente cobarde, postergó el suicidio por miedo al más allá. Pero nosotros creemos en la vida, somos fuertes, no como el melindroso príncipe, y por eso nos aferramos a la vida. Somos realistas, no lo niego, pero en el fondo seguimos buscando con una ingenuidad niña el milagro, aunque sea uno pequeñito. Y en esa no renuncia, anhelamos un destello de esa otra realidad que sospechamos. Y a este fin cualquier signo, por minúsculo que sea, es confirmatorio de todo lo demás. Va entendiendo? Una Virgen, el chupacabras o una mujer hermosa adquieren el carácter de milagro, ya que su sola existencia es confirmatoria de que Dios, la magia y los milagros no son solo un artilugio psicológico, juego o una prestidigitación y que nuestra vida no es esta mierda de papeleos y rutina que debemos tolerar. Una sola mujer hermosa es suficiente, por ella se confirma toda la belleza de la vida.

Se quedaron en silencio un buen rato.
Lescano, hizo un gesto, indicando con la mirada a una morocha en la barra.



Rieron y brindaron por tal confirmación.


---
Roberto Lambertucci
6 de octubre de 2013
CABA

5 de marzo de 2013

La máquina de autorretratos


Tellería, en su alquimia había fabricado una máquina de autorretratos. Refiriéndose a ella, dice en su libro "esse est percipi aut percipere":

"Su refinado mecanismo funcionaba a la perfección: uno se ponía ante la cámara, a un metro y poco más, y por medio de un cable prolongador se accionaba el gatillo. El resultado era siempre asombroso. Cada foto era la de un paisaje o el retrato de otra persona, incluso algunos días manos, atardeceres y rosas componen caprichosamente la escena".

---
Extrato del capítulo 23: Filosofía y fotografía, en "Esse est percipi aut percipere" de Carlos Alberto Tellería. Buenos Aires. Editorial Elsa Tori. 1° Edición. 1953.

10 de septiembre de 2012

no existe tal lugar...

no existe tal lugar

En cierto momento, Tellería y Vellmount se alejaron del grupo. (1)

El atardecer pintaba de rojo las laderas de las montañas, los colores se fueron apagando adoptando las tonalidades de la más rigurosa nostalgia. Las aves ensayaban su trova vespertina.
Tellería se desvió, mientras Hernán siguió descendiendo siguiendo una dudosa huella.
De pronto se abrió el paisaje ante sus ojos. A lo lejos se veía la ciudad de Capilla del Monte, desdibujada por una bruma como la que distorsiona los horizontes.
Delante de si vio a una mujer entrada en años, que descendía con cierta dificultad ayudándose con un palo que servía de bastón. Era seguida por un pequeño perro.

El viento dejó de soplar y el alma pareció apunarse de repente, como si con cada respiración se ensanchara, desbordando los límites de la jaula torácica.
Vellmount aceleró el paso, haciendo alarde de cierta jovialidad.
Se acercó a la mujer y ante la mirada desconfiada y algo escéptica, le tendió la mano en un gesto solidario.

La mujer se quedó quieta, con la mirada fija, resaltando el silencio que llenaba el paisaje.

- Regresando, Sra.? - Preguntó Vellmount, para romper el silencio.

Con una voz serena, erosionada por la vida, respondió:

- No existe tal cosa, Vellmount... Usted lo sabe muy bien.

Un frío recorrió de pies a cabeza invadió a Vellmount que solo pudo callar.

- Vamos, por qué la sorpresa... acaso cree que solamente ustedes anhelan la utopía del regreso? Al igual que ustedes, durante mi vida casi no hice otra cosa que ensayar el retorno, sin embargo jamás regresé a ninguna parte. Es cierto que se dicen cosas. Algunos hablan de humildes y casuales episodios, sin embargo los relatos están llenos de imprecisiones y lagunas que no hacen más que transformarlos en parte de una ficción universal.

Vellmount se sentó.

