15 de diciembre de 2024

Tu vida es tan valiosa como las que ves

Las redes sociales nos bombardean constantemente con imágenes de vidas perfectas y felices. Incluso el más fuerte y estoico de nosotros, tarde o temprano, se ve atrapado por ese implacable algoritmo que nos muestra lo que parece que nos falta: logros, belleza, momentos extraordinarios. De repente, nos invade la sensación de no ser suficientes, de que nuestra vida no vale nada en comparación.

Pero, déjame decirte algo: esa visión es una ilusión, un espejismo cuidadosamente construido. La realidad es que todas las vidas tienen luces y sombras. Hay días de esplendor y días de tristeza, momentos de valentía y momentos de miedo en los que sentimos que no podemos avanzar. Y eso está bien. Esa mezcla de emociones es lo que hace que cada vida, incluida la tuya, sea única y maravillosa.


Tu tristeza de hoy no es eterna; es un tramo del camino.
Y aunque en medio de la oscuridad sea difícil verlo, te prometo que llegará el momento en que volverás a reír, a disfrutar, a sentir que todo vale la pena. Si has superado dificultades antes, ya sabes que es posible. La clave está en no claudicar, en recordar que los días malos son solo capítulos, no el libro entero.


La imperfección, el dolor, las luchas… lejos de disminuir el valor de tu vida, la llenan de belleza. Son las cicatrices que narran tu fortaleza, los cimientos sobre los que construyes tu resiliencia.

Hoy, desde mi rincón, quiero tenderte una mano:

  • Si estás triste, no te rindas; el tiempo es un gran aliado.
  • Si estás feliz, detente un momento y reflexiona sobre lo que has superado para llegar hasta aquí.

Celebra tus logros, pero también abraza tus heridas: son ellas las que te han hecho más fuerte.

Y la próxima vez que te sientas pequeño frente a esas imágenes de "perfección" que aparecen en las redes sociales, recuerda esto: tu vida es tan auténtica y maravillosa como la que ves en la pantalla.

Porque la verdadera belleza no está en la perfección, sino en las historias que escribimos en cada paso, incluso en los más difíciles.


15 de marzo de 2024

Diego A. Marino

Diego A. Marino

Intuí nuevamente que la belleza absoluta es una especie de castigo temible, una carga casi horrorosa, casi imposible de soportar, que lleva consigo la tragedia hermosa de la perfección condenada a una existencia fugaz de apenas unos cuantas horas o días.

Recuerdo que la primera vez que vi una rosa china, en el patio de casa, casi conmovido por el rojo intenso me quedé helado cuando mi madre dijo, detrás mío, que solo viviría un día. Esa fue la primera vez en la que tuve contacto con ese concepto: la belleza extrema como carga insoportable.

El viernes volvía de la facultad con el paso algo apesadumbrado. Entendiendo que por la forma en la que las nubes estaban iluminadas solo quedaba a lo sumo 30-45 minutos de luz solar. Esa certeza aumentó el tedio porque no llegaría a tiempo para salir en bicicleta. Luego de unos cuantos pasos arrastrados y habiendo descartado la actividad física nuevamente, opté por focalizarme en los eventos próximos, principalmente en la delicada reunión de esa noche.

Fue así que en entre paso y paso, mientras imaginaba las alternativas de la reunión y el tema a charlar, percibí un movimiento cerca de uno de mis pies. Cuando bajé la mirada descubrí con sorpresa que una mariposa, tal vez la más bella que haya visto de tan cerca. Estaba en la calle, sobre el asfalto helado. Con sus alas coloridas abiertas de par en par. Acerqué lentamente la mano, pensando que se iba a volar inmediatamente. Pero no fue así, solo movió mágicamente sus alas maravillosas, pero lentamente, como si fueran una carga, y se trepó a mi dedo.

No podía volar ya que apenas podía mover torpemente sus enormes alas. Apenas podía cargar ese peso.

Ahí recordé que la belleza extrema puede ser una carga intolerable. Y pronto supe que estaba muriendo aplastada por ese peso.

Decidí llevarla conmigo. Fue así que caminé hasta la fotocopiadora unas 10 cuadras con la mariposa en la mano.

Fui buscando una latita o una botella para poder guardarla en la mochilla sin dañarla. Pero no pude encontrar ni una. 

Ya en la fotocopiadora esperé las imágenes de una tomografía encefalocraneana normal, los dibujos de la correlación neuroanatómica, y el informe de la OMS, del ministerio de salud de Argentina y de México del viernes 8 de mayo sobre la gripe porcina con esa carga preciosa en mis manos.

El chico que hacía las fotocopias y otra persona que esperaba miraron mi mano y a la mariposa que en vano intentaba ocultar y en sus rostros se dibujó una pregunta que jamás vio la voz.

Fue así que llegué a casa. Casi no tenía tiempo y tampoco luz, por lo que supe que debería relegar las fotos.

La puse en la meseta del helecho serrucho, con la idea de que se mantenga fresca cerca en la tierra. Movido por cierta culpa, puse cerca una cuchara de té con miel diluida en agua y otra solo con agua… Tal vez necesitaba algo dulce.

El sábado estuve todo el día en el hospital, al llegar a la noche estaba moviendo sus alas torpemente, con una dificultad aun mayor, en el mismo lugar. Volví a relegar las fotos por la falta de luz.

Hoy domingo a la mañana apenas si movía sus alas bellas, ya no relegaría las fotos. Con la delicadeza y con el nudo en el garganta de quien acaricia a alguien que está por morir, la tomé en mis manos y me dispuse a retratarla.

Su belleza no quedaría en el silencio de una muerte anónima, tal vez destrozada por la rueda de algún auto indolente o por un pie imprudente. No lo permitiría.

Esta es una de las fotos que hice.

Esta fue la segunda vez en la volvía a rumiar ese concepto: lo efímero de la belleza extrema.
Luego de pensar un momento comprendí algo que me hizo esbozar una sonrisa.

Tuve la sensación intuición de que la osadía de ser bello es castigada con la fugacidad de la vida y que la osadía de ser inmortal se paga en ella misma también tiene su precio: su precio costo es la condena a la eternidad, una forma de horror

Comprendí que la perfección y la vida fugaz y la vida eterna son una especie de tormento o bien un castigo destinado a quien desafía las virtudes exclusivas elitistas de un Dios celoso y cristiano o bien son una forma de equilibrar las existencias de los seres.

Tanto la una como la otra llevan consigo una tragedia. La tragedia hermosa de la belleza inigualable e intolerable que en su fugacidad vive apenas unos días y muere aplastada bajo su peso específico y la tragedia terrible y bella de una vida eterna cargada de tormento de la que no hay ni habrá salida.

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10 de Mayo de 2009
Diego A. Marino
Hernán Vellmount

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Este texto fue publicado el 10 de Mayo de 2009, en la ciudad de La Plata. El texto original estaba firmado bajo el nombre de Diego A. Marino, sin embargo pertenece a Vellmount, como bien se entiende. Cuando le preguntaron a Hernán sobre este particular, respondió:

- Por supuesto que estaba al tanto de la situación, ese bastardo ha robado muchos de mis textos e ideas... incluso he visto por ahí muchas fotos de Tellería que llevan como pie una frase melindrosa ("los medios justifican los fines", por ejemplo) y la firma de este sujeto. Por años me obsesioné en dar con él, nunca pude. Las únicas referencias que encontré con respecto a él fueron falsas y solo me condujeron a callejones sin salida o lo que es peor, las que parecían pistas para dar luz a su paradero, generaban un millón de incógnitas nuevas y por resolver: de un laberinto tridimensional me transportaban a uno mucho más complejo y refinado. Nunca di con él, supe cuando renunciar a esa caza de brujas, brujas que jamás existieron ni existirán. 
Diego A. Marino no existe, ni existió. Es apenas una quimera, un delirio, una alucinación huérfana de padre y madre. 
Sin embargo debo confesar que aproveché este particular. Algunos de mis textos los he firmado con ese nombre de fantasía, un poco por juego y otro poco por necesidad. Necesidad de qué se preguntará usted. Ese sujeto, real o inexistente, ha leído cada texto y hemos sido cómplices en la lectura y la escritura, incluso me atrevo a decirlo, en algunos momentos de soledad extrema su fantasma me sostuvo la mano y me ayudó a seguir. Quise agradecerle su compañía tan cierta, pero jamas di con él, como ya dije. Es por eso que muchos de mis textos llevan su nombre. Cuales?, preguntará Ud... debo confesar que han sido tantos que lo he olvidado. Incluso al releer mis textos me es imposible decirlo con certeza. En mi obstinada búsqueda de complicidad me imaginé la personalidad de este sujeto, lo hice con tanto detalle y con tanto metódico afecto que terminé por empatizar con ella, con sus pensamientos y ocurrencias, y empecé a escribir textos fingiendo y jugando a ser Diego A. Marino. Al principio me era difícil no volcar mi propio estilo y pensamientos, pero la cosa fue mejorando. Para ver la perfección y eficacia del artilugio fui mostrando los textos a gente que suele leerme, a mis amigos y familiares y les preguntaba a quien correspondía el texto. Al principio no había dudas. Con el tiempo fueron dudando, y ya avanzado el proceso no dudaban y atribuían al sujeto cada una de mis palabras escritas bajo la máscara de su nombre. Este resultado me sorprendió. Seguí jugando un poquito y fui mas allá, me gusta la sorpresa y forzar algunos límites. El siguiente paso fue volcar parte de la personalidad y pensamientos de Marino en mis propios textos. El resultado siguió un camino similar al experimento anterior, aunque el resultado fue aterrador: eran incapaces de reconocer el autor de los textos, tantos los que llevaban mi firma como los que estaban firmados por el fulano. Tellería, frotándose la frente afirmó: 

- mmmm, la verdad que estos textos podrían ser tuyos, sin duda alguna, sin embargo luego de leer los libros que me mostraste, también podrían ser de Marino. Aunque lo cierto es que también podrían ser una colaboración de los dos. ¿Quien es Marino?
- Marino no existe - Ante la mirada confundida de Carlos, tomé los textos y me fui dando un portazo.

