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El horror de las conquistas radica en que rostros vestidos de amistad y similares a los nuestros, casi hermanos, se presentan silenciosos y con el mayor sigilo posible. El horror de las conquistas es que no hay monstruos, gritos, degüellos, sangre o fuego… al menos en un primer momento. El horror de las conquistas es que nadie se percate, es que todos sigan viviendo con el colonizador frente a sus ojos, incluso dentro de sus casas. El horror de las conquistas es la anestesia, la pasividad, el gris conformismo, la física sonrisa. El horror de las conquistas es la confusión inmensa, es idolatrar y enaltecer al invasor, es llevarle flores, es hacerle nuestras mejores ofrendas… y que nadie se de cuenta. El horror de las conquistas es, finalmente, la carne herida y desgarrada por el cuchillo sostenido por la mano hermana, ahora teñida de nuestra sangre. El horror de las conquistas es la inocencia robada y destrozada por aquellos que recibimos y alojamos. El horror de las conquistas es que una vez establecidas se hacen casi imposibles de erradicar, infiltran cada resquicio de pureza y libertad, haciéndolas permanentes e inevitables. El horror de las conquistas es que no dejan vestigio alguno de lo que fue. El horror de las conquistas es que nos hacen olvidar lo que es nuestro. El horror de las conquistas es que no dejan posibles testigos de lo que fue. El horror de las conquistas es que obligan a ver la muerte de todo aquello que fue nuestro. El horror de las conquistas es… que hacen desear la propia muerte.
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Hernán Vellmount
Fragmento de una tarea para lengua, que generó una junta de maestros, le valió una llamada de atención de la maestra de lengua (un simple emisario de las decisiones de la junta) y un comunicado en el cuaderno, que debía traer firmado por ambos padres, alertando a estos de la particular y pruriginosa forma de pensar de pequeño Hernán...