- A ver, por qué la sorpresa, mi querido Vellmount. Me mira como si estuviera viendo al mismo diablo. Y tal vez lo esté haciendo, quien puede afirmar lo contrario? Mire, ve aquel pueblo - hizo un gesto con la mano izquierda - he partido hace varios días, cuando alcance su umbral el aroma será otro, las hojas en las plantas se habrán vuelto amarillas o bien se habrán caído, el viento habrá borrado las huellas de aquel perro con el que jugué, que ya no está en la esquina en la que lo recuerdo, mi querido Juan dormirá otro sueño y las arrugas de su rostro tendrán otra sombra, apenas quedarán unas migajas de la torta que dejé sobre la mesa, las sábanas tendrán otro aroma y las flores y las abejas otros colores y otros sonidos. Entonces: ¿Como puedo hablar de regreso? Es impensable. Esas cosas, ínfimas o magistrales, fueron las coordenadas que definieron mi vida en ese instante preciso.

- Tiene razón, no he hecho otra cosas que buscar el regreso. Siendo consciente de esto y para evitar decepciones uno podría decir que solo nos queda la partida.

- Al parecer la sorpresa y el cansancio están volviendo obtusa a su cabecita de novio. La falta de decepciones muchas veces habla un conformismo aburguesado, de falta expectativas, de sueños, de ilusiones, incluso de utopías... Usted no quiere eso. La decepción, muchas veces acompaña a las almas nostálgicas y es uno de sus motores. Por otro lado por las mismas razones por las que es imposible el regreso, la partida es otra mera ficción. Prácticamente podríamos decir que no se puede regresar a ninguna parte ni partir hacia ningún lugar.

- Honorable mujer, sus reflexiones me confunden (2)

- Usted ya estaba confundido, mi querido Vellmount - Ni la partida ni el retorno son factibles, por lo que comprenderá que lo único que nos queda es ésto.

Hizo un gesto y agregó:

- Solo nos queda el camino

Vellmount sintió un ruido y al girar la cabeza vio a Tellería. Cuando volvió a mirar la vieja ya no estaba.


Roberto Lambertucci


---
(1) También es cierto que el descenso se había vuelto cansador, que la luz de atardecer embriagaba sus rústicas almas y que quizás se hayan extraviado tras un canto de sirena, persiguiendo una sombra fugaz. Quien sabe, quizás tan solo sea el delirio o el sueño de éste que escribe que a su vez también sea apenas el sueño de otro que sueña.

(2) Vieja de mierda, usted está loca.



30 de agosto de 2012

Cementerios y otros depositarios angélicos

Cementerios y otros depositarios angélicos

Any mans death diminishes me,
because I am involved in Mankinde;
And therefore never send to know for whom the bell tolls;
It tolls for thee.
John Donne

30 de agosto de 2012, CABA.

Cruces, tumbas, esqueletos, muertos, curas, iglesias, crujidos, tradiciones, gatos negros y barcinos, regaderas, lápidas, firuletes, ostentación, flores, cuentos, supersticiones, cajones, avechuchos, silencio, inscripciones y descripciones, historia, eternidad, entre otras... de eso se trata.

Este capítulo del arte de la invisibilidad se insinúa muchísimos años atrás en la atracción que Vellmount sintió desde niño por la muerte y por una de sus representaciones sociales y religiosas más patentes: el cementerio.
La idea se consolida un 28 de abril de 2008 con una foto de Tellería que personalmente creo memorable, en el cementerio de la ciudad de Trenque Lauquen.
Sin embargo recién cobra forma el 25 de agosto de 2012, con la segunda visita al cementerio de la Recoleta y un texto y foto alusivos.
En éste capítulo, en el que se entrelazan las palabras de Vellmount y las fotos de Tellería de estatuas y temas relacionados con el paso del tiempo... pues la muerte ajena y toda su parafernalia no hacen más que recordarnos la finitud del propio tiempo. ¿cuantos puñados de arena quedan en tu reloj vital? apenas unos granos? toda una montaña? nadie lo sabe, y la respuesta pierde cualquier valor frente a una única certeza, irreductible y helada: nos estamos muriendo.
El fotógrafo y Vellmount intentan plasmar sus impresiones y reflexiones, su punto de vista, sobre las estatuas y estructuras... al menos eso creen, sin embargo lo que consideran una tendencia artística,  un escape al riguroso pensamiento, una inocente e incluso pícara distracción, está motivada por una de sus obsesiones más arraigadas y recurrentes: el paso del tiempo.


