31 de diciembre de 2010

Fin de año

Fin de año...

"Sin embargo estoy convencido que en profundidad todo está igual. Ranchos miserables y villas miserias se ven por doquier, pobres escuelitas rurales más destartaladas que nunca están, si se las quiere ver, con maestros que, como los Guiñázú, siguen recibiendo salarios alejados de la realidad...



¿Tendremos capacidad de reaccionar? ¿Seremos capaces de realizar la verdadera reconstrucción? ¿Aceptaremos, sin ambages y sin justificaciones que esta sociedad que llamamos occidental y cristiana está llegando a su fin? ¿Seremos testigos complacientes de que nuestro país también alcance los niveles de libertad desenfrenada de la sociedad de consumo donde la droga, la violencia, el abuso sexual, el crimen, el despilfarro, la destrucción de la naturaleza y la injusticia social son sus resultados?…

¿O tendremos la valentía de construir la Grande Argentina, soñada por Lugones y Martinez Estrada?Ello sólo será posible si todos aceptamos nuestras responsabilidades. Habrá que comprender que el hombre forma parte de una sociedad a la cual debe entregarse para mejorarla. Se ha terminado la etapa individualista. Al adelanto tecnológico habrá que agregar el humanismo, basado en los reales principios cristianos… Será un camino largo el que habrá que recorrer. Si analizamos en profundidad nuestro pasado y estamos dispuestos a realizar los cambios estructurales que la Argentina necesita, entonces sí, justifaremos los errores cometidos. Que así sea, para bien de todos.
Perdóneseme tanta franqueza."




René Favaloro

Enero 26 de 1980


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Ciertamente me aturde la relajada hipocresía que se teje alrededor de las fiestas, sobre todo fin de año.
Y al parecer no soy el único aturdido, pues todo parece mezclarse. Los chismes y la charla banal, la comida, la bebida, los fuegos artificiales y el ocio parecen ser parte esencial y necesaria de la finalización del año y de las “benditas vacaciones”.
Es entendible el querer desconectarse un momento, pues es cierto que vivimos en un frenesí casi demencial. Donde en una especie de condicionamiento operativo se nos inculcan por repetición hasta el hartazgo falsos valores, que poco a poco van nos vaciando de humanidad, sumiéndonos en un asqueroso y miserable egoísmo (una de las grandes características del hombre de nuestro tiempo) que terminará, no con la extinción sino con algo infinitamente peor, de lo que ya tenemos antecedentes varios y, lamentablemente, actuales evidencias: una sangrienta y despiadada guerra entre los hombres, entre estratos y clases sociales.

El hombre es el lobo del hombre, dijo Hobbes…

Celebremos, no está mal. Pero no perdamos de vista lo realmente necesario (lo esencial, diría Exupery).

Finalmente: a no perder las esperanzas. Todo parece seguir igual, diría aquel gran Argentino. Pero a pesar de todo y más que nunca debemos recuperar la fe en el hombre y debemos comprender que el camino para el cambio empieza en uno mismo (la verdadera revolución es revolucionarse).
A no perder las esperanzas. Y me dirijo fundamentalmente a los hombres sensibles (a los de Flores y del mundo entero) y comprometidos, trágicamente expuestos al sufrimiento y a las decepciones, a los hombres que luchan toda la vida (imprescindibles, diría Brecth). Es cierto que a veces resulta insoportablemente desalentador, hasta desesperante, baste con recordar el trágico final al que fue empujado aquel medico rural.
Pero recordemos que no estamos solos (ningún hombre es una isla, diría Donne) y sostengámonos con la esperanza remota en ese sueño que alguien tuvo una vez, el sueño del hombre libre, que tanto ha costado empezar a plasmar:

"Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor."


Salvador Allende

Santiago de Chile

11 de septiembre de 1973




El texto fue leído por Vellmount, minutos antes de un año nuevo. Lambertucci registró meticulosamente cada palabra y pasó a formar parte de las crónicas que se han dado a conocer como el arte de la invisibilidad.

