16 de agosto de 2014

soles que no queman

fuegos que no queman

chispas que no encienden
soles de invierno
que solo conmueven
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Adolfo Lescano

10 de agosto de 2014

Lexikon 80



Estoy en Trenque Lauquen. Aproveché la semana de invierno en el hospital para pasar unos días con mis padres y visitar la ciudad en la que nací. Por cierta desorganización de la que soy habitué perdí uno o dos días, pero eso no me importa. Es tarde. Estoy sentado a la mesa de madera que hace, a la vez, de escritorio y mesa de luz. Durante el día revolví los armarios y anaqueles hasta encontrarla. Ahora estoy frente a la Lexikon 80 que era del abuelo. El silencio de la noche puebla el patio y toda la ciudad. Aquí se duerme de noche. Es invierno y el frío se cuela por una rendija que se abre, ínfima, entre el burlete gastado y la hoja de la ventana que está a mi izquierda. Desde aquí, desde mi habitación, puedo escuchar sus respiraciones irregulares y graves, están dormidos. Una lamparita de las viejas, de 40 watts ilumina tímidamente el ambiente, con una luz cálida y suave, interrumpida ocasionalmente por un parpadeo y un sonido de cortocircuito. Imagino un texto. De pronto, inducido por las similitudes, me embarga una especie de ensueño, pertinaz y resistente al abrir y cerrar de ojos con el que intento deshacerme de él. Me sucede algo extraño, no estoy soñando, tampoco tomé tanto. Me veo como un adolescente, parezco de 15 o 16 años. La visión me perturba. Cierro los ojos y en esa oscuridad ficticia vuelvo a ser el que soy. Tomo coraje. Ahora veo mis manos en la máquina de escribir. De nuevo la oscuridad. Se escucha el ruido de las teclas y el carrete, siento el dolor de haber estado escribiendo horas. Me froto los nudillos de los dedos, me friego la cara. La visión se hace permanente y se extiende hasta mis emociones: soy un adolescente, tendré apenas 15 o 16 años. Hay una pila de hojas. Tachadas, desprolijas algunas de ellas. Las volteó una por una para ver qué escribo. Confirmo mi sospecha. Estoy de pie. Mareado. Una bruma nubla mis ojos irritados, pero percibo nítidamente. Mara duerme en el living. Siento un ruido, que intento seguir. Allí está, sentada. Me siento frente a la computadora. No me está mirando, sus ojos se fijan detrás de mi, justo sobre mis hombros. Un escalofrío me recorre de norte a sur, pero no tengo miedo. Me pongo de pie nuevamente, me siento ágil, pero todavía el alcohol entorpece mi caminar. Sigo el ruido de vuelta a la habitación. Alguien está escribiendo en la Olivetti. - Esto se pone bueno, Hernán... es un buen texto. No se quien es, pero por su tono seguro y sus rasgos comprendo que es el cronista. No se qué decirle, pero las palabras se articulan por mi y pesar de mi: - Sobre qué trata, Lambertucci?. Yo dije Lambertucci?, jamás había escuchado ese apellido o visto a aquel personaje. - Vení, sentate. Me siento a su lado. - Te cuento la trama, el texto trata de un joven estudiante de medicina, que está estudiando en La Plata y que vuelve a su tierra natal luego de mucho tiempo. Ejerce la escritura como pasatiempo mas que como profesión, ha dado con una estética modesta en algunos de sus textos breves. En su casa se reencuentra con la vieja máquina de escribir en la que escribió su primer texto. Inducido a una especie de ensueño por las similitudes se reencuentra con sus fantasmas o ficciones y vuelve a escribir. - Qué escribe? - Te leo: Estoy en Trenque Lauquen. Aproveché la semana de invierno en el hospital para pasar unos días con mis padres y visitar la ciudad en la que nací. Por cierta desorganización de la que soy habitué perdí uno o dos días, pero eso no me importa. Es tarde. Estoy sentado a la mesa de madera que hace, a la vez, de escritorio y mesa de luz. Durante el día revolví los armarios y anaqueles hasta encontrarla. Ahora estoy frente a la Lexikon 80 que era del abuelo. El silencio de la noche puebla el patio y toda la ciudad. Aquí se duerme de noche. Es invierno y el frío se cuela por una rendija que se abre, ínfima, entre el burlete gastado y la hoja de la ventana que está a mi izquierda.Una lamparita de las viejas, de 40 watts, ilumina tímidamente el ambiente con una luz cálida y suave, interrumpida ocasionalmente por un parpadeo y un sonido de cortocircuito. Imagino un texto. De pronto, inducido por las similitudes, me embarga una especie de ensueño, pertinaz y resistente al abrir y cerrar de ojos con el que intento deshacerme de él. Me sucede algo extraño, no estoy soñando, tampoco tomé tanto. Soy un adulto, algo relleno y bien plantado, parezco de 45 o 50 años. La visión me perturba. Cierro los ojos y en esa oscuridad ficticia vuelvo a ser el que soy. Tomo coraje. Ahora veo mis manos en la máquina de escribir. De nuevo la oscuridad. Se escucha el ruido de las teclas y el carrete, mis manos duelen, están cansadas. Me froto los nudillos de los dedos, me friego la cara. La visión se hace permanente y se extiende hasta mis emociones: soy un adulto, tendré ya 45 o 50 años. Hay una pila de hojas. Tachadas, desprolijas algunas de ellas. Las volteo una por una para ver qué escribo. Confirmo mi sospecha. Estoy de pie. Mareado. La presbicia empieza a nublar mis ojos, pero percibo nítidamente. Siento un ruido que intento seguir. Me siento frente a la computadora. Me pongo de pie nuevamente, me siento cansado un poco por los años y otro poco por el alcohol, nunca lo toleré bien, pero decide ignorarme o fingir que lo hace. Sigo el ruido de vuelta a la habitación. Alguien está escribiendo en la Olivetti. Es un hombre que me parece remotamente familiar. Está concentrado, parece no percibirme o tal vez lo hace. No deja de escribir. No se quien es, pero pero me siento a su lado y, como puedo, leo lo que escribe: Estoy en Trenque Lauquen. Aproveché la semana de invierno en el hospital para pasar unos días con mis padres y visitar la ciudad en la que nací. Por cierta desorganización de la que soy habitué perdí uno o dos días, pero eso no me importa. Es tarde. Estoy sentado a la mesa de madera que hace, a la vez, de escritorio y mesa de luz. Durante el día revolví los armarios y anaqueles hasta encontrarla. Ahora estoy frente a la Lexikon 80 que era del abuelo. El silencio de la noche puebla el patio y toda la ciudad. Aquí se duerme de noche. Es invierno y el frío se cuela por una rendija que se abre, ínfima, entre el burlete gastado y la hoja de la ventana que está a mi izquierda. Desde aquí, desde mi habitación, puedo escuchar sus respiraciones irregulares y graves, están dormidos. Una lamparita de las viejas, de 40 watts ilumina tímidamente el ambiente, con una luz cálida y suave, interrumpida ocasionalmente por un parpadeo y un sonido de cortocircuito. Imagino un texto. De pronto, inducido por las similitudes, me embarga una especie de ensueño, pertinaz y resistente al abrir y cerrar de ojos con el que intento deshacerme de él. Me sucede algo extraño, no estoy soñando…