Dr. Roberto Lambertucci

11 de agosto de 2012

Los marcadores de Tellería

los marcadores de Tellería

Abrió un libro añejo y encontró una foto. Los colores habían perdido su jovial intensidad, habían cambiado virando sus matices a tonos azulados y amarillentos. En el papel se veían algunos rasguños y zonas en las que la tinta parecía haberse descascarado, justo en las esquinas que es donde suele plegarse un papel dentro de un libro. El marco blanco había adquirido un tímido tinte amarillo. Si, como lo supone: la foto había envejecido. 
Se observaba a un hombre de unos treinta años parado sobre el ala de un monoplano, reposando su peso sobre el codo apoyado en la cabina del aparato. 
Si uno se colma de una sensación grata, aunque indescriptible, al encontrar algo tan insignificante como una módica cantidad de dinero en el bolsillo de una campera poco usada, imagínese la emoción que sintió al encontrar aquella foto. 
La había olvidado por completo. Y también la historia tras la misma. 
Frente a sus ojos la foto volvió a mutar, se colmó de colores radiantes, de sonidos, voces, sensaciones y olores que trajeron a flor de piel aquella escena del pasado, que volvió a ser presente. 
Lloró, tal vez, un poco. 
Tuvo una idea simple, colmada de nostalgia y belleza, como todo él. 
Ya no dejaría librados al azar aquellos encuentros. Fue abriendo cada libro y sembrando entre sus páginas una foto. Para que al releer o al mudar, el pasado vuelva a ser presente. 

Posteriormente y con la práctica comprendió que una pequeña leyenda en el dorso (por ejemplo fecha y lugar donde fue tomada) y una frase representativa del momento facilitaban y enriquecían el proceso mnésico. 

Llevó esto más allá y sembró fotos en los libros, manuales y libretas de sus amigos. En cierta oportunidad Vellmount estaba declarando por un suceso de naturaleza turbia, frente a un agente federal que desbordaba seriedad, en un ámbito cuyo aire podía cortarse con un bisturí de tan denso y espeso. Al sacar su DNI cayó un papel. Levantó la foto de un niño, con una leyenda: 

¡Creer! He allí toda la magia de la vida *

Ante la estupefacción del milico, Hernán, estalló en risa para luego ser abordado por un llanto incontenible, tan nostálgico y dulce como el recuerdo de la propia niñez. 

Dr. Roberto Lambertucci

--
*Esta frase abre "El hombre que está solo y espera" de Scalabrini Ortiz.

22 de julio de 2012

Lambertucci

Lambertucci

Ubicaron una mesa y uno a uno se fueron sentando.
Vellmount llegó al final, se lo notaba pálido… como enfermo. Se desplomó en la silla, como si el peso de todos los hombres de todos los tiempos pesaran sobre él.

- Parecés enfermo, Hernán, qué carajo te pasa? – Preguntó Tellería

Una mujer solitaria mira a Román conmovida.

Laura, que hojeaba un libro alargado, en el que se observaba una fotografía del sitio actual del obelisco antes de su construcción, levantó la cabeza y con voz algo irónica citó a Borges:

- “la imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los grandes males de la humanidad porque multiplicó hasta el vértigo textos innecesarios”… - Sonrió en un gesto.

Hernán sintió nauseas.

- Jajajaaj… el gran Vellmount y su horror proverbial a las librerías y bibliotecas… - Se burló Tellería mientras lo señalaba con un libro de poesía.

Se masajeo el cuello, torciéndolo de lado a lado:

- Ciertamente ese piano viene a salvarnos, che, a salvarme. Sin esta melodía de fondo y ante tamaña barbarie – señalando - tendríamos que escoger entre la desesperación, el suicidio o la resignación… - estos acordes, y éste tostado, hacen posible una cuarta opción: la serena aceptación. – Dijo Hernán.

- Se te nota sereno – Comentó Diego, haciéndole un guiño…

Vellmount respondió con una mirada filosísima, que duró apenas un segundo porque estaba a punto de desfallecer.

Una pequeña llama brilla, un hombre lleva un cigarrillo a su boca. Una minúscula brasa late en la semioscuridad..

- Está linda la ambientación, las luces y las sombras están estratégicamente ubicadas – Comentó Carlos.

- Se les han pasado algunos detalles – comentó Vellmount entrecerrando los ojos – o mejor dicho los han puesto en exceso.

El padre toma del brazo al niño:

- Otra vez el principito, Tomás… ya tenés uno de cada editorial y en todas sus versiones…
- Pero… la rosa.
- No voy a comprarte otro más, entendés?
- El zorro.
- Basta Tomás… no me hagas enojar.
- Los atardeceres… - Susurró sin soltar el libro.