Usted dirá, pero no eran todos textos suyos?, y se preguntará acertadamente: qué problema hay entonces?. Lo cierto es que cuando comprendí que Marino era apenas una ficción y empecé a utilizar su nombre en mis textos y a escribir fingiendo ser Marino, sucedió algo inesperado: empecé a encontrar entres mis hojas y cuadernos textos firmados por mi y por Marino que claramente no me pertenecían. Un escalofrío se filtró por mis venas.
El artilugio fue tal, tan limpio, tan complejo y tan completo (el suyo y el mio) que hoy me resulta imposible decir qué texto me pertenece y cual es obra de este sujeto. 
Frente a este segundo misterio, los textos que recibía o encontraba entre mis cosas, retomé la búsqueda del fulano varios años después. Me sorprendí al encontrar infinidad de información, detallada y cabal... que rápidamente comprendí contradictoria. Al poco tiempo recordé lo que había sido parte de mi artilugio. Durante la primera búsqueda y por la misma razón por la que comencé a firmar mis libros como Diego A. Marino, se me ocurrió sembrar infinidad de información sobre este sujeto, información obviamente falsa, por si alguien se decidía a buscarlo.
Frente a este segundo fracaso abandoné definitivamente mi búsqueda, y preferí conservar el misterio y la complicidad.
Sospeché lo que vendría, y que usted ya estará sospechando. Intuí con una sonrisa que el sujeto había seguido el mismo proceso. Sospeché que el tipo, en un arrebato de creatividad, complicidad y sentido del humor habría sembrado infinidad de información falsa sobre mi persona, habría falseado datos, borrado otros, hasta convertirme en un fantasma, en una ficción. 
Celebré esta idea, que jamás confirmé, con un sonrisa: 

- La soledad ya no era un peso intolerable: tenía un cómplice

Hernán Vellmount
Diego A. Marino
CABA La Plata 4 de Agosto de 2013

9 de enero de 2024

La belleza

A veces es necesario buscarla, mirar fijo, entrecerrar los ojos. Tenemos un atisbo de idea, sin embargo no es evidente a simple vista, no la vemos, no la encontramos. Reencuadramos, volvemos a componer la imagen, acercamos y alejamos el zoom sin resultados. A veces no se logra a la primera y es el en el posprocesado cuando recortando y reencuadrando, cuando la imagen nos logra: no antes ni después.

En la fotografía, como en la vida, el tiempo y la espera son valiosos aliados, por eso la paciencia es tan preciada. 

Otras veces la belleza se manifiesta a primera vista, casi salvaje. No damos con ella, sino que ella nos convoca de una forma tan contundente y tan irrenunciable que uno no puede hacerse el distraído y no nos queda otra que gatillar guiados por su mano suave.

La belleza está ahí, esperando o convocando, para quien sepa verla, para quien sepa detenerse. 

Por eso Tellería solía decir que "no hace fotos quien puede o quien quiere, sino quien se detiene".

10 de noviembre de 2022

anatómicamente perfecto

Camino por Villegas, hacia donde estaba antes el Progreso. Hacia Mc Fly.

Pregunto si puedo sentarme

- Cuantos van a ser? - Me pregunta la mesera

- Al menos cuatro - Respondo

- Si, en cualquiera de las mesas - Dice con media sonrisa y se marcha.

Busco en vano el Qr para la carta. Levanto la mano, y con una seña que me parece lógica pero que seguramente, vista desde afuera es inentendible, pido un menú.

No quiero caer de forma mecánica en la caipiroska de maracuya. Asique miró los tragos, estoy entre el Mc Fly y el DeLorean. 

Afirmo como si comprendiese, como si hubiese tenido una gran revelación: es el aperol, claramente es el aperol.

Me tocan el hombro.

- Sebita!!!!!!! Nos damos un abrazo.

Nos ponemos al día mientras pedimos algo para tomar y para comer. 

- Hiciste cardiología, no?

- No, clínica y reumatología 

- No hiciste cardiología, estaba seguro que eras cardiólogo - Repite Sebastián sorprendido.

- De dónde sacaste eso?

- Me acuerdo...

De repente todo comienza a distorsionarse (todavía no tomé nada), la voz de Sebastián comienza escucharse lejana. De pronto siento la sensación de la montaña rusa, justo antes de bajar en caída libre. 

Se apagan los sonidos y como un cimbronazo me sacude, casi me desprende de la silla. 

Abro los ojos,  estoy aturdido. 

Un ruido ensordecedor, metálico me taladra los oídos. Parece música. Miro a mi alrededor. Estoy en un bar platense. Siento la torpeza y la descomposición del movimiento de cuando tomo cerveza. 

- Ja, todavía no entendía que la cerveza me hace mal! no es el alcohol, es algo de la cerveza! por eso tomo vino o tragos! - Comento en voz alta aunque no había nadie cerca.

Un remolino de gente yendo y viniendo, contorneándose, sacudiéndose embrujados por esos ruidos estridentes que me revientan los oídos.

- Vení, Marino! - me agarran del brazo. Es Sebastián con Pipi, que están en un estado peor que el mío. 

Me presentan a Laura.

- Como estás - Le grito en la oreja

- Bien, vení vamos a sentarnos, estoy cansada 

Nos sentamos en la mesa en la que estaba anteriormente. 

- De dónde sos?

- De Trenque Lauquen, que suena al Sur Argentino, pero es provincia de buenos Aires... Cerquita de Pehuajó, a 150 km de Santa Rosa - Respondo.

- Y qué haces por la Plata

- Estudio medicina

- Dale, me estas chamuyando, te querés hacer el interesante! - Dice y me pega con la mano 

- No, de verdad, quiero ayudar a la gente

- Hay, que noble... no te creo - Dice - demostramelo.

Pienso un segundo y agarro una lapicera bic que había en la mesa y una servilleta y le digo:

- Así es como se representa el amor, con un corazón (hago el dibujito clásico), sin embargo es anatómicamente impreciso! - Y comienzo a dibujar

- Qué haces?

- Demostrarte que soy médico... Estudiante de medicina

Se ve que me meto tanto en el dibujo que se vuelan los minutos. Cuando levanto la cabeza triunfante, ostentando mi obra en la servilleta... Laura ya no estaba.

- Que meirda es eso? - Me pregunta Sebastián

- Un corazón anatómicamente real

- Que porquería intrincada es el amor real, bromea alguien de otra mesa mirando la servilleta.

Otra vez la montaña rusa, los ruidos y los olores empiezan a alejarse, de nuevo el sacudón.

Abro los ojos. Hay silencio, se escucha el ruido lejano de algún autobus y muchos autos. Estoy en un escritorio, dibujando en un iPad. 

Estoy asquerosamente sobrio, se escucha de fondo Devenire, de Ludovico. 

Son mis manos, pero no las controlo. 

Estoy dibujando nuevamente. 

- Qué mierda es eso? 

- Pará que va a ir tomando forma.

Capa por capa me veo dibujando un corazón. 

Otra vez la sensación. Los ruidos y colores que se alejan, el sacudón. 

- Donde carajo estaré ahora

- Vos eras cardiológo, no? - Me pregunta Sebastián

- No, nada que ver

- Y por qué creo que....

- Porque me viste dibujando un corazón en una servilleta de papel una vez que salimos en La Plata

Sebastián piensa un momento y, riendose, dice:

- No estabamos bien

- No

Nos reímos, pedimos una cerveza y algunos tragos.

