17 de agosto de 2012

cuando sobre su frente llovieron cristales...

El silencio y la paz del sueño fueron abruptamente interrumpidos. De pronto se despertó, con una explosión. En un segundo un viento helado lo abordó y sintió como el ruido de una lluvia de vidrio molido se derramaba sobre su cuerpo y como las gotas se iban clavando en su frente, en el dorso de sus manos y en todo su cuero cabelludo. Aun en el ensueño y sin comprender vio que tres personas enajenadas y asustadas, dirigiéndose a él, le preguntaban cómo estaba. Se mantuvo calmo, por profesión, casi no se sobresaltó, se autoexaminó mentalmente: estaba bien. Sin embargo imaginó su rostro cuarteado y desgarrado por los fragmentos de vidrio. Preguntó, no sin cierta frialdad, a uno de las personas que lo interrogaban si tenía cortes en la cara. Ante la respuesta afirmativa pasó su mano por la frente, algunas astillas lastimaron sus dedos: era apenas un rasguño que casi no sangraba. Los párpados cerrados habían protegido sus ojos de los pequeños fragmentos, suerte que no había tenido otro de los pasajeros. El costera continuo unos metros, parando después para hacer un cambio de micro.

Mira la sangre en la yema de sus dedos y los raspones en el dorso de sus manos, se sume en reflexiones poco felices... ya no pudo dormirse.

11 de agosto de 2012

Los marcadores de Tellería

los marcadores de Tellería

Abrió un libro añejo y encontró una foto. Los colores habían perdido su jovial intensidad, habían cambiado virando sus matices a tonos azulados y amarillentos. En el papel se veían algunos rasguños y zonas en las que la tinta parecía haberse descascarado, justo en las esquinas que es donde suele plegarse un papel dentro de un libro. El marco blanco había adquirido un tímido tinte amarillo. Si, como lo supone: la foto había envejecido. 
Se observaba a un hombre de unos treinta años parado sobre el ala de un monoplano, reposando su peso sobre el codo apoyado en la cabina del aparato. 
Si uno se colma de una sensación grata, aunque indescriptible, al encontrar algo tan insignificante como una módica cantidad de dinero en el bolsillo de una campera poco usada, imagínese la emoción que sintió al encontrar aquella foto. 
La había olvidado por completo. Y también la historia tras la misma. 
Frente a sus ojos la foto volvió a mutar, se colmó de colores radiantes, de sonidos, voces, sensaciones y olores que trajeron a flor de piel aquella escena del pasado, que volvió a ser presente. 
Lloró, tal vez, un poco. 
Tuvo una idea simple, colmada de nostalgia y belleza, como todo él. 
Ya no dejaría librados al azar aquellos encuentros. Fue abriendo cada libro y sembrando entre sus páginas una foto. Para que al releer o al mudar, el pasado vuelva a ser presente. 

Posteriormente y con la práctica comprendió que una pequeña leyenda en el dorso (por ejemplo fecha y lugar donde fue tomada) y una frase representativa del momento facilitaban y enriquecían el proceso mnésico. 

Llevó esto más allá y sembró fotos en los libros, manuales y libretas de sus amigos. En cierta oportunidad Vellmount estaba declarando por un suceso de naturaleza turbia, frente a un agente federal que desbordaba seriedad, en un ámbito cuyo aire podía cortarse con un bisturí de tan denso y espeso. Al sacar su DNI cayó un papel. Levantó la foto de un niño, con una leyenda: 

¡Creer! He allí toda la magia de la vida *

Ante la estupefacción del milico, Hernán, estalló en risa para luego ser abordado por un llanto incontenible, tan nostálgico y dulce como el recuerdo de la propia niñez. 

Dr. Roberto Lambertucci

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*Esta frase abre "El hombre que está solo y espera" de Scalabrini Ortiz.

29 de julio de 2012

Vellmount solía decir en tono de broma, refiriéndose a sus lecturas, pero haciéndolo extensivo a todos los aspectos de la vida, lo siguiente: - con respecto a las lecturas no técnicas leo solamente aquellos libros que llegan a mi por pura casualidad, pues intuyo en ello una inmensa causalidad... créame: la casualidad y causalidad muchas veces van de la mano, vaya paradoja. Yo no encuentro libros... los libros me encuentran a mi.