Un halo blanquecino, casi lechoso, se eleva por encima de sus cabezas y describiendo un espiral vertiginoso busca un cielo que apenas se intuye.

El padre mira al niño fijamente:

- Se te pone algo en la cabeza y no renuncias por nada, eh… - Le dio una palmadita en la cabeza y le entrego el libro… - Nunca pierdas eso… y con respecto al libro lo paga tu madre.

- Por ejemplo el piano… - comentó Vellmount.

El mozo se acerca:

- No puede fumar aquí, señor.
- No vi ningún cartel

El mozo se limitó a señalar.

- Lo siento – respondió el hombre apagando el cigarrillo.
- Faltaba más.

- Han querido evocar la nostalgia, y en cierta forma lo logran. Es cierto que lo añejo, los rayones, los colores despulidos, un poco de polvo y telarañas bien ubicadas favorecen el sentimiento… - Reflexionó un minuto...

Libidinosos dedos complementan el trabajo que la mirada había comenzado. Ella acaricia la mano pálida de su compañera. Quiere retirar la mano, siente vergüenza. Sin embargo está excitada y esa caricia además de despertar su deseo tiene algo de tierna y atrevida. 

- Sin embargo ese cacho que le falta al piano, eso no es erosión del tiempo o del uso… alguien se lo enganchó a la pasada o lo hizo pelota al mover una silla… aprovechando la supuesta evocación de la
nostalgia se hicieron los giles y no emparcharon ese detalle, que particularmente tira abajo la estética tan cuidada del lugar.
- Si, estoy con vos… es un golpe bajo a la estética – Asintió Tellería.

- Mami, sacame una foto contra el telón… 
- Estás hermosa, Tefi… pero quedate quieta querida – responde Eloisa.
- Mejor, vos también…
- Señor – suplica la niña dirigiéndose a Tellería – podría sacarnos una foto?
- Ningún problema – Respondió Carlos con una sonrisa socarrona – pero aprovecha que aquel señor (señalando a Vellmount) es un gran fotógrafo…

Vellmount puso una exagerada cara de sorpresa y sin hacer comentario tomó la cámara y he hizo varias fotos.

- Estoy viejo, Sres. – Comentó Diego, esbozando un gesto cuasi desesperado.
- ¿Y cómo vino a dar con tal revelación el srto. Marino? – Musitó escéptico Hernán.
- Ayer nos juntamos con Ariel y Facundo, a comer, y como excusa celebramos la amistad.
- Bien por ustedes

El niño y el padre se retiran de la mano, llevan un libro bajo el brazo, la madre se retrasa en la cola de la caja.

- Lo cierto es que comimos y bebimos moderamente…
- La mesura habla de años, no hay duda…
- No voy a eso… Bebimos moderadamente y en cierto momento, entre reflexiones y bromas, me abordó un sueño insostenible…
- …
- … tuve una pérdida de aproximadamente 40 minutos y al abrir los ojos noté con horror que uno de los gatos de Ariel me miraba fijamente: creí que había muerto.
- Ciertamente un horror!!!! – Soltó Vellmount
- Todos envejecemos, Vellmount… incluso Ud.
- No me refiero al paso del tiempo, Marino… me refiero a los gatos…
- ¿Cómo?
- Ciertamente no está… pero está en camino de… esos bichos… todos sabemos… con eso no se jode…
- Concluya una frase, Vellmount…
- Complétela como guste… no habrá diferencias...


Se hizo un silencio.

- Una Biblioteca con palomas y un gato barcino ha de ser el peor de tus infiernos, Hernancito – Bromeó Laura, mientras cerraba el libro.

Relajó su mano y se dejó acariciar, mientras miraba hacia abajo.

- ¿Señor, señor, nos sacaría otra foto?

Román se dejaba llevar y dejaba vida y alma en aquel piano.

Vellmount se levantó, sacó la foto y siguió caminando hacia la salida.

Al poco tiempo, uno a uno fueron saliendo.

Lambertucci fue el último en salir. Se lo notaba apesadumbrado, algo gris. Pagó la cuenta. Y se fue del Ateneo.



6 de noviembre de 2011

Un órgano de la divinidad...

