23 de junio de 2022

todos los círculos


Salté de la cama: algo me despertó. Eran las 5:30 hs, la pequeña seguía dormida al lado. Aun obnubilado por el sueño, supe que me había despertado una explosión. Creí que había sido un disparo, como se han escuchado otras veces. 

Al poco tiempo comenzaron a escucharse gritos que no se entendían. Pensé que habían herido a alguien, por lo cual miré hacia Córdoba y Pueyrredón y sin embargo no vi nada.

Volví a apoyar la cabeza sobre la almohada y pocos minutos después los gritos se volvieron desesperados, gritos de auxilio y gritos de ayuda. No eran uno o dos, eran muchas voces gritando. 

Volví a mirar, seguía pensando en el herido de bala… otra vez no ví nada. Cuando traté de seguir el origen de los gritos ví un reflejo en la fachada vidriada del Finochietto, sin entender mucho todavía, busqué la fuente del mismo y me quedé congelado: un departamento se estaba incendiando. 

Era un incendio de una violencia que jamás había visto o sospechado. 

Uno ve incendios catastróficos en las películas y sin embargo no arden ni queman como lo que estaba presenciando. 

Estoy acostumbrado por profesión al sufrimiento y a la muerte, a los médicos y sobre todo cuando se ha trabajado o se trabaja en urgencias no nos es ajeno el sufrimiento y la muerte, no nos paraliza, pensamos claro, decidimos claro, actuamos aún a pesar de la tragedia de la que somos testigos, aunque siempre nos conmueve e impacta. 

Sin embargo esto era de una violencia que desconocía, que no había visto antes, que no sospechaba y me quedé helado, se me puso la piel de gallina y se me hizo un nudo en el corazón o en el estómago. 

Las lenguas de fuego salían del departamento hacia el balcón con una energía monstruosa, casi infernal, consumiendo todo a su paso. Subían extendiéndose hasta alcanzar el departamento de arriba, simultáneamente se escuchaba el crujido de las cosas quemándose, rompiéndose y vidrios que estallan. Una columna de humo colosal se elevaba como un leviatan, un humo denso casí viscoso, casi palpable, claro cerca de las llamas y negro al elevarse un poco, que superaba la altura del edificio y oscurecía toda la manzana. 

Casi simultáneamente comenzaron a sonar las sirenas de bomberos y ambulancias en lo que fue un operativo enorme y bien coordinado. 

Al poco tiempo los bomberos entraron al edificio, se veía las luces de las linternas recorriendo piso a piso, habitación por habitación. De forma coordinada y guiadas por gritos y llamadas, aseguraron todo el edificio, de pb a hasta la terraza y cabina de ascensores, cada uno en posición verificando si había personas atrapadas.

Pronto se los ve llegar al infierno, al origen mismo del fuego, no se detienen, no dudan,  tienen que romper ventanas, cortar rejas, y no se detienen. Yo estoy a una cuadra y estoy congelado, con el corazón en la boca, con mil pensamientos en la cabeza y sin poder moverme, impregnado de terror incluso a la distancia, y estos señores no se detienen: el infierno no los detiene.

Imagino que el esfuerzo físico debe ser brutal, colosal, lo cual empeora hasta vértigo con las altas temperaturas y el humo, sumado a que trabajan a oscuras porque se corta la electricidad en el edificio. Es difícil de imaginarse en carne propia una situación parecida. 

¿Qué pasa por la cabeza de estas personas? Son inmunes al miedo? Claro que no.

Se que están aterrados, por sus cabezas pasan mil pensamientos, el sufrimiento y la muerte de las personas que asisten, pero además (y en esto se diferencia con el proceso que hacemos los médicos) pasan en un segundo por su cabeza su salud, su vida, sus familias, sus planes, todo. Tienen miedo, desde ya, un miedo que apenas podemos sospechar, que solo lo puede describir quien vive esa situación. Pero a pesar de eso siguen, voluntariamente y se los ve meterse sin titubear al corazón mismo de las llamas.

Pronto comienza a salir un humo blanco desde adentro y las llamas comienzan a ceder. 

Siguen recorriendo los pisos buscando víctimas, se los ve cargar a algunos, ayudar a salir a otros.  