29 de diciembre de 2010

Leyenda de un hombre extraordinario

un hombre extraordinario...


Salía del trabajo cada tarde.
Caminaba hasta el primer espacio verde. Allí dejaba caer su agobiado y enclenque cuerpo sobre la gramilla y se disponía a olvidar el peso que cargaba sin quejas ni reproches.
Por unos minutos dejaba librado al azar el destino del hombre y del mundo y solo miraba el cielo. Y así, tendido sobre la gramilla unos módicos minutos, su alma se enredaba en las nubes y se perdía en un torbellino calmo de ensueños y recuerdos.
Pronto, acomodaba el cuello de la camisa, se ponía los anteojos y se alejaba caminando.

Nadie supo nunca su nombre, usaba varios de una forma más que convincente.
Nunca nadie pudo recordar o describir su aspecto. 
Fabricio lo había visto unas 15 veces, siempre con un rostro diferente. Pero nunca pudo acercarse.

Vellmount y Tellería frecuentaban las plazas, ramblas y parques: querían estrechar su mano y asegurarle que su secreto estaba a salvo. Jamás dieron con él.


Leyenda de un hombre extraordinario,  Así se titula este texto que viene a engordar los misterios de estas crónicas, turbias y retorcidas, del Dr. Roberto Lambertucci.

24 de diciembre de 2010

Re-creación

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La capilla Sixtina tiene un fresco de Miguel Ángel muy conocido y que siempre me ha conmovido: La creación de Adán.
Más allá de las interpretaciones tan dispares, creo que unifica las concepciones el gesto de la mano izquierda del primer hombre y de Dios, casi rozándose, instaurando de esa forma el primer soplo de vida e instituyendo la sustancia divina de la que se constituye nuestra alma.
Un hombre y su Dios, a imagen y semejanza, apenas separados por unos escasos centímetros recalcando la proximidad y la intimidad de la relación que los une. Intimidad que sin embargo conserva la independencia y la libertad del hombre, dueño de su vida.
En mi periodo religioso esta imagen lo era todo.



Sin embargo ya no soy un ser religioso, estrictamente hablando. Y como Hernán suele decir, yo también “dejé la religión al primer atisbo de razón”.
Es cierto que infinidad de veces volvería a esos páramos en busca de la tranquilidad y la estabilidad que colma el alma del creyente férreo, buscando alivio para los tormentos que todo ser humano debe cargar. Sin embargo, ya no podría hacerlo por mucho que me retorciera y contorsionara… porque no hay retorno del cadalso de la razón. 
El pensamiento mágico no admite dudas o críticas… y una vez que se ha criticado éste se vulnera, se resiente, se quiebra y ya no es posible retomarlo plenamente.
Casi como un castigo de un dios celoso, en los momentos de sufrimiento quise volver a la oración, a la Fe, solamente para descubrir que me encontraba horriblemente solo.
No se me había prohibido la iglesia, la liturgia, la biblia, sin embargo por esa razón tramposa y de doble o triple filo ya no tenían efecto sobre mi.
Había despertado, es cierto, pero cuantos sufrimientos e injusticias tendría que mirar con los ojos bien abiertos de tanto, tanto horror sin poderlos soslayar cargándolos en las espaldas complacientes y anchas de ese Dios medio alquimista que convierte sufrimiento en eternidad.

En esta etapa, el fresco de la capilla Sixtina siguió conmoviéndome, pero de otra forma. Esa pequeña, pero insalvable, distancia entre la mano de Adán y la Dios me parecía una especie de burla de mal gusto.
Era el retrato fiel de esa falta de comunicación entre el hombre y su dios que empezaba a agobiarme.
Por mucho esfuerzo mental y espiritual que hiciese, ese Adan agobiado o tal vez agradecido, jamás alcanzaría a rozar el dedo del Dios.
Podrá decirse en defensa del fresco de Miguel Angel que no se necesita del contacto físico, piel con piel, mano con mano. Sin embargo, estó puede ser válido para un Dios, pero el hombre necesita de caricias y abrazos. Cambio cualquier eternidad por una de sus caricias… ¿quien no?
Esa conciencia de separación que experimetaba y que ahora veía plasmada majestuosamente me atormentó y enfadó.





