27 de diciembre de 2007

Anacronismo en calle 5

Anacronismo en calle 5

Lento camina, suavemente por 5 entre 51 y 53.
Camina con la mirada perdida en la nada o el cielo.
Mira de reojo la imponente fachada de la casa de gobierno
y la brisa suave acaricia su rostro y hace volar su pelo como ceniza.

La rutina, el tedio y el absurdo social hacen que sus parpados pesen
cierra los ojos por un momento
y detrás de ese telón de noche
se detiene un momento.

Frota sus sienes pétreas y hundidas
con la suavidad ostentosa
con la que se desliza un pétalo de jazmín perfecto
por la escarpada superficie de marfil y porcelana blanca
de la espalda, desnuda, de una dama.

Dos o tres destellos azulados y aislados
irrumpen como rayos, furtivos y fugaces,
desgarrando la oscuridad como abismo
en la que inmerso se encuentra.

Nota el cansancio del jornal completo,
el inminente ocaso,
intuido en las nubes, el cambio en la luz y en los ruidos,
insiste en recordárselo.

Una línea de luz comienza a filtrarse,
y crece crece hasta convertirse en todo un paisaje,
el paisaje de regreso por calle 5.

Retoma sus pasos de acero sobre el imantado piso.

Decide escuchar con atención
y el trino vespertino de las aves le conmueve.
Se pregunta si es en verdad maravilloso
o el casi milagro es sólo la interpretación que hace su alma,
sensibilizada y frágil de austeridad y años,
de algo que carece de belleza.
Luego de dos segundos de profunda reflexión
decide que tal vez este asunto no sea relevante,
y se decide a esbozar una lágrima…
sólo una, pequeñita y de cristal de cielo.

Sigue sus pasos
que a esta altura se limitan a un burdo y tosco arrastrar desganado y asimétrico.
Piensa que si no pone voluntad la erosión le dejará descalzo.
Lo intenta… pero prefiere que sigan reptando.
Ve a su derecha una peluquería
y aleja rápidamente la vista…

Pronto una música metálica y ruidosa
invade sus sentidos que responden con inercia mercurial.
Escucha una voz femenina que grita,
en un idioma inentendible
para esta persona
y para esta altura del día y de la vida.
Mira por una indiscreta ventana indiscretamente,
con los párpados semicaidos
y observa a un grupo de mujeres saltando al son de esos neologismos.

Quiere tirarse quiere descansar…
pero comprende que ésto sólo retrasará el descanso merecido.

Nuevamente la brisa, que seca el sudor de su frente
de su pecho y le renueva.

Un aroma a tilo platense inunda sus vías respiratorias,
tan denso que casi le da un broncoespasmo.
-Hasta respirar resulta riesgoso hoy en día- Se dice un poco escéptico de gris y canas.

Pronto, un cartel blanco con dibujos rojos se imprime en su retina.
El brillo enfermizo le obliga a parpadear.
Se detiene, enclenque,
intenta leer y nuevamente jeroglíficos inentendibles.
Estos ojos ya cansados se desorientan con tantos colores.
-Debe ser la presbicia o la diabetis-
Se dice mirando sus manos huesudas
y con manchas ocres.
La piel delgada y transparente
deja ver las azules autopistas que conducen a su corazón.

Mueve su muñeca que crepita,
el manejo desganado e irregular del bastón le han dado reuma.

Sigue unos pasos y los dolores parecen multiplicarse.
Su rodilla izquierda le hinca ferozmente y casi le hace caer.
Con su mano libre, la frota
y mira al cielo con sus ojos vidriosos y hundidos,
a través de unos anteojos verde botella.
Parece elevar una plegaria… puede ser que maldiga…

Sigue sigue.
De repente… tan de repente como un paso.
Todo se vuelve gris.
Mira a su lado y ve las aberturas de su caja de joven.
Mira a su lado y ve los balcones que supo frecuentar.
Mira a su lado y ve el concreto labrado que tanto le maravillo.
El reuma afloja la mordida
y como sus recuerdos en blanco y negro
no requieren demasiada agudeza visual,
también olvida la presbicia.
Mira sus manos, las recuerda jóvenes y radiantes.
Recuerda su mirada anhelante mirando al cielo sin maldecir.
Recuerda su cuerpo terso y desnudo
semicubierto de sábanas
abrazando eternamente a una mujer gris,
radiante e irisada, con gusto brisa suave con algo de tormenta.

Una lágrima vuelve a aventurarse por su mejilla cuarteada, que no ha cambiado.
Sigue sus pasos, y sus tiempos.
Recuerda su lozanía y su felicidad,
extiende su mano intentando alcanzarla,
pero esta se difumina y se esparce.