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Trenque Lauquen
26 de Julio de 2014

3 de agosto de 2014

Lucía llora

Lucía lloraba con todos los ojos. 
Usted insinuará la comisura la labial derecha, y no sin cierto escepticismo resignado y con ese tono de voz que sugiere un chiste... si, con ese tono con el que se plantean los temas más serios y controversiales, preguntará: 
- Y con cuantos ojos quiere que llore, hombre?... llora con dos.
Y en su pregunta hay un dejo de la ingenuidad más intelectual.
Lo cierto es que Lucía lloraba, 
y lo hacía con todos los ojos.
No con dos, ni con cuatro ni con cinco ni con cien, sino con todos. 
Uno la veía llorar y en esas lágrimas parecían aglomerarse, 
apresurados, 
todos los hombres con sus respectivos pares de ojos.
Con los ojos de todos los hombres 
de todos los tiempos 
de todos los lugares del mundo,
llora Lucía. 
Te lloré todo un río, dicen por ahí,
sin embargo todos los ríos y sus cuencas
confluyen en el en el llanto de Lucía...
y sus mares también.
Llora con todas sus mayúsculas y sus minúsculas, 
tal vez llore con todas las letras del alfabeto,
con todos los idiomas
con todos los libros, con todos los textos. 
Puedo asegurarle que Lucía Llora. 
Ver llorar a alguien te entristece, pero ver Llorar a Lucía  era como un drama, desgarrador y universal.
Así.
Tan grandes eran sus ojos.