Hace años había hablado sobre el fresco con Vellmount y los muchachos, recuerdo que era un 24 de Diciembre en el que estábamos brindando en el medio del campo, bajo una luna inmensa y alejados de fuegos los artificiales.
Habíamos cenado liviano. Laura había hecho ensalada de fruta, una de las más deliciosas que haya probado.
Inducidos por Vellmount, empezamos a hacer el balance del año que pasaba y a esbozar los lineamientos de las expectativas que cada uno tenía para el año que estaba por venir.
En la mitad de mi relato, surgió lo del fresco, más o menos parecido a lo que anteriormente dije. Hernán se quedó callado un largo rato, inmerso en su laberíntico pensamiento.
Lo cierto es que todos callábamos.

Un poco a la izquierda y alejado del grupo principal, que se reunía alrededor de un fogón improvisado, se lo veía a Lescano, tomando tímidamente la mano de Julieta… Nadie que los hubiese visto amarse, tan tierna y tan devotamente, hubiese sospechado el desenlace posterior.

Laura y Elizabeth estaban recostadas en el piso, boca arriba, algo separadas. Cada tanto soltaban palabras a la nada, mientras no dejaban de mirar las estrellas. Seguramente Fabricio estaba por allí.

Lambertucci había dejado su cuaderno de notas y caminaba por la hojarasca, vestido por el manto plateado que la luna tejía para todos. Por el paso arrastrado y distraído y la inclinación de la cabeza, como queriendo caer sobre las hojas: se lo adivinaba nostálgico.

Yo había permanecido sentado, comiendo ensalada de fruta, cerca de Vellmount.

-Es terrible la conciencia de esa separación insalvable y eterna – Me dijo con cierto pesar.

- Pero ese fresco es apenas una interpretación que hace el hombre de la creación, un intento de reflejar su alma. Sin embargo no creo que sea la única versión posible.

- ¿Cómo es eso? – Pregunté algo curioso.

- En mi particular, creo que el hombre debe re-crear al hombre, y re creer en él también. Me imagino como metáfora, las manos de una madre y su hijo acercándose, hasta lograr la intimidad tan humana de una caricia. Ese contacto sagrado y puro que solamente entre ellos se puede entablar.
La mano de un niño aferrándose a la mano de su madre, dejando obsoletos los miedos y las incertidumbres en ese solo apretón.
La mano de una madre acariciando la mano de su hijo, de ese ser que trajo a la vida y en quien sus esperanzas e ideales se fortalecen, encontrando un mojón firme del cual sostenerse y subsistir. Una caricia que es un anacronismo maravilloso donde se conjuga el pasado, el presente y el futuro del hombre. Donde las esperanzas, tan necesarias, y los ideales parecen tener su lugarcito de realidad y así subsistir.

Hizo una pausa.

- Me imagino que una caricia, como la que te digo, debería llenar el vacío que dejó el fresco de Miguel Ángel, ahora degenerado. Toda la violencia y la soledad que hoy atormentan el corazón del hombre serían ciertamente atenuados por una pequeña caricia, que denoten confianza, amistad, cariño. Caricia negada ad eternum en el bendito dibujo, pero que podés regalarnos con una de tus imágenes, Carlos.


Miré a Vellmount con cierta admiración. Otra vez tenía razón: el hombre necesita del hombre, no de un Dios lejano e inalcanzable.

O quizás, y de forma conciliadora, en esa noción de solidaridad, sincera y pura, entre los seres se encuentre la real naturaleza y esencia de toda religión.
No podemos esperar sentados a que un toque divino solucione la violencia, la injusticia y la soledad…

Creo en el hombre fehacientemente, creo que junto a su inmensa capacidad de odiar y de hacer el mal, se encuentra latente su potencial de amar y hacer el bien, igual o más grande.