Órganos de la divinidad

Es harto conocido el trasfondo místico y su vínculo estrecho con lo espiritual que popularmente se concede a los gatos. Siempre hay gatos en los cementerios, las pitonisas, brujas y una que otra vecina suelen tenerlos, lo que resulta evidencia definitiva para confirmar el carácter ultraterreno y aterrador de estos bichos.
Recuerdo que en varios pueblos escuché decir que estos animalitos tienen el don o la condena de percibir las ánimas. Es así,que un escalofrío recorría el cuerpo de esos pueblerinos cuando un gato se espantaba sin una causa aparente.

Lo cierto es que Vellmount, en uno de sus desvaríos, sostenía que estos bichos no veían las ánimas... que era un error conceptual, una falacia.

Recuerdo que un día, en una plaza, mientras Tellería perfilaba la mirada hacia unos gatitos para hacer unas fotos, Vellmount se quedó varios pasos atrás congelado.
Quien lo hubiese visto, a juzgar por su mirada, no hubiese dudado que había visto al mismísimo mandinga.
Claramente se lo notaba conmovido, impactado... estaba pálido y un aspecto marmoreo como si hubiese muerto de tanto horror resaltó las ojeras de su cara.

- Qué pasa, Hernán... parece que viste un fantasma - Preguntó Tellería algo sorprendido.

- Tellería, alejate... vení... que no te miren, pelmazo!!! no levantes la perdíz, che!. Vení, te digo...
- Qué pasa, Hernán... Me estás asustando - Replicó Carlos, mientras disimuladamente miraba alrededor intentando encontrar la fuente del espanto.,
- Esos demonios peludos... esas pérfidas quimeras son órganos de la divinidad, Dios y Diablo... ven las almas no las ánimas... Así, la divinidad ultraja y se entera de la intimidad más íntima de cada ser vivo o muerto.... tienen la virtud de apropiarse de cada secreto, por recóndito que sea con una sola mirada... - expresaba un Vellmount claramente afectado.
- Pero qué decís, Vellmount... Dejate de joder y vení, acercate...
- Es un horror, Tellería... es un horror tan claro y no lo ven... las palomas y los gatos van acabar con la humanidad... cuando nos demos cuenta, va a ser tarde... acordate de lo que te digo... va ser tarde - susurró Vellmount mientras rajaba aquella plaza.

Roberto Lambertucci

24 de diciembre de 2010

Re-creación

3667725673_2034c68e5c_o_copia2

La capilla Sixtina tiene un fresco de Miguel Ángel muy conocido y que siempre me ha conmovido: La creación de Adán.
Más allá de las interpretaciones tan dispares, creo que unifica las concepciones el gesto de la mano izquierda del primer hombre y de Dios, casi rozándose, instaurando de esa forma el primer soplo de vida e instituyendo la sustancia divina de la que se constituye nuestra alma.
Un hombre y su Dios, a imagen y semejanza, apenas separados por unos escasos centímetros recalcando la proximidad y la intimidad de la relación que los une. Intimidad que sin embargo conserva la independencia y la libertad del hombre, dueño de su vida.
En mi periodo religioso esta imagen lo era todo.



Sin embargo ya no soy un ser religioso, estrictamente hablando. Y como Hernán suele decir, yo también “dejé la religión al primer atisbo de razón”.
Es cierto que infinidad de veces volvería a esos páramos en busca de la tranquilidad y la estabilidad que colma el alma del creyente férreo, buscando alivio para los tormentos que todo ser humano debe cargar. Sin embargo, ya no podría hacerlo por mucho que me retorciera y contorsionara… porque no hay retorno del cadalso de la razón. 
El pensamiento mágico no admite dudas o críticas… y una vez que se ha criticado éste se vulnera, se resiente, se quiebra y ya no es posible retomarlo plenamente.
Casi como un castigo de un dios celoso, en los momentos de sufrimiento quise volver a la oración, a la Fe, solamente para descubrir que me encontraba horriblemente solo.
No se me había prohibido la iglesia, la liturgia, la biblia, sin embargo por esa razón tramposa y de doble o triple filo ya no tenían efecto sobre mi.
Había despertado, es cierto, pero cuantos sufrimientos e injusticias tendría que mirar con los ojos bien abiertos de tanto, tanto horror sin poderlos soslayar cargándolos en las espaldas complacientes y anchas de ese Dios medio alquimista que convierte sufrimiento en eternidad.