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CABA

La Plata

Trenque Lauquen 



7 de noviembre de 2022

nostos

 

En griego, «regreso» se dice nostos. Algos significa “sufrimiento”. La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia) y, además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos “añoranza”; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería homesickness, o en alemán Heimweh, o en holandés heimwee. Pero es una reducción espacial de esa gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, distingue claramente dos términos: söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimfra: morriña del terruño. Los checos, al lado de la palabra “nostalgia” tomada del griego, tienen para la misma noción su propio sustantivo: stesk, y su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es styska se mi po tobe: “te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia”. En español, “añoranza” proviene del verbo “añorar”, que proviene a su vez del catalán enyorar, derivado del verbo latino ignorare (ignorar, no saber de algo). A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él. Algunas lenguas tienen alguna dificultad con la añoranza: los franceses sólo pueden expresarla mediante la palabra de origen griego (nostalgie) y no tienen verbo; pueden decir: je m?ennuie de toi (equivalente a «te echo de menos» o “en falta”), pero esta expresión es endeble, fría, en todo caso demasiado leve para un sentimiento tan grave. Los alemanes emplean pocas veces la palabra “nostalgia” en su forma griega y prefieren decir Sehnsucht: deseo de lo que está ausente; pero Sehnsucht puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido (una nueva aventura), por lo que no implica necesariamente la idea de un nostos; para incluir en la Sehnsucht la obsesión del regreso, habría que añadir un complemento: Senhsucht nach der Vergangenheit, nach der verlorenen Kindheit, o nach der ersten Liebe (deseo del pasado, de la infancia perdida o del primer amor).

Milan Kundera, Ignorance

23 de junio de 2022

todos los círculos


Salté de la cama: algo me despertó. Eran las 5:30 hs, la pequeña seguía dormida al lado. Aun obnubilado por el sueño, supe que me había despertado una explosión. Creí que había sido un disparo, como se han escuchado otras veces. 

Al poco tiempo comenzaron a escucharse gritos que no se entendían. Pensé que habían herido a alguien, por lo cual miré hacia Córdoba y Pueyrredón y sin embargo no vi nada.

Volví a apoyar la cabeza sobre la almohada y pocos minutos después los gritos se volvieron desesperados, gritos de auxilio y gritos de ayuda. No eran uno o dos, eran muchas voces gritando. 

Volví a mirar, seguía pensando en el herido de bala… otra vez no ví nada. Cuando traté de seguir el origen de los gritos ví un reflejo en la fachada vidriada del Finochietto, sin entender mucho todavía, busqué la fuente del mismo y me quedé congelado: un departamento se estaba incendiando. 

Era un incendio de una violencia que jamás había visto o sospechado. 

Uno ve incendios catastróficos en las películas y sin embargo no arden ni queman como lo que estaba presenciando. 

Estoy acostumbrado por profesión al sufrimiento y a la muerte, a los médicos y sobre todo cuando se ha trabajado o se trabaja en urgencias no nos es ajeno el sufrimiento y la muerte, no nos paraliza, pensamos claro, decidimos claro, actuamos aún a pesar de la tragedia de la que somos testigos, aunque siempre nos conmueve e impacta. 

Sin embargo esto era de una violencia que desconocía, que no había visto antes, que no sospechaba y me quedé helado, se me puso la piel de gallina y se me hizo un nudo en el corazón o en el estómago. 

Las lenguas de fuego salían del departamento hacia el balcón con una energía monstruosa, casi infernal, consumiendo todo a su paso. Subían extendiéndose hasta alcanzar el departamento de arriba, simultáneamente se escuchaba el crujido de las cosas quemándose, rompiéndose y vidrios que estallan. Una columna de humo colosal se elevaba como un leviatan, un humo denso casí viscoso, casi palpable, claro cerca de las llamas y negro al elevarse un poco, que superaba la altura del edificio y oscurecía toda la manzana. 

Casi simultáneamente comenzaron a sonar las sirenas de bomberos y ambulancias en lo que fue un operativo enorme y bien coordinado. 

Al poco tiempo los bomberos entraron al edificio, se veía las luces de las linternas recorriendo piso a piso, habitación por habitación. De forma coordinada y guiadas por gritos y llamadas, aseguraron todo el edificio, de pb a hasta la terraza y cabina de ascensores, cada uno en posición verificando si había personas atrapadas.

Pronto se los ve llegar al infierno, al origen mismo del fuego, no se detienen, no dudan,  tienen que romper ventanas, cortar rejas, y no se detienen. Yo estoy a una cuadra y estoy congelado, con el corazón en la boca, con mil pensamientos en la cabeza y sin poder moverme, impregnado de terror incluso a la distancia, y estos señores no se detienen: el infierno no los detiene.

Imagino que el esfuerzo físico debe ser brutal, colosal, lo cual empeora hasta vértigo con las altas temperaturas y el humo, sumado a que trabajan a oscuras porque se corta la electricidad en el edificio. Es difícil de imaginarse en carne propia una situación parecida. 

¿Qué pasa por la cabeza de estas personas? Son inmunes al miedo? Claro que no.

Se que están aterrados, por sus cabezas pasan mil pensamientos, el sufrimiento y la muerte de las personas que asisten, pero además (y en esto se diferencia con el proceso que hacemos los médicos) pasan en un segundo por su cabeza su salud, su vida, sus familias, sus planes, todo. Tienen miedo, desde ya, un miedo que apenas podemos sospechar, que solo lo puede describir quien vive esa situación. Pero a pesar de eso siguen, voluntariamente y se los ve meterse sin titubear al corazón mismo de las llamas.

Pronto comienza a salir un humo blanco desde adentro y las llamas comienzan a ceder. 

Siguen recorriendo los pisos buscando víctimas, se los ve cargar a algunos, ayudar a salir a otros.  

Se que tienen miedo porque el proceso ha de ser similar al “acostumbramiento médico selectivo” al sufrimiento y la muerte ajenos, que nos permite ser operativos ante la urgencia, conservando la emoción, la empatía y la conmoción ante el sufrimiento y la muerte. Es decir, el médico a pesar de mostrarse imperturbable y calmo ante situaciones dramáticas para las que se preparó y experimentó sigue sintiendo, se sigue emocionando. 

Pero sigue siendo distinto lo de estas personas.  

Están acostumbrados, es su trabajo y se preparan para eso, si, es cierto. Pero las cosas no son tan sencillas y uno peca en restarle importancia a lo que hacen estas personas. 

Los médicos nos acostumbramos a cosas que paralizan al resto y podemos actuar, como ya mencioné, sin embargo pocas veces lo que vivimos amenaza de forma directa y categórica nuestras vidas, quizás en pandemia sentimos eso: la propia vida amenazada intentando salvar o curar a alguien. Ahí cambia el panorama, no es el sufrimiento ajeno, la muerte ajena solo la que está en juego (siempre una tragedia, pero no nos muerde el dolor a nosotros ni la muerte nos respira en el cuello)… En la pandemia fue distinto, estuvimos en peligro directo, era la propia salud la amenazada, era la propia vida en peligro. Ahí si se nos complicó pensar con claridad, tomar decisiones no fue fácil. Ciertamente fue un infierno emocional y físico que nos doblegó a casi todos y cuyas secuelas emocionales y físicas muchos padecen todavía. Quizás ahí experimentamos algo parecido.

Fue todo tan dinámico y rápido que es difícil describirlo y transmitir la escena fielmente. 

Simultáneamente a bomberos se llenó de ambulancias del SAME, que llegaban y salían una tras otra, en orden a pesar del caos, que cargaban heridos y los llevaban a distintos hospitales para su atención. La policía coordinó los cortes de Córdoba y las esquinas alrededor permitiendo y ordenando el operativo que fue inmenso, de un gran despliegue de las tres entidades (SAME, Bomberos y Policía).

Fue una tragedia. Murieron varias personas y más de 30 internados. Siento una mezcla de emociones. Me alcanza la primera luz del día pensando todo esto. 

No somos conscientes de la salud hasta perderla o hasta que se ve amenazada. No somos conscientes de la seguridad hasta perderla o hasta que se ve amenazada. Somos inmunes hasta que dejamos de serlo y ahí es desesperante, un infierno que nadie quisiera vivir. 

Que no quede en unos aplausos perdidos y olvidados el reconocimiento y respeto de cada ciudadano a quienes nos cuidan y nos salvan en el día a día, poniendo la propia vida y salud en riesgo. 


Diego A. Marino.

19 de mayo de 2022

La foto no me emociona

Palacio San Martín


Los resultados de una fotografía en crudo nunca son lo que percibe quien la saca y que pretendía retratar, eso es sabido. Siguiendo este concepto, podríamos decir, que la fotografía distorsiona la realidad percibida. Justamente en esta distorsión más o menos sutil está su naturaleza artística.