Se que tienen miedo porque el proceso ha de ser similar al “acostumbramiento médico selectivo” al sufrimiento y la muerte ajenos, que nos permite ser operativos ante la urgencia, conservando la emoción, la empatía y la conmoción ante el sufrimiento y la muerte. Es decir, el médico a pesar de mostrarse imperturbable y calmo ante situaciones dramáticas para las que se preparó y experimentó sigue sintiendo, se sigue emocionando. 

Pero sigue siendo distinto lo de estas personas.  

Están acostumbrados, es su trabajo y se preparan para eso, si, es cierto. Pero las cosas no son tan sencillas y uno peca en restarle importancia a lo que hacen estas personas. 

Los médicos nos acostumbramos a cosas que paralizan al resto y podemos actuar, como ya mencioné, sin embargo pocas veces lo que vivimos amenaza de forma directa y categórica nuestras vidas, quizás en pandemia sentimos eso: la propia vida amenazada intentando salvar o curar a alguien. Ahí cambia el panorama, no es el sufrimiento ajeno, la muerte ajena solo la que está en juego (siempre una tragedia, pero no nos muerde el dolor a nosotros ni la muerte nos respira en el cuello)… En la pandemia fue distinto, estuvimos en peligro directo, era la propia salud la amenazada, era la propia vida en peligro. Ahí si se nos complicó pensar con claridad, tomar decisiones no fue fácil. Ciertamente fue un infierno emocional y físico que nos doblegó a casi todos y cuyas secuelas emocionales y físicas muchos padecen todavía. Quizás ahí experimentamos algo parecido.

Fue todo tan dinámico y rápido que es difícil describirlo y transmitir la escena fielmente. 

Simultáneamente a bomberos se llenó de ambulancias del SAME, que llegaban y salían una tras otra, en orden a pesar del caos, que cargaban heridos y los llevaban a distintos hospitales para su atención. La policía coordinó los cortes de Córdoba y las esquinas alrededor permitiendo y ordenando el operativo que fue inmenso, de un gran despliegue de las tres entidades (SAME, Bomberos y Policía).

Fue una tragedia. Murieron varias personas y más de 30 internados. Siento una mezcla de emociones. Me alcanza la primera luz del día pensando todo esto. 

No somos conscientes de la salud hasta perderla o hasta que se ve amenazada. No somos conscientes de la seguridad hasta perderla o hasta que se ve amenazada. Somos inmunes hasta que dejamos de serlo y ahí es desesperante, un infierno que nadie quisiera vivir. 

Que no quede en unos aplausos perdidos y olvidados el reconocimiento y respeto de cada ciudadano a quienes nos cuidan y nos salvan en el día a día, poniendo la propia vida y salud en riesgo. 


Diego A. Marino.

19 de mayo de 2022

La foto no me emociona

Palacio San Martín


Los resultados de una fotografía en crudo nunca son lo que percibe quien la saca y que pretendía retratar, eso es sabido. Siguiendo este concepto, podríamos decir, que la fotografía distorsiona la realidad percibida. Justamente en esta distorsión más o menos sutil está su naturaleza artística.

Entiéndase el dilema. 
Usted es un ser sensible y que ha desarrollado la virtud de detenerse a observar y descubrir la belleza, en estos tiempos en los que la prisa lo iguala todo. Está emocionado, percibe una imagen bella, algo adentro suyo vibra conmovido. Es entendible que quiera compartirlo con sus allegados, compartir ese pedacito de belleza que supo descubrir y que tanto disfrute le ha proporcionado. Por eso incursiona en la técnica fotográfica, invierte tiempo en entender los atributos de la estética y dinero en equipos. Luego de un tiempo, más o menos largo, se siente seguro y empieza a hacer fotos. Lo tiene todo, la sensibilidad artística, la capacidad de detenerse a ver y la cámara para registrarlo y, paso siguiente en su altruismo artístico, compartirlo con sus seres queridos o con quien sea. No puedo describirle la emoción de la primera foto: enfoca, reenfoca, encuadra, compone, le gusta lo que ve en el visor, lo emociona como ya dije. Le transpiran las manos, quiere congelar el momento, el segundo, ese instante antes del click. Pero lo inminente no se detiene, sigue como un río su curso. Click. Hizo la foto. La mira rápido en esos 2 segundos de revisión en la cámara antes de irse. Llega a su casa o al estudio habiendo fermentado ese brizna de ansiedad y emoción: casi ebulle. Conecta la cámara a la notebook, transfiere las fotos y en esa vista rápida siente que algo se quiebra. Sacude la cabeza, no hace caso. Va y busca la foto recién descargada. Se le hace un nudo en la garganta: la foto no lo emociona, no logra evocar aquello que sintió y sospechó al verla. La luz está bien, todo está en su lugar, sin embargo no es lo que vio. Cambia la perspectiva sutilmente, la imagen se hace masiva ya que artificialmente se elimina el campo selectivo de los ojos, influenciado por las particularidades individuales.