22 de julio de 2012

Lambertucci

Lambertucci

Ubicaron una mesa y uno a uno se fueron sentando.
Vellmount llegó al final, se lo notaba pálido… como enfermo. Se desplomó en la silla, como si el peso de todos los hombres de todos los tiempos pesaran sobre él.

- Parecés enfermo, Hernán, qué carajo te pasa? – Preguntó Tellería

Una mujer solitaria mira a Román conmovida.

Laura, que hojeaba un libro alargado, en el que se observaba una fotografía del sitio actual del obelisco antes de su construcción, levantó la cabeza y con voz algo irónica citó a Borges:

- “la imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los grandes males de la humanidad porque multiplicó hasta el vértigo textos innecesarios”… - Sonrió en un gesto.

Hernán sintió nauseas.

- Jajajaaj… el gran Vellmount y su horror proverbial a las librerías y bibliotecas… - Se burló Tellería mientras lo señalaba con un libro de poesía.

Se masajeo el cuello, torciéndolo de lado a lado:

- Ciertamente ese piano viene a salvarnos, che, a salvarme. Sin esta melodía de fondo y ante tamaña barbarie – señalando - tendríamos que escoger entre la desesperación, el suicidio o la resignación… - estos acordes, y éste tostado, hacen posible una cuarta opción: la serena aceptación. – Dijo Hernán.

- Se te nota sereno – Comentó Diego, haciéndole un guiño…

Vellmount respondió con una mirada filosísima, que duró apenas un segundo porque estaba a punto de desfallecer.

Una pequeña llama brilla, un hombre lleva un cigarrillo a su boca. Una minúscula brasa late en la semioscuridad..

- Está linda la ambientación, las luces y las sombras están estratégicamente ubicadas – Comentó Carlos.

- Se les han pasado algunos detalles – comentó Vellmount entrecerrando los ojos – o mejor dicho los han puesto en exceso.

El padre toma del brazo al niño:

- Otra vez el principito, Tomás… ya tenés uno de cada editorial y en todas sus versiones…
- Pero… la rosa.
- No voy a comprarte otro más, entendés?
- El zorro.
- Basta Tomás… no me hagas enojar.
- Los atardeceres… - Susurró sin soltar el libro.

Un halo blanquecino, casi lechoso, se eleva por encima de sus cabezas y describiendo un espiral vertiginoso busca un cielo que apenas se intuye.

El padre mira al niño fijamente:

- Se te pone algo en la cabeza y no renuncias por nada, eh… - Le dio una palmadita en la cabeza y le entrego el libro… - Nunca pierdas eso… y con respecto al libro lo paga tu madre.

- Por ejemplo el piano… - comentó Vellmount.

El mozo se acerca:

- No puede fumar aquí, señor.
- No vi ningún cartel

El mozo se limitó a señalar.

- Lo siento – respondió el hombre apagando el cigarrillo.
- Faltaba más.

- Han querido evocar la nostalgia, y en cierta forma lo logran. Es cierto que lo añejo, los rayones, los colores despulidos, un poco de polvo y telarañas bien ubicadas favorecen el sentimiento… - Reflexionó un minuto...

Libidinosos dedos complementan el trabajo que la mirada había comenzado. Ella acaricia la mano pálida de su compañera. Quiere retirar la mano, siente vergüenza. Sin embargo está excitada y esa caricia además de despertar su deseo tiene algo de tierna y atrevida. 

- Sin embargo ese cacho que le falta al piano, eso no es erosión del tiempo o del uso… alguien se lo enganchó a la pasada o lo hizo pelota al mover una silla… aprovechando la supuesta evocación de la
nostalgia se hicieron los giles y no emparcharon ese detalle, que particularmente tira abajo la estética tan cuidada del lugar.
- Si, estoy con vos… es un golpe bajo a la estética – Asintió Tellería.

- Mami, sacame una foto contra el telón… 
- Estás hermosa, Tefi… pero quedate quieta querida – responde Eloisa.
- Mejor, vos también…
- Señor – suplica la niña dirigiéndose a Tellería – podría sacarnos una foto?
- Ningún problema – Respondió Carlos con una sonrisa socarrona – pero aprovecha que aquel señor (señalando a Vellmount) es un gran fotógrafo…

Vellmount puso una exagerada cara de sorpresa y sin hacer comentario tomó la cámara y he hizo varias fotos.

