10 de septiembre de 2012

no existe tal lugar...

no existe tal lugar

En cierto momento, Tellería y Vellmount se alejaron del grupo. (1)

El atardecer pintaba de rojo las laderas de las montañas, los colores se fueron apagando adoptando las tonalidades de la más rigurosa nostalgia. Las aves ensayaban su trova vespertina.
Tellería se desvió, mientras Hernán siguió descendiendo siguiendo una dudosa huella.
De pronto se abrió el paisaje ante sus ojos. A lo lejos se veía la ciudad de Capilla del Monte, desdibujada por una bruma como la que distorsiona los horizontes.
Delante de si vio a una mujer entrada en años, que descendía con cierta dificultad ayudándose con un palo que servía de bastón. Era seguida por un pequeño perro.

El viento dejó de soplar y el alma pareció apunarse de repente, como si con cada respiración se ensanchara, desbordando los límites de la jaula torácica.
Vellmount aceleró el paso, haciendo alarde de cierta jovialidad.
Se acercó a la mujer y ante la mirada desconfiada y algo escéptica, le tendió la mano en un gesto solidario.

La mujer se quedó quieta, con la mirada fija, resaltando el silencio que llenaba el paisaje.

- Regresando, Sra.? - Preguntó Vellmount, para romper el silencio.

Con una voz serena, erosionada por la vida, respondió:

- No existe tal cosa, Vellmount... Usted lo sabe muy bien.

Un frío recorrió de pies a cabeza invadió a Vellmount que solo pudo callar.

- Vamos, por qué la sorpresa... acaso cree que solamente ustedes anhelan la utopía del regreso? Al igual que ustedes, durante mi vida casi no hice otra cosa que ensayar el retorno, sin embargo jamás regresé a ninguna parte. Es cierto que se dicen cosas. Algunos hablan de humildes y casuales episodios, sin embargo los relatos están llenos de imprecisiones y lagunas que no hacen más que transformarlos en parte de una ficción universal.

Vellmount se sentó.

- A ver, por qué la sorpresa, mi querido Vellmount. Me mira como si estuviera viendo al mismo diablo. Y tal vez lo esté haciendo, quien puede afirmar lo contrario? Mire, ve aquel pueblo - hizo un gesto con la mano izquierda - he partido hace varios días, cuando alcance su umbral el aroma será otro, las hojas en las plantas se habrán vuelto amarillas o bien se habrán caído, el viento habrá borrado las huellas de aquel perro con el que jugué, que ya no está en la esquina en la que lo recuerdo, mi querido Juan dormirá otro sueño y las arrugas de su rostro tendrán otra sombra, apenas quedarán unas migajas de la torta que dejé sobre la mesa, las sábanas tendrán otro aroma y las flores y las abejas otros colores y otros sonidos. Entonces: ¿Como puedo hablar de regreso? Es impensable. Esas cosas, ínfimas o magistrales, fueron las coordenadas que definieron mi vida en ese instante preciso.

- Tiene razón, no he hecho otra cosas que buscar el regreso. Siendo consciente de esto y para evitar decepciones uno podría decir que solo nos queda la partida.

- Al parecer la sorpresa y el cansancio están volviendo obtusa a su cabecita de novio. La falta de decepciones muchas veces habla un conformismo aburguesado, de falta expectativas, de sueños, de ilusiones, incluso de utopías... Usted no quiere eso. La decepción, muchas veces acompaña a las almas nostálgicas y es uno de sus motores. Por otro lado por las mismas razones por las que es imposible el regreso, la partida es otra mera ficción. Prácticamente podríamos decir que no se puede regresar a ninguna parte ni partir hacia ningún lugar.

- Honorable mujer, sus reflexiones me confunden (2)

- Usted ya estaba confundido, mi querido Vellmount - Ni la partida ni el retorno son factibles, por lo que comprenderá que lo único que nos queda es ésto.

Hizo un gesto y agregó:

- Solo nos queda el camino

Vellmount sintió un ruido y al girar la cabeza vio a Tellería. Cuando volvió a mirar la vieja ya no estaba.


Roberto Lambertucci


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(1) También es cierto que el descenso se había vuelto cansador, que la luz de atardecer embriagaba sus rústicas almas y que quizás se hayan extraviado tras un canto de sirena, persiguiendo una sombra fugaz. Quien sabe, quizás tan solo sea el delirio o el sueño de éste que escribe que a su vez también sea apenas el sueño de otro que sueña.

(2) Vieja de mierda, usted está loca.



30 de agosto de 2012

Cementerios y otros depositarios angélicos

Cementerios y otros depositarios angélicos

Any mans death diminishes me,
because I am involved in Mankinde;
And therefore never send to know for whom the bell tolls;
It tolls for thee.
John Donne

30 de agosto de 2012, CABA.

Cruces, tumbas, esqueletos, muertos, curas, iglesias, crujidos, tradiciones, gatos negros y barcinos, regaderas, lápidas, firuletes, ostentación, flores, cuentos, supersticiones, cajones, avechuchos, silencio, inscripciones y descripciones, historia, eternidad, entre otras... de eso se trata.