Entiéndase el dilema. 
Usted es un ser sensible y que ha desarrollado la virtud de detenerse a observar y descubrir la belleza, en estos tiempos en los que la prisa lo iguala todo. Está emocionado, percibe una imagen bella, algo adentro suyo vibra conmovido. Es entendible que quiera compartirlo con sus allegados, compartir ese pedacito de belleza que supo descubrir y que tanto disfrute le ha proporcionado. Por eso incursiona en la técnica fotográfica, invierte tiempo en entender los atributos de la estética y dinero en equipos. Luego de un tiempo, más o menos largo, se siente seguro y empieza a hacer fotos. Lo tiene todo, la sensibilidad artística, la capacidad de detenerse a ver y la cámara para registrarlo y, paso siguiente en su altruismo artístico, compartirlo con sus seres queridos o con quien sea. No puedo describirle la emoción de la primera foto: enfoca, reenfoca, encuadra, compone, le gusta lo que ve en el visor, lo emociona como ya dije. Le transpiran las manos, quiere congelar el momento, el segundo, ese instante antes del click. Pero lo inminente no se detiene, sigue como un río su curso. Click. Hizo la foto. La mira rápido en esos 2 segundos de revisión en la cámara antes de irse. Llega a su casa o al estudio habiendo fermentado ese brizna de ansiedad y emoción: casi ebulle. Conecta la cámara a la notebook, transfiere las fotos y en esa vista rápida siente que algo se quiebra. Sacude la cabeza, no hace caso. Va y busca la foto recién descargada. Se le hace un nudo en la garganta: la foto no lo emociona, no logra evocar aquello que sintió y sospechó al verla. La luz está bien, todo está en su lugar, sin embargo no es lo que vio. Cambia la perspectiva sutilmente, la imagen se hace masiva ya que artificialmente se elimina el campo selectivo de los ojos, influenciado por las particularidades individuales.

Es así que la foto no es lo que vimos. Empezamos a darle vuelta, a reencuadrar en el pos procesado, cortamos acá, quitamos allá, a ver qué pasa si le saco altura, y si llevo el centro a la derecha o, mejor a la izquierda, hacemos zoom, alejamos y acercamos, zoom, corremos todo arriba y la izquierda, agrandamos con el scroll y buscamos reenfocar arrastrando con el puntero del mouse…

Seguimos hasta que sucede, siempre sucede. En un momento, un recorte de la imagen, que deja afuera muchos detalles que creíamos esenciales y focaliza en otros, una vista parcial, un fragmento, nunca de conjunto, nunca total, nos vuelve a conmover, nos devuelve a esa sensación primigenia previa a la foto, la esencia de belleza que nos llevó a detenernos.

He probado, pueden creerme, luego de ese “eureka” intentar reencuadrar mil veces, acercar, alejar y sin embargo ya no he podido admitir otra posibilidad: el reencuadre es uno en ese momento particular, el que devuelve a la imagen cruda, completa y anodina la capacidad de emocionarnos y de hacernos vibrar.

El texto anterior pertenece a Carlos Alberto Tellería, material no publicado. 

Por qué pasa esto? No lo se. Carlos solía embarcarse en explicaciones laberínticas y ruinas circulares que siempre lo dejaban en el mismo lugar y a uno sin saber qué carajo había querido decir.

Recuerdo una charla, enérgica sobre la cuestión.

De pie en la sala, Tellería, parecía defender una tesis frente un jurado severo o incrédulo:

- Los resultados de una fotografía en crudo nunca son lo que se percibe y se pretende retratar, eso es sabido: ¿Me seguís, Hernán? De esta forma, podríamos afirmar que la fotografía es una distorsión de la realidad que percibimos y justamente en esa distorsión más o menos fantasmagórica, más o menos sutil, radica la esencia artística de la fotografía. - Afirmó Carlos

Vellmount escuchó atentamente, y se dispuso a hablar: 
- Entiendo tu punto, sin embargo me gustaría plantear lo contrario. La fotografía distorsiona la realidad percibida originalmente distorsionada por la inevitable subjetividad de quien observa, en este caso del fotógrafo: Me seguís, Carlitos? +2 - 2 se cancelan mutuamente. Es decir, que la fotografía devuelve la objetividad a la realidad, neutralizando la subjetividad impartida inicialmente por el observador. Es en esta objetividad, precisamente, dónde radica el carácter documental de la fotografía.

Adolfo se puso de pie, se dirigió sin decir palabra hacia la puerta. Antes de salir, con una sonrisa dijo:
- Yo creo que tanto la realidad como la fotografía son una mera una representación subjetiva de quien observa. No coinciden una con la otra, quizás se complementan en su irrealidad. Ambas representan parte del acervo expresivo del artista, que es el hombre. Es decir, que nuestras obras y nuestra realidad son productos de nuestra pluma enamorada o de nuestro pincel inquieto. Justamente en esa incongruencia entre las imágenes, radica la naturaleza errática, quizás imperfecta,  pero siempre bella del hombre. 

Abrió la puerta y salió sin despedirse. 
Carlos y Hernán se quedaron en silencio, yo observaba cada detalle, cada gesto.
Abrí una botella de vino, merlot, serví a Hernán y un poco a Carlos.
Seguimos en silencio, tomando cada tanto, un buen rato. 

15 de noviembre de 2021

El impostor - Javier Cercas


He desistido nuevamente. 

- He desistido nuevamente? y eso de dónde salió, yo no quería empezar este texto así...

Yo no quería hablar o escribir sobre el desistir y la tendencia creciente a desistir de cosas que consideraba esenciales, algunas incluso pilares en los que creía.

Venía postergando el sentarme a escribir. Y lo venía postergando por la fotografía, por lecturas o bien por cansancio ya que leo libros no médicos preferentemente de noche. Y mi noche habitualmente se inicia a eso de las 23 o 24 hs. Es decir que cuando no leo, es que estoy dormido (o tal vez, cuando leo no duermo).

Hoy me siento, estoy decidido, rumiando nuevamente una idea que había madurado en la semana (los que escribimos conocemos ese momento en el que la idea está lista para convertirse en texto), la venía procesando, dando vueltas en la cabeza hace días, había monopolizado prácticamente todo el tiempo escaso que dedico al proceso creativo.

Así me siento a escribir. Con ese ímpetu creador, siempre ingenuo. 

Sin embargo, con solo poner las manos sobre el teclado de la Dell pierdo el control, ya no decido. 

Es así que empiezo a escribir sobre el desistir y sobre las veces que he desistido últimamente. 

Yo no quería arrancar el texto sobre “El impostor” de Javier Cercas diciendo “he desistido nuevamente”. Quería simplemente contar o compartir la alegría inmensa, la satisfacción intelectual y espiritual que regaló su lectura... sin embargo los que escribimos sabemos que no somos dueños, sino medios. 

Vuelvo a recordar a Sábato, en el escritor y sus fantasmas, contando algo que me pareció inicialmente un delirio y que más tarde no sólo confirmé, sino que se volvió realidad tajante. No encuentro la frase textual, pero decía algo así (o algo así recuerdo): los personajes primero son títeres del escritor, sin embargo llega el momento en que estos se independizan, adquieren voluntad, deseos, caprichos y sobre todo libertad y autonomía. 

Más tarde uno comprende, que uno creía ingenuamente se limitaba a los personajes, sin embargo descubre poco a poco, de forma irremediable, que cada cosa que escribe, cada idea, cada pensamiento, cada letra son caprichos de una ficción de la que apenas somos, a veces, un personaje. Podemos sugerir muchas veces, sin embargo siempre el resultado final es algo distinto en lo que a veces estamos inmersos, y muchas veces algo de lo que ni siquiera somos parte. 

Yo no quería empezar este texto diciendo “he desistido nuevamente”, solo quería compartir la emoción que me había generado el libro de Javier Cercas. Hacía tiempo que no leía un libro que no quería terminar, me había pasado principalmente con Kundera y también con Fromm: no quería terminarlo, lo extendía, lo dilataba lo más que podía y cuando el final ya era palpable, inevitable, cuando quedaban apenas unas 16 páginas y comenzaba a buscar otro título del mismo autor, sentir miedo y ansiedad, quizás una angustia anticipada de que el nuevo título no toque las mismas fibras que el actual había tocado o peor aún: que no las toque con la misma intensidad. 

- Dale Javier, quiero que Soldados de Salamina o Anatomía de un instante me haga vibrar de la misma forma que lo hizo la historia Enric Marco. 

Que ingenuo y que injusto soy con Javier que tanto me ha dado o me ha permitido a través de la lectura de uno de sus libros. Se bien que un libro, o la lectura de un libro y las sensaciones que despierta no son patrimonio exclusivo del autor, sino que en las mismas el lector tiene un rol trascendental. 

He desistido nuevamente, así empezaba este texto que en verdad era otro. Y decía que he desistido de muchas cosas que eran muy ciertas para mí. Pero hoy desisto en general de recomendar libros, y particularmente desisto de recomendar el libro de Javier que quería recomendar con este texto. 

Y desisto porque la lectura es algo tan particular y único como la persona y el momento intelectual, emocional, espiritual y cultural que transita

Hace tiempo, a través de un personaje propio, comprendí que ingenuamente solemos creer que llegamos por medio de alguna inspiración trascendental, una especie de Nirvana, a un autor y a un título. Cuando en verdad son los títulos y los autores los que llegan a nosotros en el momento justo, cuando los necesitamos o cuando estamos en condiciones intelectuales, emocionales o culturales de leerlo. 

Recuerdo un cuento de Borges, en la Utopía de un hombre que está cansado, del Libro de arena. El visitante miraba un montón de lienzos en blanco, al ver la sorpresa el personaje principal le dice:

- Están pintados con colores que tus antiguos ojos no están acostumbrados a ver.