Es así que la foto no es lo que vimos. Empezamos a darle vuelta, a reencuadrar en el pos procesado, cortamos acá, quitamos allá, a ver qué pasa si le saco altura, y si llevo el centro a la derecha o, mejor a la izquierda, hacemos zoom, alejamos y acercamos, zoom, corremos todo arriba y la izquierda, agrandamos con el scroll y buscamos reenfocar arrastrando con el puntero del mouse…

Seguimos hasta que sucede, siempre sucede. En un momento, un recorte de la imagen, que deja afuera muchos detalles que creíamos esenciales y focaliza en otros, una vista parcial, un fragmento, nunca de conjunto, nunca total, nos vuelve a conmover, nos devuelve a esa sensación primigenia previa a la foto, la esencia de belleza que nos llevó a detenernos.

He probado, pueden creerme, luego de ese “eureka” intentar reencuadrar mil veces, acercar, alejar y sin embargo ya no he podido admitir otra posibilidad: el reencuadre es uno en ese momento particular, el que devuelve a la imagen cruda, completa y anodina la capacidad de emocionarnos y de hacernos vibrar.

El texto anterior pertenece a Carlos Alberto Tellería, material no publicado. 

Por qué pasa esto? No lo se. Carlos solía embarcarse en explicaciones laberínticas y ruinas circulares que siempre lo dejaban en el mismo lugar y a uno sin saber qué carajo había querido decir.

Recuerdo una charla, enérgica sobre la cuestión.

De pie en la sala, Tellería, parecía defender una tesis frente un jurado severo o incrédulo:

- Los resultados de una fotografía en crudo nunca son lo que se percibe y se pretende retratar, eso es sabido: ¿Me seguís, Hernán? De esta forma, podríamos afirmar que la fotografía es una distorsión de la realidad que percibimos y justamente en esa distorsión más o menos fantasmagórica, más o menos sutil, radica la esencia artística de la fotografía. - Afirmó Carlos

Vellmount escuchó atentamente, y se dispuso a hablar: 
- Entiendo tu punto, sin embargo me gustaría plantear lo contrario. La fotografía distorsiona la realidad percibida originalmente distorsionada por la inevitable subjetividad de quien observa, en este caso del fotógrafo: Me seguís, Carlitos? +2 - 2 se cancelan mutuamente. Es decir, que la fotografía devuelve la objetividad a la realidad, neutralizando la subjetividad impartida inicialmente por el observador. Es en esta objetividad, precisamente, dónde radica el carácter documental de la fotografía.

Adolfo se puso de pie, se dirigió sin decir palabra hacia la puerta. Antes de salir, con una sonrisa dijo:
- Yo creo que tanto la realidad como la fotografía son una mera una representación subjetiva de quien observa. No coinciden una con la otra, quizás se complementan en su irrealidad. Ambas representan parte del acervo expresivo del artista, que es el hombre. Es decir, que nuestras obras y nuestra realidad son productos de nuestra pluma enamorada o de nuestro pincel inquieto. Justamente en esa incongruencia entre las imágenes, radica la naturaleza errática, quizás imperfecta,  pero siempre bella del hombre. 

Abrió la puerta y salió sin despedirse. 
Carlos y Hernán se quedaron en silencio, yo observaba cada detalle, cada gesto.
Abrí una botella de vino, merlot, serví a Hernán y un poco a Carlos.
Seguimos en silencio, tomando cada tanto, un buen rato. 

15 de noviembre de 2021

El impostor - Javier Cercas


He desistido nuevamente. 