Este capítulo del arte de la invisibilidad se insinúa muchísimos años atrás en la atracción que Vellmount sintió desde niño por la muerte y por una de sus representaciones sociales y religiosas más patentes: el cementerio.
La idea se consolida un 28 de abril de 2008 con una foto de Tellería que personalmente creo memorable, en el cementerio de la ciudad de Trenque Lauquen.
Sin embargo recién cobra forma el 25 de agosto de 2012, con la segunda visita al cementerio de la Recoleta y un texto y foto alusivos.
En éste capítulo, en el que se entrelazan las palabras de Vellmount y las fotos de Tellería de estatuas y temas relacionados con el paso del tiempo... pues la muerte ajena y toda su parafernalia no hacen más que recordarnos la finitud del propio tiempo. ¿cuantos puñados de arena quedan en tu reloj vital? apenas unos granos? toda una montaña? nadie lo sabe, y la respuesta pierde cualquier valor frente a una única certeza, irreductible y helada: nos estamos muriendo.
El fotógrafo y Vellmount intentan plasmar sus impresiones y reflexiones, su punto de vista, sobre las estatuas y estructuras... al menos eso creen, sin embargo lo que consideran una tendencia artística,  un escape al riguroso pensamiento, una inocente e incluso pícara distracción, está motivada por una de sus obsesiones más arraigadas y recurrentes: el paso del tiempo.


Dr. Roberto Lambertucci

27 de agosto de 2012

Cementerio de ángeles

depositario de ángeles

Caía la hoja de un olivo.
Cuando despertó, el dolor desgarró su espalda joven...
Tocó, acarició y al ver sus manos rojas, sonrió y volvió a desvanecerse.
Se había desprendido de sus alas.


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Este fragmento de texto pertenece a una recopilación, exhaustiva y por momentos demencial, que Vellmount llamó cementerios y otros depositarios angélicos; donde algunos textos grises de Vellmount y las fotografías de Tellería se entrelazan, esbozando y retratando las interminables visitas y recorridas a cementerios de las que solían gustar. Dr. Roberto Lambertucci

17 de agosto de 2012

cuando sobre su frente llovieron cristales...

El silencio y la paz del sueño fueron abruptamente interrumpidos. De pronto se despertó, con una explosión. En un segundo un viento helado lo abordó y sintió como el ruido de una lluvia de vidrio molido se derramaba sobre su cuerpo y como las gotas se iban clavando en su frente, en el dorso de sus manos y en todo su cuero cabelludo. Aun en el ensueño y sin comprender vio que tres personas enajenadas y asustadas, dirigiéndose a él, le preguntaban cómo estaba. Se mantuvo calmo, por profesión, casi no se sobresaltó, se autoexaminó mentalmente: estaba bien. Sin embargo imaginó su rostro cuarteado y desgarrado por los fragmentos de vidrio. Preguntó, no sin cierta frialdad, a uno de las personas que lo interrogaban si tenía cortes en la cara. Ante la respuesta afirmativa pasó su mano por la frente, algunas astillas lastimaron sus dedos: era apenas un rasguño que casi no sangraba. Los párpados cerrados habían protegido sus ojos de los pequeños fragmentos, suerte que no había tenido otro de los pasajeros. El costera continuo unos metros, parando después para hacer un cambio de micro.

Mira la sangre en la yema de sus dedos y los raspones en el dorso de sus manos, se sume en reflexiones poco felices... ya no pudo dormirse.

11 de agosto de 2012

Los marcadores de Tellería

los marcadores de Tellería

Abrió un libro añejo y encontró una foto. Los colores habían perdido su jovial intensidad, habían cambiado virando sus matices a tonos azulados y amarillentos. En el papel se veían algunos rasguños y zonas en las que la tinta parecía haberse descascarado, justo en las esquinas que es donde suele plegarse un papel dentro de un libro. El marco blanco había adquirido un tímido tinte amarillo. Si, como lo supone: la foto había envejecido. 
Se observaba a un hombre de unos treinta años parado sobre el ala de un monoplano, reposando su peso sobre el codo apoyado en la cabina del aparato. 
Si uno se colma de una sensación grata, aunque indescriptible, al encontrar algo tan insignificante como una módica cantidad de dinero en el bolsillo de una campera poco usada, imagínese la emoción que sintió al encontrar aquella foto. 
La había olvidado por completo. Y también la historia tras la misma. 
Frente a sus ojos la foto volvió a mutar, se colmó de colores radiantes, de sonidos, voces, sensaciones y olores que trajeron a flor de piel aquella escena del pasado, que volvió a ser presente. 
Lloró, tal vez, un poco. 
Tuvo una idea simple, colmada de nostalgia y belleza, como todo él. 
Ya no dejaría librados al azar aquellos encuentros. Fue abriendo cada libro y sembrando entre sus páginas una foto. Para que al releer o al mudar, el pasado vuelva a ser presente. 

Posteriormente y con la práctica comprendió que una pequeña leyenda en el dorso (por ejemplo fecha y lugar donde fue tomada) y una frase representativa del momento facilitaban y enriquecían el proceso mnésico. 

Llevó esto más allá y sembró fotos en los libros, manuales y libretas de sus amigos. En cierta oportunidad Vellmount estaba declarando por un suceso de naturaleza turbia, frente a un agente federal que desbordaba seriedad, en un ámbito cuyo aire podía cortarse con un bisturí de tan denso y espeso. Al sacar su DNI cayó un papel. Levantó la foto de un niño, con una leyenda: 

¡Creer! He allí toda la magia de la vida *

Ante la estupefacción del milico, Hernán, estalló en risa para luego ser abordado por un llanto incontenible, tan nostálgico y dulce como el recuerdo de la propia niñez. 

Dr. Roberto Lambertucci

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*Esta frase abre "El hombre que está solo y espera" de Scalabrini Ortiz.