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Adolfo Lescano

20 de julio de 2014

Si todavía combato, combatiré un poco por ti.

Capitulo VI
Por esta razón, amigo mío, tengo tanta necesidad de tu amistad. Tengo sed de un compañero que respete en mí, por encima de los litigios de la razón, el peregrino de aquel fuego. A veces tengo necesidad de gustar por adelantado el calor prometido, y descansar, más allá de mi mismo, en esa cita que será la nuestra.

¡Estoy tan cansado de polémicas, de exclusividades, de fanatismos! En tu casa puedo entrar sin vestirme con un uniforme, sin someterme a la recitación de un Corán, sin renunciar a nada de mi patria interior. Junto a ti no tengo ya que disculparme, no tengo que defenderme, no tengo que probar nada. Como en Tournus, hallo la paz. Más allá de mis palabras torpes, más allá de los razonamientos que me pueden engañar, tú consideras en mí simplemente al Hombre, tú honras en mí al embajador de creencias, de costumbre, de amores particulares. Si difiero de ti, lejos de menoscabarte, te engrandezco. Me interrogas como se interroga al viajero.

Yo, que como todos, experimento la necesidad de ser reconocido, me siento puro en ti y voy hacia ti. Tengo necesidad de ir allí donde soy puro. Jamás han sido mis fórmulas ni mis andanzas las que te informaron acerca de lo que soy, sino que la aceptación de quien soy te ha hecho, necesariamente, indulgente para con esas andanzas y esas fórmulas. Te estoy agradecido por que me recibes tal como soy. ¿Qué he de hacer con un amigo que me juzga? Si recibo a un amigo en mi mesa, le ruego que se siente, si renguea, pero no le pido que baile.

Amigo mío, tengo necesidad de ti como de una cumbre donde se puede respirar. 
[...]
Si todavía combato, combatiré un poco por ti. Tengo necesidad de ti para creer mejor en el advenimiento de esa sonrisa. Tengo necesidad de ayudarte a vivir (...)

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Carta a un rehén - Exupery (quien más?)

14 de julio de 2014

la corola de ivorio

[...]
Como la flor que uno huele
sin cortar
y conserva para siempre.

Como ese abrazo
latente
de algodón o nieve.

Como la caricia del rayito de sol
del primer otoño
que durante toda la vida se lleva.
que uno lleva para siempre.

Recuerdos que no son
otros que si:
siempre estuvieron aquí.
[...]

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Magdalena Petraglia, es una gran lectora de poesía. Culta, refinada y elegante en cada gesto, hasta el más sutil. Hermosa. He visto sus manos mientras sostienen un libro. Son del color de la nieve, las supongo suaves, apenas surcadas por minúsculas y delicadas venas que insinúan un azul muy tenue. Una mujer de minuciosa memoria y de gran inteligencia. Pero era su corazón, bondadoso y lleno de amor, lo que destacaba por encima de todo. Siempre sentí una profunda ternura y admiración por Magdalena.
Recuerdo una tarde en la que me fue leyendo fragmentos de poesía de su querido Baldomero, referentes a la medicina. Guiado por su voz, fui descubriendo la dulzura y la cotidiana naturaleza de su poesía. Un niño, eso es. Sin embargo, qué profunda su metáfora y qué compacta.  Hoy me pregunto si la ternura con la recuerdo esas letras no tiene que ver exclusivamente con su voz.
Mis intentos previos de escribir poesía redundaron en fracasos irremediables y contundentes. La belleza de los versos era al menos cuestionable, la métrica era kilométrica y cada verso ocupaba casi todo el renglón. Una vez recurrí al artilugio de suprimir el espacio que separa los distintos párrafos y descubrí, no sin tedio, que había escrito un cuento maravilloso. Por eso me volqué a la prosa. 
Sin embargo, sentí el deseo de escribir poesía nuevamente. Ensayé unos versos simples en una servilleta, que leí a Magdalena. Como es propio de una dama, fue piadosa y sonrió. 
Yo no soy tan optimista.

Roberto Lambertucci
12/07/14