- Estoy viejo, Sres. – Comentó Diego, esbozando un gesto cuasi desesperado.
- ¿Y cómo vino a dar con tal revelación el srto. Marino? – Musitó escéptico Hernán.
- Ayer nos juntamos con Ariel y Facundo, a comer, y como excusa celebramos la amistad.
- Bien por ustedes

El niño y el padre se retiran de la mano, llevan un libro bajo el brazo, la madre se retrasa en la cola de la caja.

- Lo cierto es que comimos y bebimos moderamente…
- La mesura habla de años, no hay duda…
- No voy a eso… Bebimos moderadamente y en cierto momento, entre reflexiones y bromas, me abordó un sueño insostenible…
- …
- … tuve una pérdida de aproximadamente 40 minutos y al abrir los ojos noté con horror que uno de los gatos de Ariel me miraba fijamente: creí que había muerto.
- Ciertamente un horror!!!! – Soltó Vellmount
- Todos envejecemos, Vellmount… incluso Ud.
- No me refiero al paso del tiempo, Marino… me refiero a los gatos…
- ¿Cómo?
- Ciertamente no está… pero está en camino de… esos bichos… todos sabemos… con eso no se jode…
- Concluya una frase, Vellmount…
- Complétela como guste… no habrá diferencias...


Se hizo un silencio.

- Una Biblioteca con palomas y un gato barcino ha de ser el peor de tus infiernos, Hernancito – Bromeó Laura, mientras cerraba el libro.

Relajó su mano y se dejó acariciar, mientras miraba hacia abajo.

- ¿Señor, señor, nos sacaría otra foto?

Román se dejaba llevar y dejaba vida y alma en aquel piano.

Vellmount se levantó, sacó la foto y siguió caminando hacia la salida.

Al poco tiempo, uno a uno fueron saliendo.

Lambertucci fue el último en salir. Se lo notaba apesadumbrado, algo gris. Pagó la cuenta. Y se fue del Ateneo.



15 de julio de 2012

El circo de la vida

panem et circencis... 

En un telúrico y desvergonzado gesto, se quitó el Bombín y con una voz de ensueño, erosionada por el whisky y el tabaco, nos invitó:

Pasen, damas y caballeros...
pasen y vean.
Perfectas bolas de madera.
Bustos de Buda por doquier.
Libros que son pilares.
Por aquí, sillas,
Sillones,
Camas, por qué no?
Pasen y vean.
Sientan y palpen.
Por allí cajas con historia,
imagínese qué cajones.
Motos.
Torres.
Toquen el pelo de esta piel.
Que suavidad!
Leones petrificados, chanchos.
Desengañados cupidos.
Ermes aletargados.
Estatuas que parecen vivas.
Vivos que parecen estatuas
Gusten del tiempo que se escurre.
Que sabor!
¿Una garrapiñada?
Dientes, vértebras
Trompas de pez espada.
Sombra y luz amontonadas.
Alfombras, pergaminos.
¡Qué emoción!
Escaleras,
Fósiles,
Caracoles,
Tortugas,
Vírgenes suplicantes,
Santos,
Sátiros,
Diablos,
El alfa y la omega
cerrando un círculo.
No mire hacia allí,
Están los espejos.
Troncos, raíces
Colectivos,
Mitológicos elefantes.
Unicornios y abejas.
Dioses,
Tigres,
Universos.
Pasen y vean.
Disfruten del silencio del pasmo
o griten de lujuria.
Reglas rotas.
Globos lunares, incluso cráteres.
Magos, sapos, hadas y enanos.
Para cada sentido
Un deleite
Una perdición
Un octavo pecado capital.


Bla bla bla di du bla…




La palabras se fueron desdibujando, como lejanas se percibían apagadas, como un sutil ruido de fondo que combinado con la luz y el calorcito invitaban a la introspección.

Vellmount se había alejado del grupo, como embrujado, ajeno a todo.
Al finalizar, luego de dos horas, lo encontraron próximo a una chimenea: el aroma lo había cautivado.
Al ver a Lescano, se levantó, y haciendo un guiño dijo:

- Maravilloso paseo hemos tenido - Y abrazando a Adolfo se dirigieron hacia la puerta.

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Este texto es un fragmento de un extenso y preciado ensayo de Vellmount: "Panem et circences" o el circo de la vida.