En esta etapa, el fresco de la capilla Sixtina siguió conmoviéndome, pero de otra forma. Esa pequeña, pero insalvable, distancia entre la mano de Adán y la Dios me parecía una especie de burla de mal gusto.
Era el retrato fiel de esa falta de comunicación entre el hombre y su dios que empezaba a agobiarme.
Por mucho esfuerzo mental y espiritual que hiciese, ese Adan agobiado o tal vez agradecido, jamás alcanzaría a rozar el dedo del Dios.
Podrá decirse en defensa del fresco de Miguel Angel que no se necesita del contacto físico, piel con piel, mano con mano. Sin embargo, estó puede ser válido para un Dios, pero el hombre necesita de caricias y abrazos. Cambio cualquier eternidad por una de sus caricias… ¿quien no?
Esa conciencia de separación que experimetaba y que ahora veía plasmada majestuosamente me atormentó y enfadó.





Hace años había hablado sobre el fresco con Vellmount y los muchachos, recuerdo que era un 24 de Diciembre en el que estábamos brindando en el medio del campo, bajo una luna inmensa y alejados de fuegos los artificiales.
Habíamos cenado liviano. Laura había hecho ensalada de fruta, una de las más deliciosas que haya probado.
Inducidos por Vellmount, empezamos a hacer el balance del año que pasaba y a esbozar los lineamientos de las expectativas que cada uno tenía para el año que estaba por venir.
En la mitad de mi relato, surgió lo del fresco, más o menos parecido a lo que anteriormente dije. Hernán se quedó callado un largo rato, inmerso en su laberíntico pensamiento.
Lo cierto es que todos callábamos.

Un poco a la izquierda y alejado del grupo principal, que se reunía alrededor de un fogón improvisado, se lo veía a Lescano, tomando tímidamente la mano de Julieta… Nadie que los hubiese visto amarse, tan tierna y tan devotamente, hubiese sospechado el desenlace posterior.

Laura y Elizabeth estaban recostadas en el piso, boca arriba, algo separadas. Cada tanto soltaban palabras a la nada, mientras no dejaban de mirar las estrellas. Seguramente Fabricio estaba por allí.

Lambertucci había dejado su cuaderno de notas y caminaba por la hojarasca, vestido por el manto plateado que la luna tejía para todos. Por el paso arrastrado y distraído y la inclinación de la cabeza, como queriendo caer sobre las hojas: se lo adivinaba nostálgico.

Yo había permanecido sentado, comiendo ensalada de fruta, cerca de Vellmount.

-Es terrible la conciencia de esa separación insalvable y eterna – Me dijo con cierto pesar.

- Pero ese fresco es apenas una interpretación que hace el hombre de la creación, un intento de reflejar su alma. Sin embargo no creo que sea la única versión posible.

- ¿Cómo es eso? – Pregunté algo curioso.

- En mi particular, creo que el hombre debe re-crear al hombre, y re creer en él también. Me imagino como metáfora, las manos de una madre y su hijo acercándose, hasta lograr la intimidad tan humana de una caricia. Ese contacto sagrado y puro que solamente entre ellos se puede entablar.
La mano de un niño aferrándose a la mano de su madre, dejando obsoletos los miedos y las incertidumbres en ese solo apretón.
La mano de una madre acariciando la mano de su hijo, de ese ser que trajo a la vida y en quien sus esperanzas e ideales se fortalecen, encontrando un mojón firme del cual sostenerse y subsistir. Una caricia que es un anacronismo maravilloso donde se conjuga el pasado, el presente y el futuro del hombre. Donde las esperanzas, tan necesarias, y los ideales parecen tener su lugarcito de realidad y así subsistir.

Hizo una pausa.

- Me imagino que una caricia, como la que te digo, debería llenar el vacío que dejó el fresco de Miguel Ángel, ahora degenerado. Toda la violencia y la soledad que hoy atormentan el corazón del hombre serían ciertamente atenuados por una pequeña caricia, que denoten confianza, amistad, cariño. Caricia negada ad eternum en el bendito dibujo, pero que podés regalarnos con una de tus imágenes, Carlos.


Miré a Vellmount con cierta admiración. Otra vez tenía razón: el hombre necesita del hombre, no de un Dios lejano e inalcanzable.