De pronto, tan de pronto como un paso.
Todo vuelve a la normalidad.
Vuelve el reuma, las manos huesudas y coloridas,
el cuerpo enclenque con el bastón como columna.

Sigue sigue
y pronto llega a su departamentito moderno y aislado,
anónimo y olvidado.
Allí se detendrá, sentado o parado, a contemplar
como la vida transcurre, colorida y brillante.

Allí se sentará a esperar el periódico anacronismo que le hace feliz
o le recuerda que fue feliz, ya lo ha olvidado.

Es ese paso el que le transporta a sus años de mocedad,
y es ese otro el que le regresa a su ancianidad.

Un anacronismo en calle 5,
como una puerta,
como un umbral, apenas,
que separa el ayer casi intacto y el hoy desgastado y turbio.
Como un simulacro de viaje en el tiempo,
como un ayuda memorias para los que han olvidado
o quieren olvidar…
Un anacronismo en calle 5…

Diego A. Marino

20 de diciembre de 2007

si de desecuentros hablamos...

Si de desencuentros hablamos...

Leer antes: 1. relativos desiertos y 2. No barriers to love


Tomó sus cosas, que no eran muchas más que un puñadito de esperanzas que poco, casi nada, pesan.
Sacudió sus 6 botitas con esfuerzo inútil: el polvo de la incertidumbre seguía opacando su brillo claro.
Alzó su mirada vidriosa y limpia, apenas por encima del suelo austero.
Y sin decir nada a nadie, y sin que nadie pueda decirle nada partió hacía dónde creyó que su alma encontraría la libertad y el amor.
Partió y camino por diversos lugares buscando cierto desierto de hoja en blanco que llego hasta ella y que fue susurro frágil y fugaz.
Cruzó tierra, quebradas, montañas, pasto, y cielo, pegada, inmóvil y temerosa, en la rueda inmensa de un avión, cruzó mares inmensos fingiendo ser adorno de algún sombrero de elegante dama.
Llego a Argentina. A Buenos Aires precisamente. Ezeiza le pareció triste y con un vaho londinense en el horizonte lejano.
Pensó que sobreviviría al caos de Constitución y sus trenes mitológicos.
Sacó boleto en Retiro:
-A La Plata, por favor – Dijo, algo tímida e intentando alcanzar la ventanilla que no están preparadas para catarinas de talla corta.
-20 euros, por favor – dijo con tono esquivo cortante y fríamente elocuente una siniestra empleada, que al ver las manchitas negras extranjeras creyó que podría aprovecharse.
Metió sus manitas en sus 12 bolsillitos de papel madera pero no encontró nada. Le sorprendió pues al bajar del avión tenía llenos los bolsillos.
-Y bueno… - suspiró preocupada.
Debió viajar prendida al cordón mullidito de una anónima y deportiva zapatilla.
Se bajó del micro, acomodó el asiento/cordón que se había arrugado sólo un poquito, y se despidió con una patita en alto.
Comenzó su caminata, pronto y después de preguntar a ciertos caracoles bohemios, se encontró recorriendo una estructura enorme, que remataba en dos picos en la que adentro, había un hombre Crucificado y casi desnudo que le parecía conocido y siempre le conmovía profundamente.
Siguió su caminata y vio una calle llena de vidrieras y gente alocada, casi espectros, que la recorrían agitadas. Esto le aburrió mucho… luego de la tercera decidió volver sobre sus pasos. En una de las esquinas leyó un cartelito que decía 12.
Siguió el 12, que era bastante largo, y se encontró con un atajo o desvío que le llamó la atención. No era como todas las calles, no formaba un ángulo recto con 12… era diagonal a ella.
Se aventuró por ella, con emoción y con gran desorientación. Pronto arribó a una plaza llena de gente, murgas, tambores, malabaristas, cachorros, algodón de azucar, pochoclos, un monumento en el medio, artesanías maravillosas por doquier… parecía una feria. La recorrió de par en par, era domingo, podía tomarse la mañana y la tarde.
Ya cansada y algo aturdida por las bandas desaforadas, decidió retomar su búsqueda original.
Encontró otras de esas calles chuecas y viajó por ella.
Caminó hasta que se el cartelito esquinero marcó 6… no fue mucho trecho.
Curiosa siguió por 6 hasta que se encontró con lo que parecía una plaza, que también recorrió. Le llamó la atención unas tiendas rodeadas de cruces que daban un aspecto tétrico y seguro marcarían su recuerdo con llanto a sabe a islas. En el centro de la plaza, un monumento de un hombre, cuyo caballo se paraba en dos patas, le dio fuerzas y consolidó su pequeña, pero férrea y punteada voluntad.
El cartelito ahora marcaba 53. Camino por ella hasta encontrar una puerta que, sin saber por qué, le pareció familiar.
Alguien estaba entrando. Un joven morocho no tan alto, con la mirada clarao pero algo triste.
-Debo aprovechar – se dijo la pequeña.
Corrió, corrió y corrió. Cruzo 5 en un arrebato, varios autos le pasaron por arriba sin siquiera percartarla (dicen que es común por estas tierras).
El joven buscaba sus llaves en uno de los bolsillos.
Abrió la puerta y se adentró súbitamente.
-Ya estoy en el edificio – Se dijo suspirando.
Sin entender siguió al joven que cerraba la puerta de uno de los ascensores.
-15 cielos… – se dijo la pequeña – para llegar al amor cruzaría 15 infiernos - Agregó todavía.
Su corazón saltaba en su pecho, parecía querer salirse.
Bajaron del ascensor, ella algo mareada.
Y se abrió una puerta. Una luz blanquecina y cálida se asomó tímidamente y la invitó a pasar. Y así lo hizo.
Vio varios libros inmensos, algunos en el suelo. Vio plantas, una bicicleta, una computadora con varias fotos en la pantalla y un título celeste que decía flicr… la palabra era complicada y no pudo leerla.
Siguió mirando y vio un termo, vio el famoso mate, un atril, una cámara de fotos, un martillo de reflejos. Vio un libro rojo y gordo, abierto que llamó su atención ardiente.
Trepó por una de las patas y ya en la mesa un espasmo la paralizó y un frío congeló su respiración por un momento.
-El desierto de hoja en blanco- se dijo mientras corría con pequeños e infinitos pasos hacia ese mar en blanco.
Subió subió y subió la escarpada pendiente de casi 1800 pliegues.
Casi no respiraba, casi no se movía de emoción.
Pero algo llamó su atención de niña.
Vio unas letras, hechas de pasitos cortos como los suyos, que escribían algo que no podía ver completamente.
Miró a su derecha… y se dirigió al atril: le brindaría el panorama que necesitaba.
Subió subió y subió hasta lo alto, resbalando peligrosamente por las metálicas cornisas.
Miró y cuando vio no pudo contener el llanto que broto como manantial salvaje y herido.
Bajó lentamente y regresó con la mirada perdida y con la pausa triste de quien ha fracasado nuevamente.
Caminó cuanto pudo, pero pronto la hambruna y el cansancio la invitaron a descansar.