Creo también que solo saldremos adelante cuando el hombre confíe en el hombre, y dejando de lado diferencias de sexo, piel, religión e ideologías  emprendamos juntos, hermanados en un abrazo, en un apretón de manos confiado, el camino hacia el bien común.

Esta foto, antes que aquel fresco, representa mi fe en el hombre.

Y justamente ese es mi deseo para esta navidad y estas fiestas: que el hombre recupere la fe en el hombre.



El texto a Carlos Alberto Tellería y es una recopilación hecha por el dr. Lambertucci. Contiene destacados fragmentos de sus notas de aquella navidad, de algunas reflexiones de Tellería, de uno de los tantos cuadernos Rivadavia tapa dura que Vellmount solía utilizar para escribir sus memorias y de algunas charlas en la que se tocó el tema.,

15 de noviembre de 2010

Resistimos por los niños...

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Ciertamente si uno vislumbra una esperanza en éste mundo, sórdido y corrupto, está irremediablemente ligada a los niños.
Hoy por ejemplo, lunes, comienzo de semana, vuelta a la rutina infernal de la gran urbe, al ruido insoportable de los automoviles que no descansan, al paso apurado casi aturdido, como el pensamiento, si hoy lunes he de resistir ha de ser por esta foto, por la paz, por la ternura, por simpleza y la belleza de esta niñita durmiendo, a salvo de todo, sobre el pecho de su padre.
La belleza es un verdadero valsamo para los lunes.

- Tellería, llevá esto al Dr. Menendez recordá que tenés que ir al banco por lo del colegio de escribanos a las 09:00hs tenés que tener listas las carpetas, biblioratos y fotocopias necesito que busques la escritura de Martinez porque viene a firmar a eso de las 09:15hs y viste lo pesado que es por lo cual cuanto menos tardemos mejor haceme un café y traeme alguna de esas masitas tan ricas que compraste y atendé el teléfono por favor…

Apenas dos meses y no ha despegado la vista de su madre. Es conmovedor y maravilloso el vínculo que se teje entre una madre y su hijo… algo que los hombres jamás comprenderemos por completo, algo de lo que estamos excluídos.
Cambio todos los atributos y virtudes de un adulto, siempre y necesariamente sobrevalorados, por una horita de ese sueño, por 30 minutos de esa pureza, por 10 minutos de esa simpleza.

- ¡Tellería!, ¿me estás escuchando?

Ciertamente si hemos de resistir en la esperanza, ha de ser por los niños, que nos recuerdan todo lo noble… el ser humano en su estado más puro. Si solo pudiésemos resistir en la niñez, congelar el paso del tiempo en esa etapa maravillosa… Pero es imposible, solo nos queda resistir en los niños, no hay otra salida.
Si, sin lugar a dudas, si “esperanzamos” en un mundo mejor, esa esperanza se halla es las manitos arrugadas y en el sueño tranquilo de los niños.

- TELLERIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

Carlos desfenestró a su jefe con una mirada filosísima, desde atrás de un escritorio colmado de papeles que hacían equilibrio, apilados en varias columnas que parecían no tener fin cercano.
No dijo nada. Tomó tranquilo la carpeta que segundos antes habían arrojado sobre el escritorio. Caminó hasta la puerta. Y se despidió con un portazo que hizo tambalear las columnas y las certezas, supuestas, de su jefe.
Dicen que solo volvió por la oficina aquel día, para dar parte de la tarea cumplida y finalmente volver a marcharse… sin decir adios.

Este texto pertenece a un capítulo extenso y gris del arte de la invisibilidad: Los orígenes. Paradojalmente es uno de los capítulos finales de las crónicas, varias teorías de los críticos de siempre han tratado de explicar esta incoherencia de Lambertucci. Sin lograrlo. Cuando se le preguntaba al Dr. por qué ese orden tan caprichoso, por qué el origen estaba casi al final, este se limitaba a responder “ porque así sucedió o al menos así me sucedió… o quizás fue precisamente lo contrario… vaya uno a saber…”

8 de noviembre de 2010

nos parecemos en nuestras diferencias...