- He desistido nuevamente? y eso de dónde salió, yo no quería empezar este texto así...

Yo no quería hablar o escribir sobre el desistir y la tendencia creciente a desistir de cosas que consideraba esenciales, algunas incluso pilares en los que creía.

Venía postergando el sentarme a escribir. Y lo venía postergando por la fotografía, por lecturas o bien por cansancio ya que leo libros no médicos preferentemente de noche. Y mi noche habitualmente se inicia a eso de las 23 o 24 hs. Es decir que cuando no leo, es que estoy dormido (o tal vez, cuando leo no duermo).

Hoy me siento, estoy decidido, rumiando nuevamente una idea que había madurado en la semana (los que escribimos conocemos ese momento en el que la idea está lista para convertirse en texto), la venía procesando, dando vueltas en la cabeza hace días, había monopolizado prácticamente todo el tiempo escaso que dedico al proceso creativo.

Así me siento a escribir. Con ese ímpetu creador, siempre ingenuo. 

Sin embargo, con solo poner las manos sobre el teclado de la Dell pierdo el control, ya no decido. 

Es así que empiezo a escribir sobre el desistir y sobre las veces que he desistido últimamente. 

Yo no quería arrancar el texto sobre “El impostor” de Javier Cercas diciendo “he desistido nuevamente”. Quería simplemente contar o compartir la alegría inmensa, la satisfacción intelectual y espiritual que regaló su lectura... sin embargo los que escribimos sabemos que no somos dueños, sino medios. 

Vuelvo a recordar a Sábato, en el escritor y sus fantasmas, contando algo que me pareció inicialmente un delirio y que más tarde no sólo confirmé, sino que se volvió realidad tajante. No encuentro la frase textual, pero decía algo así (o algo así recuerdo): los personajes primero son títeres del escritor, sin embargo llega el momento en que estos se independizan, adquieren voluntad, deseos, caprichos y sobre todo libertad y autonomía. 

Más tarde uno comprende, que uno creía ingenuamente se limitaba a los personajes, sin embargo descubre poco a poco, de forma irremediable, que cada cosa que escribe, cada idea, cada pensamiento, cada letra son caprichos de una ficción de la que apenas somos, a veces, un personaje. Podemos sugerir muchas veces, sin embargo siempre el resultado final es algo distinto en lo que a veces estamos inmersos, y muchas veces algo de lo que ni siquiera somos parte. 

Yo no quería empezar este texto diciendo “he desistido nuevamente”, solo quería compartir la emoción que me había generado el libro de Javier Cercas. Hacía tiempo que no leía un libro que no quería terminar, me había pasado principalmente con Kundera y también con Fromm: no quería terminarlo, lo extendía, lo dilataba lo más que podía y cuando el final ya era palpable, inevitable, cuando quedaban apenas unas 16 páginas y comenzaba a buscar otro título del mismo autor, sentir miedo y ansiedad, quizás una angustia anticipada de que el nuevo título no toque las mismas fibras que el actual había tocado o peor aún: que no las toque con la misma intensidad. 

- Dale Javier, quiero que Soldados de Salamina o Anatomía de un instante me haga vibrar de la misma forma que lo hizo la historia Enric Marco. 

Que ingenuo y que injusto soy con Javier que tanto me ha dado o me ha permitido a través de la lectura de uno de sus libros. Se bien que un libro, o la lectura de un libro y las sensaciones que despierta no son patrimonio exclusivo del autor, sino que en las mismas el lector tiene un rol trascendental. 

He desistido nuevamente, así empezaba este texto que en verdad era otro. Y decía que he desistido de muchas cosas que eran muy ciertas para mí. Pero hoy desisto en general de recomendar libros, y particularmente desisto de recomendar el libro de Javier que quería recomendar con este texto. 

Y desisto porque la lectura es algo tan particular y único como la persona y el momento intelectual, emocional, espiritual y cultural que transita

Hace tiempo, a través de un personaje propio, comprendí que ingenuamente solemos creer que llegamos por medio de alguna inspiración trascendental, una especie de Nirvana, a un autor y a un título. Cuando en verdad son los títulos y los autores los que llegan a nosotros en el momento justo, cuando los necesitamos o cuando estamos en condiciones intelectuales, emocionales o culturales de leerlo. 