Llegó una noche, sin avisarle a nadie.
Llegó buscando un famoso desierto blanco que ya no era tan blanco.
Llegó buscando el amor pero sólo encontró más soledad.
Llegó y sólo la blanca y llena luna iluminaba sus ojos.
Miró a su alrededor y se vio rodeada de letras y más letras que su soledad deletreaban…
-La soledad de un desierto de hoja llena es tan abrumadora como la de un desierto de hoja en blanco - se dijo en un murmuro la pequeña.

Miró la luna nuevamente, lloró sólo un poco: no era cuestión de deshidratarse.
Se tendió en ese mar de letras vacías y allí y así se durmió mientras en su retina resonaban aquellas palabras desencontradas escritas con huellitas en el desierto de hoja virgen:
-Estimado amigo humano: partí rumbo a Italia en busca de un amor que me llegó como susurro lejano. Espero volver a verte.

Diego A. Marino
La Plata, 20 de Diciembre de 2007

17 de diciembre de 2007

No barriers to love...

Leer antes Relativos desiertos

No barriers to love (2)
It can´t raise barriers to love.
He will find a way to return to being one.

Hoy fui a buscar a mi catalina en la maceta... y no estaba.

Pronto comprendí:
No pueden poner fronteras al amor.
Él encontrará la manera de volver a ser uno.

Dos islas blancas, cada catalina en una.
El entorno negro y desolado que intentaba separarlas.
Dos catalinas, una roja con puntitos negros y la otra negra con puntitos rojos.
Dos catalinas que son su negativo y también su positivo. Que son su todo.
Las dos islas comenzaron a acercarse por ese magneto que es el amor.
No pueden crearse barrreras para el amor... el volverá a ser uno, con más fuerza, con más ganas... es como poner escollos a un río que fluye sediento de mar: de nada sirve, pronto o tarde hará estallar la represa.

Tarde o temprano, esas dos islas serán un solo corazón.

Mi catalina negra habrá partido rumbo a Italia en busca de la coccinella de Cate?