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Laura se había aproximado varias veces a la ventana.
Rosaba el cristal helado con la suave caricia de su mano derecha. Una sensación de desamparo la embargaba al ver las ramas agitadas con violencia, por un viento que parecía el hálito furioso de mil demonios alborotados.
La orfandad del pequeño colibrí y su nido, casi devorados por la tempestad, era en cierta forma su propia orfandad.
Sintió ganas de llorar.
El pequeño pajarillo y su pequeña fortaleza le habían recordado a sus amigos:

- “Nos parecemos en nuestras diferencias” – susurró con cierta angustia.

Eran palabras de Hernán, que así bromea cuando intentaba explicar la profundísima relación que los unía, a pesar de sus enormes diferencias.




Se recordó sentada próxima a Vellmount. A lo lejos se veía a Adolfo, Fabricio, Tellería y al Dr. Lambertucci, reunidos en una especie de círculo, con la mirada puesta en unas ramas.

- Casi no tenemos nada en común, Laurín, sin embargo hay pequeños puntos de encuentro entre nosotros. Y esos puntos, ínfimos, donde confluyen nuestras polares cosmovisiones, son el anclaje y cimiento de ésta amistad. Luego, la diversidad atroz de nuestras personas vuelve el vínculo enriquecedor y siempre interesante.  – Dijo Vellmount mientras miraba a los muchachos.

- Nos parecemos en nuestras diferencias – Agregó Hernán esbozando una sonrisa algo oxidada pero con un brillo rejuvenecedor.

Fabricio, que apenas se diferenciaba del paisaje serrano, le hizo señas con la mano.

- Vení, esta es una metáfora perfecta de las pequeñas cosas que nos unen para siempre – Abrazó a Laura y comenzaron a acercarse a aquel semicírculo de espectadores.

Los 6 permanecieron en silencio largo rato, maravillados por un pequeño colibrí en su nido.
Lescano musito estrofas alusivas al milagro y la pequeñez, Nogueira se explayó sobre la complejidad del nido del pajarillo, de interior forrado con telarañas, sobre su vuelo y el batir de sus alas, Tellería compuso varias fotografías y no paraba de hablar de la belleza y la estética, Lambertucci no dejaba de observar y de hacer anotaciones sobre los muchachos y Hernán hizo algún comentario filosófico, que no recuerdo, utilizando como metáfora al pajarillo.





- Ciertamente se parecen en sus diferencias, muchachos, y he aprendido a parecerme – se dijo Laura Arcamone, mientras el gusto se le volvía salado y sus mejillas sentían una cálida caricia y destellaban estrellitas.

Apenas terminó la tormenta, camino con una apesadumbrada desesperanza. Se acercó al pequeño árbol dónde estaba el nido, sorteando a su paso las ramas caídas que había dejado el temporal.
Miró con cierto temor.
Para su sorpresa y maravilla, allí estaba el pequeño pajarillo, casi como un milagro, con su nido intacto y con él estaba intacto su recuerdo.


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El texto pertenece a Laura Arcamone. Según Lambertucci Laura solía llevar una especie de diario que había llamado “Palabras perdidas de alguien que busca encontrarse”. Escribía, tal vez inducida por Vellmount, en cuadernos Rivadavia tapa dura. Solía decorar las tapas, era una gran dibujante. Sin embargo tenía la costumbre de tirarlos, incluso quemarlos, una vez finalizados. Lambertucci, con su permiso, se había encargado de rescatarlos del olvido. Pero muchas de sus palabras y recuerdos se han perdido para siempre. Y quizás eso haya buscado. El olvido. Tal vez creía que corporizando su recuerdo en papel y perdiendo estos o quemándolos podría deshacerse del tormento que arrastraba en su memoria y que la había empujado al exilio.