O quizás, y de forma conciliadora, en esa noción de solidaridad, sincera y pura, entre los seres se encuentre la real naturaleza y esencia de toda religión.
No podemos esperar sentados a que un toque divino solucione la violencia, la injusticia y la soledad…

Creo en el hombre fehacientemente, creo que junto a su inmensa capacidad de odiar y de hacer el mal, se encuentra latente su potencial de amar y hacer el bien, igual o más grande.

Creo también que solo saldremos adelante cuando el hombre confíe en el hombre, y dejando de lado diferencias de sexo, piel, religión e ideologías  emprendamos juntos, hermanados en un abrazo, en un apretón de manos confiado, el camino hacia el bien común.

Esta foto, antes que aquel fresco, representa mi fe en el hombre.

Y justamente ese es mi deseo para esta navidad y estas fiestas: que el hombre recupere la fe en el hombre.



El texto a Carlos Alberto Tellería y es una recopilación hecha por el dr. Lambertucci. Contiene destacados fragmentos de sus notas de aquella navidad, de algunas reflexiones de Tellería, de uno de los tantos cuadernos Rivadavia tapa dura que Vellmount solía utilizar para escribir sus memorias y de algunas charlas en la que se tocó el tema.,

15 de noviembre de 2010

Resistimos por los niños...

IMG_3112_3_sombra


Ciertamente si uno vislumbra una esperanza en éste mundo, sórdido y corrupto, está irremediablemente ligada a los niños.
Hoy por ejemplo, lunes, comienzo de semana, vuelta a la rutina infernal de la gran urbe, al ruido insoportable de los automoviles que no descansan, al paso apurado casi aturdido, como el pensamiento, si hoy lunes he de resistir ha de ser por esta foto, por la paz, por la ternura, por simpleza y la belleza de esta niñita durmiendo, a salvo de todo, sobre el pecho de su padre.
La belleza es un verdadero valsamo para los lunes.

- Tellería, llevá esto al Dr. Menendez recordá que tenés que ir al banco por lo del colegio de escribanos a las 09:00hs tenés que tener listas las carpetas, biblioratos y fotocopias necesito que busques la escritura de Martinez porque viene a firmar a eso de las 09:15hs y viste lo pesado que es por lo cual cuanto menos tardemos mejor haceme un café y traeme alguna de esas masitas tan ricas que compraste y atendé el teléfono por favor…

Apenas dos meses y no ha despegado la vista de su madre. Es conmovedor y maravilloso el vínculo que se teje entre una madre y su hijo… algo que los hombres jamás comprenderemos por completo, algo de lo que estamos excluídos.
Cambio todos los atributos y virtudes de un adulto, siempre y necesariamente sobrevalorados, por una horita de ese sueño, por 30 minutos de esa pureza, por 10 minutos de esa simpleza.

- ¡Tellería!, ¿me estás escuchando?

Ciertamente si hemos de resistir en la esperanza, ha de ser por los niños, que nos recuerdan todo lo noble… el ser humano en su estado más puro. Si solo pudiésemos resistir en la niñez, congelar el paso del tiempo en esa etapa maravillosa… Pero es imposible, solo nos queda resistir en los niños, no hay otra salida.
Si, sin lugar a dudas, si “esperanzamos” en un mundo mejor, esa esperanza se halla es las manitos arrugadas y en el sueño tranquilo de los niños.

- TELLERIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

Carlos desfenestró a su jefe con una mirada filosísima, desde atrás de un escritorio colmado de papeles que hacían equilibrio, apilados en varias columnas que parecían no tener fin cercano.
No dijo nada. Tomó tranquilo la carpeta que segundos antes habían arrojado sobre el escritorio. Caminó hasta la puerta. Y se despidió con un portazo que hizo tambalear las columnas y las certezas, supuestas, de su jefe.
Dicen que solo volvió por la oficina aquel día, para dar parte de la tarea cumplida y finalmente volver a marcharse… sin decir adios.

Este texto pertenece a un capítulo extenso y gris del arte de la invisibilidad: Los orígenes. Paradojalmente es uno de los capítulos finales de las crónicas, varias teorías de los críticos de siempre han tratado de explicar esta incoherencia de Lambertucci. Sin lograrlo. Cuando se le preguntaba al Dr. por qué ese orden tan caprichoso, por qué el origen estaba casi al final, este se limitaba a responder “ porque así sucedió o al menos así me sucedió… o quizás fue precisamente lo contrario… vaya uno a saber…”

24 de agosto de 2010

autitos de colección...


