6 de enero de 2012

el último adios...

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Fue cayendo, como cae una hoja seca.
Describió un espiral de decadencia.
Cuando abrió los ojos estaba sumida en el mismo infierno.
Comenzó a cerrarlos y, justo después de una lágrima, supo que la paz comenzaba. Larvada y con retraso pero al fin llegaba.
Bailó entre las llamas que devoraban su carne, ahora inmune. Giró, giró mientras cantaba y bailaba.
Un doble camino carmesí y ensortijado fue dibujando, fue salpicando.
Una música celestial, supuso Mozart, adornaba aquella mañana.
Los colores renacieron fugazmente.
La textura de los pétalos de rosa la conmovía.
Lloró o siguió llorando.
Sintió su aroma que le recordó a santidad, a su primer amor, y…




Vellmount, desconcertado, sostiene una rosa.

9 de diciembre de 2011

la libertad de las aves...

la libertad de las aves...

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Allí lo veo, despojado de toda pertenencia material, cargando con apenas unos pesos que servirán, con suerte y buena voluntad, para mitigar el hambre siempre puntual.
Allí lo veo, sin más ropa que la puesta,  un viejo sweter que ha de ser el único abrazo que lo cobije del metálico frio de la noche, con suerte algún reparo hará de refugio protegiendo ese cuerpo cansado de las impiedades climáticas.
Allí lo veo, con una bolsa andrajosa escondiendo vaya a saber qué misteriosos tesoros.
Allí lo veo, un cachorro juguetea en su proximidad, le brinda un esbozo de mimo, una caricia sincera y cálida, quizás la única que reciba en meses, quien sabe.
Allí lo veo, con la mirada plomiza perdida o encontrada, me pregunto qué fantasmas transitan por su pensamiento.
Allí lo veo, sin nada y con toda su pobreza.
Allí lo veo y comprendo, al verlo partir, que el mundo le pertenece.


Este texto breve pertenece a Hernán Vellmount. Fue encontrado en uno de sus tantos cuadernos de viaje. Al parecer Vellmount tuvo contacto con el vagamundos de la foto en una estación de servicio sin nombre ni lugar, mientras hacían una pausa y buscaban alivio del calor que azotaba y sobrecalentaba el motor de la chevrolet 80 en la que viajaban.

[...]mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta...[...]

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3 de diciembre de 2011

la edad de la ignorancia...

- un error irreparable en la edad de la ignorancia.
[...]
- A esa edad es cuando la gente se casa, tiene el primer hijo, elige su profesión. Un día sabrá y comprenderá muchas cosas, pero ya será demasiado tarde, porque su vida habrá tomado forma en una época en que no sabía absolutamente nada. 


La ignorancia - Milan Kundera
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11 de noviembre de 2011

del culo al alma...

Lescano, perdiendo toda mesura literaria le soltó a la morocha:

- Señorita, entienda bien que esto nada tiene de vanidad... y sepa que usted me gusta desde el culo al alma, y viceversa... también un poquito más.

Se hizo un silencio espeso, apenas llenado por los ojos abiertos de una mujer desconcertada, silencio de esos que convierten en mercurio el tiempo... un silencio solo interrumpido por un tímido estallido, que adornó con cuatro dedos la mejilla izquierda de Lescano.

Entre conmovida y sorprendida, la morocha, se echó a llorar mientras corría y ya nadie supo de ella.

6 de noviembre de 2011

Un órgano de la divinidad...

Órganos de la divinidad

Es harto conocido el trasfondo místico y su vínculo estrecho con lo espiritual que popularmente se concede a los gatos. Siempre hay gatos en los cementerios, las pitonisas, brujas y una que otra vecina suelen tenerlos, lo que resulta evidencia definitiva para confirmar el carácter ultraterreno y aterrador de estos bichos.
Recuerdo que en varios pueblos escuché decir que estos animalitos tienen el don o la condena de percibir las ánimas. Es así,que un escalofrío recorría el cuerpo de esos pueblerinos cuando un gato se espantaba sin una causa aparente.

Lo cierto es que Vellmount, en uno de sus desvaríos, sostenía que estos bichos no veían las ánimas... que era un error conceptual, una falacia.

Recuerdo que un día, en una plaza, mientras Tellería perfilaba la mirada hacia unos gatitos para hacer unas fotos, Vellmount se quedó varios pasos atrás congelado.
Quien lo hubiese visto, a juzgar por su mirada, no hubiese dudado que había visto al mismísimo mandinga.
Claramente se lo notaba conmovido, impactado... estaba pálido y un aspecto marmoreo como si hubiese muerto de tanto horror resaltó las ojeras de su cara.

- Qué pasa, Hernán... parece que viste un fantasma - Preguntó Tellería algo sorprendido.

- Tellería, alejate... vení... que no te miren, pelmazo!!! no levantes la perdíz, che!. Vení, te digo...
- Qué pasa, Hernán... Me estás asustando - Replicó Carlos, mientras disimuladamente miraba alrededor intentando encontrar la fuente del espanto.,
- Esos demonios peludos... esas pérfidas quimeras son órganos de la divinidad, Dios y Diablo... ven las almas no las ánimas... Así, la divinidad ultraja y se entera de la intimidad más íntima de cada ser vivo o muerto.... tienen la virtud de apropiarse de cada secreto, por recóndito que sea con una sola mirada... - expresaba un Vellmount claramente afectado.
- Pero qué decís, Vellmount... Dejate de joder y vení, acercate...
- Es un horror, Tellería... es un horror tan claro y no lo ven... las palomas y los gatos van acabar con la humanidad... cuando nos demos cuenta, va a ser tarde... acordate de lo que te digo... va ser tarde - susurró Vellmount mientras rajaba aquella plaza.

Roberto Lambertucci