¿Cómo podría entonces recomendarlo? Sabemos que la lectura no es solo lectura, que cambia a las personas: 

- Che, léete este libro de Cercas, El impostor, que es genial.

Cómo podría decir algo así, sabiendo que fue genial para mí, con mi historia personal, con mis lecturas y vivencias previas. El libro es genial en sí, desde ya y objetivamente, pero eso importa poco o pesa menos cuando decimos que es genial para nosotros, porque lo que realmente aporta peso contundente es lo que generó en nosotros. 

Y es genial porque Javier o el libro que escribió Javier hablan no solo de la particular Mentira (con mayúscula) de Enric Marco, sino de cómo interpreta la realidad (o lo que es real) la sociedad y el ser humano. Y lo hace con una calidad literaria, tan llevadera, tan fresca, tan cotidiana que da gusto leerlo, mezclando en medio temas que llevan a profundas reflexiones filosóficas, logrando que, aunque es un libro largo (432 páginas en una de sus ediciones en papel) uno quiera que no se termine nunca. El libro de Javier logra lo que Javier se había propuesto: uno lee una novela histórica que es no ficción como si fuera ficción pura.

        Creo que uno no puede recomendar la lectura de un libro, aunque le haya parecido genial. 

Creo que lo que uno puede hacer es compartir lo que le ha generado un libro, para que otro que navega como uno, perdido y desbordado en el inmenso e inagotable océano de textos que se multiplica vertiginosamente sepa de su existencia, y tenga la certeza de que estará ahí cuando lo necesite. Y que llegado ese momento, El impostor y Javier lo van a encontrar y su lectura va a ser excepcional. 


CABA

24 de junio de 2020

verte reír, nostalgias y el corazón en una bolsita de papel



Ella tenía frío, estaba acurrucada en un rincón del sillón, envuelta en un manta de mil madejas, la luz del salón apagada, la luz tenue y cálida de una lámpara de lectura apenas alcanzaba para iluminar su cuerpo, destacando su rostro, su mirada algo triste y una media sonrisa:
- Las veces que deliré un momento no me fue bien - dijo ella, entre oscura y bella
A él se le anudó la garganta, la entendía.
Frotaba sus manos, se dispuso a hablar: 
- Es que a mi siempre me pasa eso, nunca entendí bien por qué - agregó, mientras se replegaba sobre su nostalgia y se abrigaba con el edredón.
Continuó:
- No hacemos bien en hablar, no deberíamos...
- Decime qué querés, si te hace mal desaparezco... - Le dijo él, no sin resoplar en forma de sutil protesta.
- No se, la verdad que no se...  - dijo nerviosa - me hace sentir culpa. Creo que no está bien...
Ella calló. Se miraron en silencio.
El preguntó, no sin miedo:
- Querés que dejemos de hablar?
- No se qué decirte...
- Lo que sientas vos, sin hacer caso a lo que se espere o creas que esperen de vos...
- No es tan fácil...
Hizo una pausa y continuó:
- Soy en extremo respetuoso de lo primero pero no de lo segundo...
Callaron un buen rato



- Poné algo de música...
El se levantó.
- Amo Sabina, lo sabés...
- Lo se
Ella tarareó.
El tarareó.
Hicieron un repaso rápido de muchas de sus canciones. 
Por fín empezó a escucharse Serrrano.
El sonrió, y esperó el momento, entonces cantó en voz baja una estrofa:

"Un día la vida echará abajo tu puerta.
Rendida, acorralada te pedirá cuentas
Por este fracaso,
Por haberme mentido.
Y no encontrarás al hombre que te ponga a salvo,
Que el hecho de estar vivo siempre exige algo.
Déjate convencer,
Duerme esta noche conmigo"... o al menos charlá conmigo

Ella miró sus ojos:
- Me hacés reír
- Alerta, la bella mujer ha sonreído, pecadora, llamen al cura!!! - Ironizó
- Basta, no es gracioso...
Se disculpó, pero agregó: 
- Algo que te hace reír puede no ser tan malo...

Sabina condujo a Serrano, ambos a la nostalgia, la nostalgia a la fotografía y aquí estoy estoy escribiendo.

27 de mayo de 2020

Del lat. immĭnens, -entis


Del lat. immĭnens, -entis

Siempre sentí fascinación por las palabras y su significado.

Creo que podría explicar esa atracción desde dos perspectivas diferentes, quizás opuestas o quizás complementarias.

La primera. Quizás, porque el lenguaje siempre me resultó complejo, quizás por mis propias dificultades con algunas palabras y sobre todo con las reglas y las normas. 

La segunda. Quizás fue posterior a que me hicieran creer que escribía lindo y a la satisfacción que me generaba ese proceso, imperceptible, de pasar de la hoja en blanco a la primera palabra. Quien sabe. 

Lo cierto es que solía entretenerme buscando el origen de las palabras, buscaba su raíz grecolatina, y lo que verdaderamente significaban: lo hago a menudo todavía.

Por ejemplo, recuerdo cuanto me emocionó conocer que coincidir deriva de de la conjunción latína de co-indicir, o sea "caer a la par" o "caer juntamente".

Un buen día me crucé con una palabra que me desconcertó: Inminencia. 
Recuerdo la emoción, sentía el peso específico, la connotación, el significado. 

Casi nervioso, me acerqué al diccionario de la RAE. Sin embargo al primara definición me decepcionó: Calidad de inminente.

Enseguida busqué inminente. La decepción fue aún mayor: Del lat. immĭnens, -entis, part. pres. act. de imminēre 'amenazar'. 1. adj. Que amenaza o está para suceder prontamente.

Me pareció una definición pobre, escueta, insuficiente. Quizás fue en una de las palabras en las que sentí ese abismo entre la compleja naturaleza de lo que sentimos y la capacidad del lenguaje para plasmarlo por escrito. 

Me enfurecí linguisticamente con los editores de la RAE: cómo una palabra así tiene una definición tan chata.

Decidí buscar en el diccionario de Merrian Westtern, sin embargo la definición no fue mejor : ready to take place : happening soon.

Este segundo fracaso me resultó sospechoso. Quizás el errado era yo.

En ese tiempo pensé mucho sobre la inminencia y la injusticia de las palabras que no le hacían honor.

Pero vamos, si todos sentimos y palpitamos la inminencia.

Por ejemplo baste recordar el instante, ese segundo, previo al primer beso... a cualquier beso, a todos los besos. La conjunción desordenada y caótica de las sensaciones que se exaltan y de las emociones que se agolpan, todas juntas, en un instante, en un persona.

Todos hemos sentido las manos frías, la respiración acelerada, la imposibilidad de despegar la mirada de su mirada, el constatar, nervioso de que miramos sus labios, el tener la certeza de mira los nuestros. La certeza de que lo que viene, pero la incertidumbre simultanea de que podría no suceder. Todos palpitamos la inminencia, ese instante que no es el beso, sino el instante previo. Instante que no es la música, la noche y lo maravilloso de su complicidad e ingenio, sino el instante siguiente. Y que sin embargo la inminencia los incluye a ambos, pero a la vez no es ninguno.

Empezaba a entender. No es tan sencillo de definir. Quizás vayan entreviendo lo que sucede.

Es que la inminencia lo es todo en potencia inmediata y a su vez no es nada. 
Puede ser o no ser o ser otra cosa, pero eso sigue a la inminencia y no es la inminencia en si.

Comprendí entonces a los editores de la RAE y del MW: la inminencia se define en la incapacidad de ser definida. Ahí va queriendo.

La inminencia, como otras emociones (es una emoción? qué se yo) o vivencia no se define, sino que se siente, la inminencia se vivencia. Mirá el verso que salió. Y es que con eso basta, por eso la definición es indiferente. Puede ser extensa, puede ser insuficiente, puede ser compleja o simple: No importa, porque a la inminencia, como con otras expresiones del alma las define el corazón, las define la emoción.

Empecemos de nuevo.

Siempre sentí fascinación por las palabras y su significado, sin embargo se que algunas no definen con precisión estados del alma: baste con vivirlos.