Recuerdo un cuento de Borges, en la Utopía de un hombre que está cansado, del Libro de arena. El visitante miraba un montón de lienzos en blanco, al ver la sorpresa el personaje principal le dice:

- Están pintados con colores que tus antiguos ojos no están acostumbrados a ver.

¿Cómo podría entonces recomendarlo? Sabemos que la lectura no es solo lectura, que cambia a las personas: 

- Che, léete este libro de Cercas, El impostor, que es genial.

Cómo podría decir algo así, sabiendo que fue genial para mí, con mi historia personal, con mis lecturas y vivencias previas. El libro es genial en sí, desde ya y objetivamente, pero eso importa poco o pesa menos cuando decimos que es genial para nosotros, porque lo que realmente aporta peso contundente es lo que generó en nosotros. 

Y es genial porque Javier o el libro que escribió Javier hablan no solo de la particular Mentira (con mayúscula) de Enric Marco, sino de cómo interpreta la realidad (o lo que es real) la sociedad y el ser humano. Y lo hace con una calidad literaria, tan llevadera, tan fresca, tan cotidiana que da gusto leerlo, mezclando en medio temas que llevan a profundas reflexiones filosóficas, logrando que, aunque es un libro largo (432 páginas en una de sus ediciones en papel) uno quiera que no se termine nunca. El libro de Javier logra lo que Javier se había propuesto: uno lee una novela histórica que es no ficción como si fuera ficción pura.

        Creo que uno no puede recomendar la lectura de un libro, aunque le haya parecido genial. 

Creo que lo que uno puede hacer es compartir lo que le ha generado un libro, para que otro que navega como uno, perdido y desbordado en el inmenso e inagotable océano de textos que se multiplica vertiginosamente sepa de su existencia, y tenga la certeza de que estará ahí cuando lo necesite. Y que llegado ese momento, El impostor y Javier lo van a encontrar y su lectura va a ser excepcional. 


CABA

24 de junio de 2020

verte reír, nostalgias y el corazón en una bolsita de papel



Ella tenía frío, estaba acurrucada en un rincón del sillón, envuelta en un manta de mil madejas, la luz del salón apagada, la luz tenue y cálida de una lámpara de lectura apenas alcanzaba para iluminar su cuerpo, destacando su rostro, su mirada algo triste y una media sonrisa:
- Las veces que deliré un momento no me fue bien - dijo ella, entre oscura y bella
A él se le anudó la garganta, la entendía.
Frotaba sus manos, se dispuso a hablar: 
- Es que a mi siempre me pasa eso, nunca entendí bien por qué - agregó, mientras se replegaba sobre su nostalgia y se abrigaba con el edredón.
Continuó:
- No hacemos bien en hablar, no deberíamos...
- Decime qué querés, si te hace mal desaparezco... - Le dijo él, no sin resoplar en forma de sutil protesta.
- No se, la verdad que no se...  - dijo nerviosa - me hace sentir culpa. Creo que no está bien...
Ella calló. Se miraron en silencio.
El preguntó, no sin miedo:
- Querés que dejemos de hablar?
- No se qué decirte...
- Lo que sientas vos, sin hacer caso a lo que se espere o creas que esperen de vos...
- No es tan fácil...
Hizo una pausa y continuó:
- Soy en extremo respetuoso de lo primero pero no de lo segundo...
Callaron un buen rato



- Poné algo de música...
El se levantó.
- Amo Sabina, lo sabés...
- Lo se
Ella tarareó.
El tarareó.
Hicieron un repaso rápido de muchas de sus canciones. 
Por fín empezó a escucharse Serrrano.
El sonrió, y esperó el momento, entonces cantó en voz baja una estrofa:

"Un día la vida echará abajo tu puerta.
Rendida, acorralada te pedirá cuentas
Por este fracaso,
Por haberme mentido.
Y no encontrarás al hombre que te ponga a salvo,
Que el hecho de estar vivo siempre exige algo.
Déjate convencer,
Duerme esta noche conmigo"... o al menos charlá conmigo

Ella miró sus ojos:
- Me hacés reír
- Alerta, la bella mujer ha sonreído, pecadora, llamen al cura!!! - Ironizó
- Basta, no es gracioso...
Se disculpó, pero agregó: 
- Algo que te hace reír puede no ser tan malo...