Será que su desierto de papel blanco y su travesía eran sólo el comienzo de su búsqueda? Será que este caballero negro y rojo estaba cruzando ese infierno lechoso pues era el primer paso para alcanzar a la srta. rojo y negro que se encuentra en Italia?
Si una famosa y testaruda tortuga, tomo sus cosas y partió sin rumbo hacia París... por qué no puede seguir su ejemplo mi amada catalina.
Ahora comprendo... el desierto o el blanco no es absurdo si lo que te mueve es el amor.
La falta de espacio y tiempo se hacen tolerables por amor.
La sed, la falta de sed, la desesperación, la desorientación son aceptables cuando se busca amor.
Lo único no tolerable, carente de sentido, el único abusurdo es la renuncia facil, la renuncia a primera eternidad o infierno... el único absurdo es la renuncia al amor.

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It can´t raise barriers to love.
He will find a way to return to being one.
Diego A. Marino

16 de diciembre de 2007

Desiertos relativos

Relativos desiertos (1)
Dedicato a Cate

Todo es relativo.
El tiempo a veces nos parece una eternidad, pero con más frecuencia se nos escurre entre los dedos como agua.

A veces el espacio se hace infinito como el llanto sufrido y otras veces se acortá como a sólo un suspiro.

Aquí una pequeña catalina atraviesa la austeridad más absoluta de lo que fue su desierto transitorio y blanco de una hoja de papel A4.

29,7 x 21cm. de largo y de ancho de la soledad más absoluta...
El blanco por todos lados debe ser devastador para una catalina o para un hombre.
No hay hojas en las que se marquen los pasos y por lo tanto no hay en como referenciarse. La mayoría de nuestros sistemas de referencia son relativos: mi posición depende de la posición de otra cosa.
En el desierto de papel pronto se pierde la ubicación espacial, se camina en círculos o en cuadrados, es lo mismo.
Los horizontes blancos son nocivos para la orientación.
Casi al mismo tiempo, antes o después, se pierde la noción temporal y los días se convierten en años y los años en días, el infinito en un instante y un instante en el infinito más desolador.
El infierno, supongo, debe carecer de tiempo/espacio, imagínese: he picado piedra pagando mis pecados toda una eternidad que fue sólo un segundo... me resta otro segundo que es una eternidad; imagínese: he corrido miles de kilómetros intentando escapar del horror de este lugar y sin embargo estoy un paso atrás de dónde había comenzado, deseo descansar un momento en un arroyo de azufre no tan hirviente, doy sólo un paso y me encuentro en el otro extremo del abismo...
Sin más tardar estas incoherencias e incongruencias desequilibran la mente de un insecto o de un hombre.
Se busca desesperadamente un reparo, algo oscuro, un hito azul, rosa o amarillo... pero sólo blanco y más blanco.
Blanco al norte, al sur, al este y al oeste, arriba y abajo...
Esto es como un manicomio... creo desesperar, cree desesperar. La tortura blanca del desierto es insoportable.
Vuelves la mirada sobre tus pasos... y no estan... y ya no sabes si estas.
El silencio atrofia tus oídos y con el tiempo de no escuchar o escuchar el sonido de lo blanco y desértico, pronto olvidas las palabras, el orden ed sal lertas... pronto el blanco consume tu lengua, la ata y la obliga al silencio blanco… en algún momento y en algún espacio bañado de blanco silencio, olvidas el habla.
Darías lo que sea por un poco de sol que rompa el blanco absurdo que te inunda y avasalla... ves tu sombra negra, es tu única amiga. En tu locura quieres alcanzarla pero ésta es tan ligera como tú, se cansa y retoma el camino igual que tú.
Pronto, sediento de colores, casi desahuciado, caes al suelo o te tiras al suelo.
Te quedas quieto, el resplandor lechoso llena tus ojos y te enferma de muerte.
Lloras y lloras, quieres que se acabe, pequeña catalina, este desierto de hoja en blanco. Tu boca sedienta y cubierta en sus comisuras con sal, también blanca, parece incendiarse.
Ya no reconoces ni el sabor de la sed... pero algo muerde tus entrañas y te inquieta. Has olvidado el hambre, el sueño y la sed…
En un arrebato de locura, quemas tus últimas fuerzas y corres corres erráticamente y sin dejar huellas. Te detienes muy pronto y te quedas inmóvil... solo un punto negro inmóvil en la hoja en la que pensaba escribir no se que banalidad. Crees que te has convertido en roca y así permaneces…
Pero la vida y sus concomitancias es tan extraña y caprichosa.

Extiendo mi mano buscando una lapicera.
Veo algo en la hoja. Un punto, algo negro.
Me asombro sin asombrarme y sin pensarlo te alejo, te corro, te tomo en mi mano, ignorando el desahucio de tu pequeña naturaleza.
Te tomo, te muevo y te conduzco desinteresado hacia una maceta repleta de verdes, marrones y negros...
Tu desierto ha terminado…
Diego A. Marino