17 de octubre de 2010

apenas estoy llegando

apenas estoy llegando
Ciertamente soy un animal nocturno.
No puedo evadir el llamado de sol poniéndose.
El atardecer cambia mi patrón de pensamiento y sensaciones.
Inicio mi metamorfosis desde el ser estrictamente racional y exacto a un ser impredecible, colmado de contradicciones e incertidumbres.
La noche ejerce sobre una acción rejuvenecedora.
Mis emociones y sentimientos latentes durante el día, intensos como pocos, despiertan al primer declinar de la luz.
Un remolino comienza a soplar, entrelazándose armónicamente con mi ser racional.
Estrictamente podría decirse que solo soy hombre por las noches.
Durante el día ensayo un intento siempre frustro de semidios que apenas supera una ficción que ni siquiera intento creer.
El ocaso ya ha iniciado su delicada despedida del día.
La gente comienza a retirarse a la tranquilidad de sus hogares, donde han de tomar mate, merendar, charlar, leer o tal vez mirar la televisión.
Yo, apenas estoy llegando.




Texto atribuído a Hernán Vellmount, forma parte de las crónicas de viajes del Dr. Roberto Lambertucci. Extenso capítulo que forma parte del arte del a invisibilidad.

27 de septiembre de 2010

La partida...

La partida

Querido Hernán, cuando leas me estaré marchando.
Pesa sobre mí una de las condenas más terribles que esta sociedad puede infringir y ya no soy capaz de tolerarla.
Hace tiempo cometí la estupidez de hacer dos o tres cosas muy bien y la gente, ciega de ignorancia y deseosa de esperanza, me catalogó con la vulgar etiqueta de la genialidad. Etiqueta que no deja de ser una forma de desconsideración y desprecio al esfuerzo cotidiano que uno realiza, atribuyendo a un dote innato y azaroso todo logro atribuible.
Desde ese desgraciado momento viví para satisfacer un ideal social que se alejaba remotamente de mi verdadera naturaleza, hasta convertirme en otra persona que desconocía y que ahora aborrezco.
Quizás, mi mayor error fue el haber creído en esa monstruosa imagen. Incluso llegué sentirme orgullosa de poseer un intelecto por encima de la media habitual. Intelecto que comencé a apreciar cuando me volví consciente de mi potencial, catalizado por la reiterada insistencia de las personas de las que me rodeaba. Pronto llegué a adorarlo, lo era todo para mí y el solo pensar que el tiempo o que la adversidad pudiesen deteriorarlo me llenaba de un terror que me helaba la respiración. La estupidez había amputado mi existencia a mi mero intelecto. Es entendible, entonces, el miedo al deterioro intelectual... si mi inteligencia se venía abajo también lo hacía toda mi vida.
Vivía obsesionada con la inteligencia. Continuamente me ponía a prueba e intentaba demostrarme que conservaba mi agudeza intelectual, mi desgraciada genialidad. Sin embargo, como toda obsesión, esta tampoco conocía de satisfacciones. Nada parecía ser suficiente, ni el agotamiento, ni el hambre, ni la falta de sueño eran fundamento aceptable: nunca era lo suficientemente lista.
Fue ahí que me enemisté con mi persona. Se rompió la armonía en la que vivía y dejé de apreciarme, para despreciarme.
Poco a poco, esa nefasta etiqueta y la necesidad de satisfacerla me fue alejando de mi misma, para ir convirtiéndome en un ser ficticio y monstruoso.
Fue terrible el día en el que no me reconocí frente al espejo, Hernán. Ni siquiera el dolor de los cortes me dolía. Lloré horas o días acurrucada en un oscuro rincón frente al cristal roto que alfombraba el piso de la habitación.
Ya cansada y despersonalizada, decidí renunciar a mis estudios y a la ciencia, decepcionando a muchos de los que habían apostado a mi potencial. Todo el amor y admiración que suscitaba mi supuesta y ficticia genialidad se convirtieron en punzante desprecio y odio. Destino común de todos los que deciden renunciar a satisfacer la deseabilidad social con la que lo han cargado.
Sin embargo no sería el fin del suplicio. Ensayé varias disciplinas y el fantasma de la genialidad parecía empecinado en atormentarme. Fueron el dibujo, luego la música, luego la literatura, el deporte, luego la fotografía… todo lo que hacía lo hacía más que bien, incluso mejor que muchos experimentados en cada área… y lo hacía sin siquiera haber leído o cursado sobre el tema.
Esos intentos de desprenderme de esa fastidiosa etiqueta no hacían más que fortalecerla y consolidarla.
Y aquí estoy, Hernán. Ya estoy cansada de este peso, del vivir para satisfacer un ideal ficticio que en nada se parece a ésta Laura que ahora te habla.
También me voy… ¿Te acordás cuanto me enfadé con el “me voy” de Julieta?... y gracioso destino… ahora soy yo la que se va.
Se que el corazón de Fabricio, mi niño querido, no comprenderá el que me vaya… Hemos aprendido a querernos con una intensidad maravillosa.
Lescano llorará, escribirá dos o tres poesías sobre mi partida pero después volverá a los bares de mala muerte, a las morochas y a las rubias, también de mala muerte.
Se que comprenderás, Hernán. Se que comprenderás el que me aleje de todos y de todo con el único fin de reencontrarme. No concibo otra solución. Tu mismo has querido deshacerte de esa etiqueta, sin lograrlo. Pero tú, en cambio, eres un hombre fuerte, por naturaleza y por vida… A mi ya no me quedan fuerzas, Hernán.
Los quiere enorme y eternamente. Laura.