7 de abril de 2020

Virginia Wolff

No han sido semanas sencillas. 
En lo particular no le temo al encierro, por lo cual la cuarentena y el confinamiento al departamento sobre Paraguay no me ha afectado significativamente. Tampoco la distancia con mis seres queridos, con mis padres y con Olivia, ya por naturaleza extraño racionalmente, si es esto posible. 
Además, no voy a decir que soy un exiliado, no voy a cometer esa irrespetuosa afirmación para quienes si lo fueron y con mayúsculas. No soy un exiliado, sin embargo soy un desterrado, mediocre, a medias y en grado menor, pero soy un desterrado desde que subí a aquel micro para irme a estudiar. Algo se inició en ese momento y ya no se detuvo, ese quiebre, esa ruptura, esa fisura cobró autonomía y poco a poco, desde un plano a veces imperceptible, fue segando las raíces, los vínculos hasta convertir una nostalgia en un imagen neutra, bella y cargada de recuerdos, pero emocionalmente neutra.  
Quizás, a veces pienso, que al dejar el lugar en que nací, al dejar el terruño, ya no pude pertenecer a ningún lado. Siempre llevo conmigo, para mi pesar y angustia, esa sensación de estar pasando, esa sensación de no pertenencia que siempre atribuí, ingenuamente a no tener un departamento propio, a vivir de alquiler. Sin embargo entiendo que la situación es más compleja, al dejar el terruño, ya no pertenezco a ningún a ningún lado por lo cual soy de todos, universal.
Como decía, soy un desterrado que sabe bien lo que es la distancia obligatoria, la distancia por necesidad. Elegimos irnos, a estudiar, dejando a nuestros seres queridos. La diferencia entre 10.000 km y 500 km es apenas lingüística, cuantitativa: se está lejos y separados igual. 
Entonces, algo se de estar lejos, por eso quizás esta cuarentena me encuentre con mejores herramientas para hacerle frente que aquellos que nunca debieron partir, que nunca debieron transformase en desterrados. Siempre lo consideré una diferencia enorme, quizás inmensurable e intangible, difícil de transmitir, que sitúa en observatorios distantes alguien del interior y a un porteño.
Han sido semanas difíciles, no por encierro, no por distancia. Todo lo contrario, tal vez por proximidad. 
El miedo y la incertidumbre son enemigos de la razón. Y a veces cambian a los seres humanos, los desnudan, exponiendo su naturaleza endeble, su fragilidad, de lo que se defienden como pueden, con vehemencia, con violencia, huyendo... como puedan.
A veces el temor se condensa y toma la forma de egoísmo y para salvar el pellejo se condena el ajeno, el próximo o prójimo.
Fueron semanas de discusión, de choques. A veces fuertes e hirientes. A veces incomprensibles.
Y ahora he vuelto. Quien sabe por qué reabrí ese libro que había dejado. 
Volví a Virginia Wolff. 
Ciertamente me encontré con otra cosa. La vitalidad y la belleza de las imágenes que facilita, cargadas de detalles luminosos, de niños en contacto con la naturaleza, con el campo, el mar son maravillosas.
Sentí como los personajes y yo, a través de ellos, nos fusionábamos con el paisaje, con la tierra, con la naturaleza. Eramos uno. Como volvíamos a estado que analiza y describe Fromm de los primeros hombres y mujeres. Pronto, en este confinamiento, tuve la sensación de Edén, de fraternidad universal. 
Cuanto necesitaba este re-vincularme emocional. Quizás necesitaba esto y por eso expuse cada nervio, cada nostalgia, y leí algo que había ia prometido no leer y me conmovió hasta la belleza.

Diego Marino

11 de marzo de 2020

El circo de la vida


"la gran dificultad de la vida 
consiste en ceder a las tentaciones necesarias 
y resistir a todas las demás"



En un telúrico y desvergonzado gesto, se quitó el Bombín y con una voz de ensueño, erosionada por el whisky y el tabaco, nos invitó:
 Pasen, damas y caballeros... pasen y vean.Perfectas bolas de madera.Bustos de Buda por doquier. Libros que son pilares.Por aquí, sillas,Sillones,Camas, por qué no?Pasen y vean.Sientan y palpen.Por allí cajas con historia,imagínese qué cajones.Motos.Torres.Toquen el pelo de esta piel.Que suavidad!Leones petrificados, chanchos.Desengañados cupidos.Ermes aletargados.Estatuas que parecen vivas.Vivos que parecen estatuasGusten del tiempo que se escurre.Que sabor!¿Una garrapiñada?Dientes, vértebrasTrompas de pez espada.Sombra y luz amontonadas.Alfombras, pergaminos.¡Qué emoción!Escaleras,Fósiles, Caracoles,Tortugas,Vírgenes suplicantes,Santos,Sátiros,Diablos,El alfa y la omegacerrando un círculo.No mire hacia allí, Están los espejos.Troncos, raícesColectivos,Mitológicos elefantes.Unicornios y abejas.Dioses,Tigres,Universos.Pasen y vean.Disfruten del silencio del pasmoo griten de lujuria.Reglas rotas.Globos lunares, incluso cráteres.Magos, hadas y enanos.Para cada sentidoUn deleiteUna perdiciónUn octavo pecado capital. Bla bla bla di du bla… La palabras se fueron desdibujando, como alejadas se percibían apagadas, como un sutil ruido de fondo que convinado con la luz y el calorcito invitaban a la introspección. Vellmount se había alejado del grupo, como embrujado, ajeno a todo.Al finalizar, luego de dos horas, lo encontraron próximo a una chimenea: el aroma lo había cautivado.Al ver a Lescano, se levantó, y haciendo un guiño dijo: - Maravilloso paseo hemos tenido - Y abrazando a Adolfo se dirigieron hacia la puerta. 

Este texto es un fragmento de un extenso ensayo de Vellmount: "Panem et circencis" … el circo de la vida. 
En un fragmento posterior, se lee lo que tal vez sea una cita: la gran dificultad de la vida consiste en ceder a las tentaciones necesarias y resistir a todas las demás. 

15 de Julio de 2012
Cagado de Frío
CABA

14 de noviembre de 2019

suspender el escepticismo




Hoy comencé a leerte Alicia en el País de las Maravillas. Ese libro grandote, ilustrado por Benjamín Lacombe, de quien amo sus dibujos. 

En la primer cita, con la que abre el libro, Lacombe elije una frase, para mi sorpresa, a Virginia Wolf: 

"Las dos Alicias no son libros para niños,
son libros en los que nos convertimos en niños"

A medida que te leía y te ibas quedando dormida, pensaba en esa frase, en qué significaba convertirse en niño en mi realidad actual. 

Uno se hace una vaga noción, tironeado mayormente por la nostalgia, sin embargo a veces se queda chapoteando en la superficie de meras racionalizaciones, estando la respuesta en otro lado.

Cuando llegué a la parte del conejo blanco, sobre todo en la parte en que saca el reloj de bolsillo, te sobresaltaste y me preguntaste:

-  Papá, qué hora es en el reloj del conejo? 

Me quedé callado, como si un cinbronazo, me hubieses acomodado las ideas todas de golpe.

Ahí comprendí.

Mi mente simbólica y racional, con una mirada más que escéptica y desconfiada, la primera pregunta que hubiese disparado, es "qué hace un conejo con un reloj de bolsillo".

Pregunta que hubiese servido como disparador para una sarta interminable e intrincada de explicaciones racionales, de hipótesis con sus confirmaciones o refutaciones, de búsqueda de simbolismos o metáforas... cuyo resultado ya no sería el cuento, sino mi mera interpretación. 

Eso hacemos los adultos, vivimos permanentemente dando sentido, adjudicando significados, intentando explicar lo que vemos, vivimos o sentimos. Pasamos todo, algunos más otros menos, por el filtro de la conciencia y, ingenuos, nos jactamos con cierta suficiencia de eso.  A tal punto que nuestra percepción de las cosas no es más que eso: nuestra percepción.

Los niños funcionan distinto, para ellos un conejo blanco con un reloj es un conejo blanco con un reloj y nada más, sin cuestionamientos o interpretaciones.

Recordé algo que decía Dolina, que para disfrutar del arte, por ejemplo una película, "hay que suspender por un momento el escepticismo"

Quizás el leerte, Bodoque, me brinde esa posibilidad, la de suspender el escepticismo por un momento y tener la certeza, a tu lado, que un conejo blanco es, sin lugar a dudas, un conejo blanco. 

Te dormiste y mientras tanto

Alicia caía 
y caía, 
y no paraba de caer...

7 de junio de 2019

La conspiración de las amistades autónomas (o feliz cumple, leíto)




Feliz cumple, hermano. 

Cuantos años son? 4, 5, 8, casi 9 años...

Recuerdo una de tus primeras frases, que en su momento me pareció de un cinismo inmenso. Apenas atravesar la puerta de la residencia, cuando era r1. Ahí, nosotros que veníamos llenos de esperanzas e ilusiones, con la ignorancia de quien sabe pero no tiene experiencia, ahí nomás, al cruzar el umbral nos encontramos con un tipo que haciendo caso omiso al contrato social nos recibió diciéndonos "todo es una gran mentira".

Recuerdo mi mirada entre escéptica y sorprendida, no terminaba de comprender la magnitud ni el objetivo de la frase. Me reí, y quizás fui despectivo y me decía a mi mismo: qué necesidad de recibirnos así. Pensé en frustración, disconformidad, descontento como fundamentos de aquella recepción infernal. Hoy se que solo estabas más adelante, apenas unos pasos: tenías experiencia

Más tarde supe que habías tomado esa frase de alguien más. Todos lo hacemos, tomamos frases: el lenguaje es un sistema de citas (Borges). Pero no solo vale el crear frases, también es muy valioso y tan meritorio el usarlas adecuadamente.