Sabina condujo a Serrano, ambos a la nostalgia, la nostalgia a la fotografía y aquí estoy estoy escribiendo.

27 de mayo de 2020

Del lat. immĭnens, -entis


Del lat. immĭnens, -entis

Siempre sentí fascinación por las palabras y su significado.

Creo que podría explicar esa atracción desde dos perspectivas diferentes, quizás opuestas o quizás complementarias.

La primera. Quizás, porque el lenguaje siempre me resultó complejo, quizás por mis propias dificultades con algunas palabras y sobre todo con las reglas y las normas. 

La segunda. Quizás fue posterior a que me hicieran creer que escribía lindo y a la satisfacción que me generaba ese proceso, imperceptible, de pasar de la hoja en blanco a la primera palabra. Quien sabe. 

Lo cierto es que solía entretenerme buscando el origen de las palabras, buscaba su raíz grecolatina, y lo que verdaderamente significaban: lo hago a menudo todavía.

Por ejemplo, recuerdo cuanto me emocionó conocer que coincidir deriva de de la conjunción latína de co-indicir, o sea "caer a la par" o "caer juntamente".

Un buen día me crucé con una palabra que me desconcertó: Inminencia. 
Recuerdo la emoción, sentía el peso específico, la connotación, el significado. 

Casi nervioso, me acerqué al diccionario de la RAE. Sin embargo al primara definición me decepcionó: Calidad de inminente.

Enseguida busqué inminente. La decepción fue aún mayor: Del lat. immĭnens, -entis, part. pres. act. de imminēre 'amenazar'. 1. adj. Que amenaza o está para suceder prontamente.

Me pareció una definición pobre, escueta, insuficiente. Quizás fue en una de las palabras en las que sentí ese abismo entre la compleja naturaleza de lo que sentimos y la capacidad del lenguaje para plasmarlo por escrito. 

Me enfurecí linguisticamente con los editores de la RAE: cómo una palabra así tiene una definición tan chata.

Decidí buscar en el diccionario de Merrian Westtern, sin embargo la definición no fue mejor : ready to take place : happening soon.

Este segundo fracaso me resultó sospechoso. Quizás el errado era yo.

En ese tiempo pensé mucho sobre la inminencia y la injusticia de las palabras que no le hacían honor.

Pero vamos, si todos sentimos y palpitamos la inminencia.

Por ejemplo baste recordar el instante, ese segundo, previo al primer beso... a cualquier beso, a todos los besos. La conjunción desordenada y caótica de las sensaciones que se exaltan y de las emociones que se agolpan, todas juntas, en un instante, en un persona.

Todos hemos sentido las manos frías, la respiración acelerada, la imposibilidad de despegar la mirada de su mirada, el constatar, nervioso de que miramos sus labios, el tener la certeza de mira los nuestros. La certeza de que lo que viene, pero la incertidumbre simultanea de que podría no suceder. Todos palpitamos la inminencia, ese instante que no es el beso, sino el instante previo. Instante que no es la música, la noche y lo maravilloso de su complicidad e ingenio, sino el instante siguiente. Y que sin embargo la inminencia los incluye a ambos, pero a la vez no es ninguno.

Empezaba a entender. No es tan sencillo de definir. Quizás vayan entreviendo lo que sucede.

Es que la inminencia lo es todo en potencia inmediata y a su vez no es nada. 
Puede ser o no ser o ser otra cosa, pero eso sigue a la inminencia y no es la inminencia en si.

Comprendí entonces a los editores de la RAE y del MW: la inminencia se define en la incapacidad de ser definida. Ahí va queriendo.

La inminencia, como otras emociones (es una emoción? qué se yo) o vivencia no se define, sino que se siente, la inminencia se vivencia. Mirá el verso que salió. Y es que con eso basta, por eso la definición es indiferente. Puede ser extensa, puede ser insuficiente, puede ser compleja o simple: No importa, porque a la inminencia, como con otras expresiones del alma las define el corazón, las define la emoción.

Empecemos de nuevo.

Siempre sentí fascinación por las palabras y su significado, sin embargo se que algunas no definen con precisión estados del alma: baste con vivirlos.