No pude menos que sorprenderme ante la propuesta de Vellmount:

- Tellería, agarrá la cámara, que tenemos que ir a una exposición de autos antiguos…

Lo miré de reojo esperando un remate de ironía que jamás llegó…

- ¿Me decís en serio? - Pregunté

- Toda la semana, hasta el domingo 29 de Agosto, de 16 a 21hs., lo organiza la cooperadora a total beneficio del Hospital de Niños… no tenés excusa… - dijo Vellmount con cierta emoción que me era desconocida y un brillo pueril adornando sus ojos ceñudos.

IMG_2176_700_f




- Cuando quieras… ¿y dónde es?– dije, todavía sorprendido, conteniendo las mil preguntas que abalanzaban y pujaban por salir desde mi boca.
- En el Dardo Rocha – dijo con voz casi solemne. Yo te invito, así te devuelvo los diez pesos de la otra vez.

Ni bien entramos, me invadió la conmoción que inevitablemente genera el Pasaje Dardo Rocha. El piso como un tablero de ajedrez, la inmensa y la pulcra altivez de las columnas elevándose… En el fondo vi la Figura de López… y ya no pude contener las lágrimas.


IMG_2174



Pronto comprendí la emoción de Vellmount… Se ha adelantado, allí lo veo, inmóvil como un niño, ante la maravillosa exposición, deslumbrado por el cromado de los paragolpes, perdido en la profundidad inmaculada de diversos colores brillantes.

Los autos de colección que veía el Vellmount gris y atormentado eran el salvavidas que mantenía a flote su niñez, al Vellmount sonriente y colorido… porque los autos de colección reavivan indefectiblemente a ese niño que fuimos y que somos, y que a veces olvidamos…

- Permitirse volver a ser un niño por los niños… vaya que merece la pena. – Me dije sonriendo mientras tomaba unas fotos y seguía observando a Hernán niño.


Este texto fue encontrado en uno de los cuadernos del Dr. Roberto Lambertucci, y según se hace mención pertenece a Carlos Alberto Tellería. 
24 de agosto de 2010

-----------------------------

En el mes de agosto desde el 21 al 29 en el Pasaje Dardo Rocha de La Plata (calle 50 entre calle 6 y 7) se llevará a cabo una muestra de autos Hot Rod y Clásicos Americanos a beneficio de la Cooperadora del Hospital de Niños.

Los horarios serán de lunes a viernes 16 a 21 hs., sábados y domingos de 14 a 22 hs.

Los niños menores de 12 años tienen entrada gratuita, los mayores un bono contribución de $10.

5 de agosto de 2010

curar el alma...

IMG_2036 copia_sombra_400_Blog
     A veces me resulta intolerable la noción de que la belleza no existe. Que los colores, los aromas, los sonidos, y quien dice que no las formas, sean la mera representación ficticia o real, casi un artificio, que nos hacemos de un universo gris, ajeno y mudo.
     Sin embargo otras veces encuentro en esa interpretación personalísima una invitación divina e irrenunciable al arte. Una invitación a que cada individuo, dentro de sus posibilidades, llene la ausencia de colores, sonidos y formas ese esbozo celestial.
     Irremediablemente me hace pensar, no sin que se me escape una risita ingenua, en un dios generoso. En un dios que no es mezquino, como el que se nos suele presentar. Un dios humilde y considerado que ha plagado su obra de “no culminaciones” dándole la posibilidad al hombre de completarla y perfeccionarla.
     Por ejemplo, ante esta imagen me resulta difícil, sino imposible, concebir que la belleza es solo un artificio, casi un disimulo o un juego mental. Siempre se acusa a los sentidos y se cuestiona su capacidad, o incapacidad, de hacer una lectura rigurosa y certeza la realidad.
     Ciertamente que no lo hacen. Y yo, que no tengo vejaciones cientistas, no solo estoy agradecido sino que lo celebro con toda la algarabía de la que soy capaz. Lo celebro y recuerdo a Wilde, en su Dorian Gray:

Nada puede curar mejor el alma que los sentidos,
y nada puede curar mejor los sentidos que el alma.

     A veces ante la Belleza, esa que se me presenta como tan cierta e indubitable, casi intuyo como Vellmount y me pregunto si la verdadera deidad creadora, cargada de milagros y maravillosa no ha de ser el hombre y que Dios es parte de esa creación sublime y dinámica.


Carlos Alberto Tellería