Esta carta fue encontrada por Roberto Lambertucci en la mesa de luz de una habitación en mar del plata en la que Vellmount había pasado unas cuantas noches.

24 de agosto de 2010

autitos de colección...


No pude menos que sorprenderme ante la propuesta de Vellmount:

- Tellería, agarrá la cámara, que tenemos que ir a una exposición de autos antiguos…

Lo miré de reojo esperando un remate de ironía que jamás llegó…

- ¿Me decís en serio? - Pregunté

- Toda la semana, hasta el domingo 29 de Agosto, de 16 a 21hs., lo organiza la cooperadora a total beneficio del Hospital de Niños… no tenés excusa… - dijo Vellmount con cierta emoción que me era desconocida y un brillo pueril adornando sus ojos ceñudos.

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- Cuando quieras… ¿y dónde es?– dije, todavía sorprendido, conteniendo las mil preguntas que abalanzaban y pujaban por salir desde mi boca.
- En el Dardo Rocha – dijo con voz casi solemne. Yo te invito, así te devuelvo los diez pesos de la otra vez.

Ni bien entramos, me invadió la conmoción que inevitablemente genera el Pasaje Dardo Rocha. El piso como un tablero de ajedrez, la inmensa y la pulcra altivez de las columnas elevándose… En el fondo vi la Figura de López… y ya no pude contener las lágrimas.


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Pronto comprendí la emoción de Vellmount… Se ha adelantado, allí lo veo, inmóvil como un niño, ante la maravillosa exposición, deslumbrado por el cromado de los paragolpes, perdido en la profundidad inmaculada de diversos colores brillantes.

Los autos de colección que veía el Vellmount gris y atormentado eran el salvavidas que mantenía a flote su niñez, al Vellmount sonriente y colorido… porque los autos de colección reavivan indefectiblemente a ese niño que fuimos y que somos, y que a veces olvidamos…

- Permitirse volver a ser un niño por los niños… vaya que merece la pena. – Me dije sonriendo mientras tomaba unas fotos y seguía observando a Hernán niño.


Este texto fue encontrado en uno de los cuadernos del Dr. Roberto Lambertucci, y según se hace mención pertenece a Carlos Alberto Tellería. 
24 de agosto de 2010

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En el mes de agosto desde el 21 al 29 en el Pasaje Dardo Rocha de La Plata (calle 50 entre calle 6 y 7) se llevará a cabo una muestra de autos Hot Rod y Clásicos Americanos a beneficio de la Cooperadora del Hospital de Niños.

Los horarios serán de lunes a viernes 16 a 21 hs., sábados y domingos de 14 a 22 hs.

Los niños menores de 12 años tienen entrada gratuita, los mayores un bono contribución de $10.

20 de agosto de 2010

el temido desengaño...

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Adolfo, se que jamás podrás comprender que me marche en el medio de éste amor maravilloso.
Desde niña, siempre tuve la certeza de que sostenía la respiración por esa remota esperanza de amar.
Hace poco, mientras me abrazabas y tus dedos se enredaban juguetones en mi pelo enmarañado, casi en un suspiro dijiste que te había devuelto la certeza del amor.
¿Se tiene acaso una remota idea de lo que significa devolverle a una persona la creencia en el amor? Lo cierto es que creí morir de la ternura.
Hoy te amo como jamás creí y me siento amada como jamás pensé que podrían amarme.


Sin embargo debo marcharme, Adolfo. Tengo que marcharme.
Se que el cristal de tu corazón de niño ingenuo se quebrará.
Se que el dolor de nuestro recuerdo diezmará tus sueños y tus días… pero tengo que irme, Adolfo.
En ese mismo instante en que me abrazabas, en el que creí morir de amor, el temor empalideció mi piel y secó mis labios.
Podría vivir, Adolfo, o morir con la certeza de haberte roto el corazón… pero ni siquiera puedo tolerar la idea remota del desengaño, no me perdonaría jamás ser yo la que vuelva incierta o mate definitivamente tu esperanza en el amor.
Soy inconstante, Adolfo… por momentos un espiral de decadencia y desesperación arrebata mi cordura, me jala, tira de mí, me atrae irresistiblemente…
Soy inconstante, amor, estoy viviendo el mayor de los sueños, pero no puedo resistirme a ese vértigo que me invade y me atrae…
Se que tarde o temprano ese vórtice oscuro se presentará… Y luego…



… luego el desengaño y el desamor… pero esta vez el desamor definitivo.
No puedo permitirme el desengaño, Adolfo…
Te ama por siempre. Julieta.

Esta carta que se encuentra en uno de lo tomos que engloba las páginas de mayor dramatismo del arte de la invisibilidad del cronista y Dr. Roberto Lambertucci.

11 de agosto de 2010

[...]

borrar y empezar de nuevo
y empezar pese a quien pese

[...]

Fragmento de Cielo del 69, de Mario