La vida sigue su curso, como la naturaleza, a veces indolente. Eso perturbaba a Sábato (ya vas a llegar, acordate... : P ). Uno cambia... No, qué digo: uno no cambia. Pero si cambia de lugar, de ropa, de trabajo y también cambia de gente. 

Este último cambio, el cambio de gente, es percibido distinto según la etapa de la vida que transitemos. 

De niño uno formaba rápidamente amigos (de verano, de fin de semana, de plaza) y al separarse una inmensa angustia nos embargaba, llorábamos desconsoladamente y pensábamos que nunca más íbamos a tener amigos como esos y que era una pérdida de la que jamás nos íbamos a recuperar. Error: nos recuperábamos y con con cada separación con mayor rapidez... Finalmente el tiempo o la distancia o una combinación de las dos terminaban por alejarnos irremediable e inevitablemente y la amistad que había sido tan intensa como fugaz quedaba en el olvido o quizás como destellos breves de algo que fue hermoso. 

Ya de grande, uno descubre que las amistades se cuecen a fuego lento. Llevan tiempo. Sin embargo, una vez establecidas cuesta romperlas. Es decir uno puede alejarse o no ver a esa persona por largo tiempo y al reencontrarse todo sigue igual (no son tiempo y espacio dependientes como las de la niñez). Todo sigue igual no porque no haya cambiado nada, hubo cambios, pero la confianza y la complicidad siguen intactas, como si no hubiese pasado nada. Pero lo más lindo que es que uno tiene esa certeza, uno sabe que ni el tiempo ni la distancia pueden con esas personas. Y eso da tranquilidad porque entre tanta cosas finitas y fugaces, entre tanta incertidumbre, una certeza aunque sea es un tesoro. Quizás por eso lloramos menos al despedirnos de grandes.

Y si, Leíto, las amistades de grandes son caprichosas, una vez que agarran ya no sueltan las muy pillas. No sueltan y se complotan para hacer coincidir a esas personas. "cuando uno quiere realmente algo, el universo entero conspira para que lo alcance"... diría Cohelo (no lo leas...) No se si el universo, pero si las amistades autónomas conspiran, como los "cronopios y los famas", para hacer coincidir a los amigos.

No recuerdo cuando empezaron a obrar con autonomía. Fue con Dolina?
No lo se. Como dije son caprichosas.
Es así que un buen día conociste a Kundera, de quien yo estaba (y estoy) perdidamente enamorado. Y coincidimos en sus libros, en la insoportable levedad del ser, el libro de los amores ridículos, la lentitud, la inmortalidad... entre otros. Y es así que tu amistad aumentó el valor retrospectivo de esos libros que atesoro en mi biblioteca. Por qué? porque nuestra historia es dinámica, es mentira eso de que no se modifica el pasado o las experiencias. Exupery lo sabía: "Y además, mira ! Ves, allá lejos, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de tí y amaré el ruido del viento en el trigo..." hoy cuando miro esos libros, no son solo libros, sino que son los libros que compartimos.

Pero la cosa sigue, después también nos cruzaríamos en la pasión por la docencia y a partir de ella proyectos e ideas compartidas.

Y las amistades autónomas no solo hacen coincidir en gustos o en cosas. También hacen coincidir en otras personas. Un buen día nos cruzamos con Roberto. Siempre me conmueve esa historia. Desde su eterna habitación, con dopa y dobuta, livido hasta las escleras nos hablaba de Heideger, de Hegel y de tantos otros. Varias veces mientras me hablaba de filosofía, una de sus pasiones, empezaba con angor intestinal y me pedía que le aumente la infusión de inotrópicos o lo hacía el mismo porque sabía que su corazón no toleraba. Un día le dimos una alegría y nos dimos el gusto de regalarle un libro. Obvio, poco originales... le regalamos la insoportable levedad del ser. Pero lo maravilloso fue que se la dedicamos, los dos. Después se murió de la peor forma. Me hubiese dolido y me hubiese quedado pendiente no haberle retribuido los gestos de nobleza que tenía con nosotros. 

Y así fueron sucediendo infinidad de cosas, porque las amistades autónomas son caprichosas y cobran independencia (como los personajes... haceme caso, tené paciencia, ya vas a llegar a Sábato... te leí el canto del General Lavalle... si no picaste con eso, es que todavía no llegó el momento de Ernesto: los libros y los autores llegan en el momento justo)... Qué venía diciendo? ah, si: las amistades son caprichosas, cobran independencia y suceden a su voluntad.

Hoy, 9 años después... sabés que estás viejo, no?... confirmo tu frase de bienvenida: di algunos pasos. Pero te corrijo, como cuando de r1 en pleno pase, tuve la osadía de contradecir el examen físico "al planta"... Dale che, era semiología del sistema nervioso central, me fascina y en ese momento la tenía atada... y además tenía razón... Pero la razón depende de la perspectiva, y mi razón me costó una gran cagada a pedos porque "cómo un r1 iba a corregir al sr. planta"... 

En fín, la gente no cambia, y aunque siempre estás un paso más adelante, te corrijo:

"todo es una gran mentira, 
excepto algunas amistades 
que se saben convertir 
en una gran verdad"

Feliz cumple y un gran abrazo.
---
6 de junio de 2019
CABA



1 de mayo de 2019

coincidir

Foto de Carlos Alberto Tellería, en la que se retrata una pava común y corriente, semejante a otras 100.000 pavas.



del latín coincidere, 
que significa 
ocurrir o caer juntamente...


Es de noche. Ya muy tarde, como me caracteriza. 
Apenas estoy acostumbrándome a los ruidos del nuevo departamento. 
La postergación me ha a obligado a estar trabajando de forma ininterrumpida, sacrificando los pequeños momentos de ocio de los que tanto disfruto. 
- El hombre... - digo en voz suave - El hombre realmente no aprende, se repite una y otra vez.
Lo cierto es que estoy triste o quizás siento una remota nostalgia, casi ancestral diría.
No a flor de piel, porque intelectualmente se que debo trabajar y no es momento ni para la tristeza ni la nostalgia. He aprendido a dominar mis fantasmas, no reprimiéndolos o negándolos, como en otro momento de mi vida, sino orquestando y coordinando sus apariciones, sus interrupciones, encausando sus reproches y mis esfuerzos para que ambos tengan su debido lugar. No ha sido fácil. 
En fin, retomo mi idea. Idea que no es actual, sino que me vino a la mente o al corazón, en ese momento que describo en la imagen: pero no era ese tampoco el momento de escribir... 
Entro en la cocina, pongo la pava para el mate. La escena es harto cotidiana.
Cuando vuelvo a buscarla, la luz es tenue, cálida como un abrazo. El ambiente apenas está iluminado por el resplandor lunar y por el fuego celeste de la hornalla, que tiembla con el hilo de viento que se filtra, imperceptible, por la ventana. 
Es como si esa luz tenue me hubiese trasladado bruscamente de la esfera intelectual a la emocional, es como si al cruzar el umbral de la puerta, ese filtro, ese organizador o temporizador cerebral se hubiese anulado sin permiso y el filtro, que protegía mi estudio y mi trabajo de las irrupciones de la nostalgia, se hubiera neutralizado.
Sentí de repente como si un aluvión de sensaciones me abordara. El todo adquirió un velo de belleza, cobró vida. Las cosas, desde la pava a los frasco de vidrio con tapa metálica para la yerba se llenaron de colores intensos, dejaron de ser cosas inertes para convertirse en símbolos que en el aquí y ahora marcaban las coordenadas de mi vida actual. La pava no era una abstracción de todas las pavas del mundo y de todos los tiempos, era esa pava particular. De la misma forma, cada cosa se transformó de su idea abstracta a su particular. 
Me llamó la atención los colores, se volvieron más vivos, más intensos, por eso insisto. Quien haya tenido una migraña entenderá a lo que me refiero. Previa a la migraña los colores cobran vida, parecen brillar más intensamente, incluso uno entrecierra los ojos, pero no es un brillo que pueda opacarse cerrándolos, es un brillo interno que se deposita sobre las cosas. Las cosas no brillan por si, las cosas no han cambiado, es nuestra percepción la que se ha modificado. 
Fue parecida la experiencia que tuve aquella noche, sin embargo había una diferencia fundamental. En la migraña, en el contexto del dolor, la percepción enriquecida se acompaña de una sensación desagradable, sin embargo en la escena que estaba viviendo estaba colmado de serenidad.
Sentí que estaba en la escena de varios libros, que alguien narraba mi vida, que se esmeraba fervientemente en escribir y transformar ese momento insignificante que estaba viviendo en una página memorable de mi historia vital.
- Me recuerda a un texto de Saint-Exupery - Me dijo Vellmount.
- Qué cosa? - Pregunté algo sorprendido
- La escena que estás percibiendo - respondió naturalmente.
Se quedó en silencio, mirando mi ceño fruncido por la sorpresa. Sonreía sutilmente, con una mueca entre pícara y satisfecha. 
- Creo que es una escena de vuelo nocturno que te conmueve - Dijo después
- Es el capítulo XI de piloto de guerra - Dije con cierto enfado - es una escena...
Sonrió con algo de sorna:
- "es una escena muy cotidiana, colmada de belleza, que muestra al ser humano frágil e inmensamente bello" - dijo como citando a alguien, mientras me miraba fijamente a los ojos como midiendo y estudiando mi reacción.
Me quedé congelado, había citado textualmente las palabras que estaba por decir. Traté inútilmente de no corporizar la magnitud de mi sorpresa. 
El mismo Saint-Exupery, en el Principito, dijo que cuando el misterio es grande uno no pregunta, se limita a obedecer.
Fue así que no pregunté y di por entendido y naturalicé lo que sucedía, aunque no lo entendía.
Hernán rió, seguramente sabía con certeza en que pensaba. Y cuando digo que lo sabía, no digo que lo intuía, que en un acto extremo de agudeza intelectual estaba descifrando lo que me pasaba. No. Cuando digo que lo sabía es eso, lo sabía porque lo sentía en su propia persona. Estábamos conectados. 
No se en que noche, porque si sucedió sucedió de noche, y bajo que bello embrujo gitano o maldición los senderos de nuestras almas se enlazaron, se cruzaron quizás con violencia o suavemente, y quedaron ligados para siempre. 
Muchas veces había pensado en este particular, sobre todo en situaciones que no he podido explicar racionalmente. Dos en particular. 
La primera y universal es la vivencia de un deja-vu, sentir que una escena de nuestra vida se repite. Se que hoy las neurociencias y la psicología dan una explicación racional de estas experiencias. No estoy diciendo que sean visiones de otra vida, no lo creo. Sin embargo esas vivencias lo obligan a uno a reflexionar y a buscar una respuesta con el acervo intelectual, cultural y emocional que traiga consigo, sea este amplio o limitado. 
La segunda es más personal, quizás universal para ese universo particular que son los escritores. No es que me considere un escritor, pero lo cierto es que, mal o bien, escribo. Recuerdo el primer texto que escribí. El primero formal, porque hubo otros muchos previamente. Nunca pude escribir en cuotas. Siempre que empezaba un texto lo terminaba y no me levantaba hasta hacerlo. Recuerdo que el primer texto fueron 13 páginas ininterrumpidas, en la Olivetti del abuelo. Recuerdo que terminé muy tarde y que dolían las manos, los dedos. Terminé tarde o tengo esa sensación, porque se que terminé a eso de las 15hs. Fue uno de los pocos textos que escribí de día, pero eso no importa. Al otro día, al releer lo que había escrito me quedé helado. Había palabras que no conocía, no sabía su significado. Supuse que en el delirio e ímpetu creador había recurrido a lo que tenía a mano, usando neologismos o poniendo en línea palabras cuyo significado desconocía. La sorpresa fue enorme, incluso me asustó un poco, cuando al buscar las palabras en el diccionario estaban usadas perfectamente para la situación que estaba describiendo.
Cómo podía explicarse que al escribir usara perfectamente palabras que en el día a día desconocía que existían? 
Recuerdo que en aquellos días reflexioné mucho intentando dar respuesta a este particular. Surgieron varias respuestas, desde experiencias en otras vidas y explicaciones mágicas, hasta fenómenos de psicología y cognición. Sin embargo hubo una que particularmente me conmovió. Se me ocurrió pensar que en algún punto estamos conectados con otras almas, y que esa conexión se expresa de formas caprichosas, a veces imperceptibles como el reconocer una mueca en una persona que nunca habíamos visto, hasta formas muy manifiestas como poder anticipar palabra por palabra lo que piensa otra persona. 
Esta idea me gusto en su momento, lejos del rigor científico, sugería una visión unificadora del ser humano, un ecumenismo de las almas que trascendía el espacio tiempo. No era el "ecumenicum vitae" de algunos sacrosantos padres de la iglesia cristiana donde el cristianismo es la única respuesta verdadera y las demás religiones están bien. No, no esa falacia, sino un verdadero ecumenismo que no nos hacía hermanos, sino que nos hacía uno, una misma masa pensante y sintiente. Tampoco era esa unión ancestral con la naturaleza, de la que gozaban metafóricamente Adán y Eva antes de la manzanita, no la de mac!, y a la que tanto se refiere Erich Fromm. No. No era una unión con la naturaleza, no era una energía informe común, sino que era una unión entre los hombres y mujeres de todos los tiempos. Eso me conmovió y quizás la dejé en suspenso intelectual, no por cierta, sino por bella. 
Quizás Hernán, y otros tantos, tenían su explicación allí, en esa teoría en suspenso que había resguardado en mi corazón.
- En qué pensás - me preguntó
Lo miré sonriendo, con una mueca de picardía y sorna, y siguiendo su juego, haciendo como si no sabía que él sabía, dije:
- Pensaba en lo bello de esta escena, que me recuerda a un texto que leí hace tiempo.
Hernán sonrió satisfecho.
- Qué texto te recuerda, contame - Dijo naturalizando la situación.
- Es un texto de Saint-Exupery, creo que en vuelo nocturno, que habla de la belleza de lo cotidiano - Respondí.
- Conozco uno, también de Exupery, pero de Piloto de Guerra - Comentó Hernán sonriendo.
- Puede ser - Respondí y volví al trabajo.
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El texto pertenece a un diálogo de Vellmount y Marino, que presencié, mientras escribía sobre la escena en cuestión. Me pareció de cierta belleza minimalista, es por eso que la traigo.
En la foto de Tellería, se puede observar otro de los fenómenos de la fotografía. La fotografía tiene el poder de convertir un momento cotidiano en algo maravilloso, inmortalizarlo y preservarlo del paso del tiempo. El fenómeno contrario, también posible en la fotografía, es el de convertir una situación excepcional, al privarla del contexto, en algo cotidiano y con gusto a nada, digna de desaparecer en la oscuridad de la no memoria. La foto de Carlitos Tellería ilustra esta última situación. 

Roberto Lambertucci.

21 de abril de 2019

Proximidad inalcanzable

El recuerdo más nítido es el presente. Casi nadie nostalgia en el presente. Es cierto, también, que tampoco se nostalgia en el futuro.

La nostalgia se constituye en tiempo pasado. No en cualquier pasado, sino en un pasado cercano, en ese limbo. En un pasado próximo, a uno o dos dedos de distancia, que sin embargo es inalcanzable, irrecuperable. Está allí, frente a nosotros, separados fatalmente por esa misma proximidad. En la contradicción de esa cercanía inalcanzable radica un poco la nostalgia. 

Con el tiempo todo se desdibuja, se vuelve imperfecto, se cubre de incertidumbre. Es pero no es, o quizás es imperfectamente o tan solo es el fantasma desdibujado de lo que fue. 

El rol artístico y lúdico de la escritura se ve favorecido por esos baches en la memoria, por los detalles ausentes, que se van perdiendo inexorablemente con el paso del tiempo. Pérdida de la que somos concientes, que, lejos de pasar desapercibida, nos angustia y desespera por su caracter inevitable. 

Nostalgia que muchas veces nos lleva a escribir para no olvidar.
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En la solapa de un libro de Murakami: Tokio Blues. Firmado por Diego Marino.
Traducción*: Roberto Lambertucci

*NOTA: El texto estaba escrito en español, sin embargo fue necesario descifrarlo. En un texto de Lambertucci sobre los símbolos hace referencia a este tema: - la letra de médico es casi un sistema simbólico particular, propio de cada individuo y de cada momento. Incluso podría decirse que ningún médico escribe dos veces con la misma letra: la escritura es única e irrepetible. De lo cual se deduce que es inentendible incluso para ellos mismos. 




18 de marzo de 2019

olvidar para recordar

Tengo pocos recuerdos de clases que me hayan cambiado o impactado durante la carrera de medicina en la plata, y aún menos profesores. 

Hubo uno, a mi entender brillante, que en una clase de fisiología nos hizo una pregunta: 

- Cuál es la función más importante y desarrollada del cerebro humano?... 

Al menos 30 estudiantes empezamos a responder según las lecturas técnicas que cada uno había hecho: termoregulación, homeostasis, inteligencia, alma, regulación cardiovascular, conciencia, noción temporal, conciencia social y de grupo y seguimos así un largo rato... 

Cada vez que respondíamos, el respondía: 
- Es una función importante, pero no es la más desarrollada... 

Seguimos un largo rato hasta que el silencio hizo evidente que nuestras ideas habían llegado a su fin.

Entonces fue ahí, que nos dijo: - La función más importante y desarrollada del cerebro es el olvido.

Inmediatamente todos comprendimos que el olvido no es un defecto, no es una debilidad, sino que es una función activa que permite al sistema nervioso mantener la estructura del yo, la noción temporal, la conciencia, el alma, la inteligencia, lo relevante... e incluso comprendimos que para recordar algo era necesario olvidar mucho.

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Esta recuerdo data del tercer año de la carrera de medicina en la Facultad de Ciencias Médicas de la Plata. Estábamos con una clase de fisiología con Ariel y Walter, y fue el Dr. Juan José Gagliardino quien no aportó esa reflexión.