27 de febrero de 2012

un horizonte virgen...

un horizonte virgen

Querido Hernán:

He dejado un horizonte en el que se elevaban majestuosas torres de significantes y significados, enormes construcciones de recuerdos y añoranzas que poco a poco, con timidez y prudencia, se fueron apilando sin querer o queriendo con el correr de los años y las vivencias.

Mi torre, mi referente estaba a un alzar de vista. El norte era inmediato. Y eso da seguridad, vos entendés.

Y no solo construí mi horizonte, testaruda, también construí mi tierra y mi cielo. Por ejemplo, aquella estrella de allí se llama Itatí, esa piedra angular lleva por nombre Luis, esa roca sólida y contundente se llama Emilia... y así podría seguir con cada construcción que se eleva sobre esa linea que ya no es tal.

En cambio ahora, Hernán, mi horizonte está virgen de referencias, ralo de significados... es apenas una línea decadente que se halla perdida a la deriva, sin cielo, sin su tierra y sin referencias.

Entendés? mi norte está muy lejos... se que debo forjar otro... pero cuesta comenzar y recomenzar.

Se que pronto significará. Eso en parte me asusta un poco. ¿es eso riesgoso? Pronto nuevas estructuras comenzarán a brotar, y su homogénea llanura se verá interrumpida.

Pero hasta entonces no me queda sino caminar a la deriva, con aquel norte lejano y maravilloso en la memoria y en el corazón.

Los añoro siempre. Laura.

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"Lo que Laura expresa es cierto, sin embargo existe una situación aun más dramática: un horizonte no virgen, sino atestado de estructuras ajenas, desconocidas... y que por lo tanto carecen del mínimo significado... ese es el peor desierto: estar rodeado de gente y objetos y sentirse como sentado en una duna... Eso, seguramente, sentía Laura - Reflexionaba Lambertucci

25 de febrero de 2012

Extrañarte va a ser poco

extrañarte va a ser poco...


Como era de esperarse. El último adiós le tocó a Vellmount.
Predominaron los silencios, a veces las palabras sobran o resultan innecesarias.
Cenaron en un antro donde las miradas de un mozo caribeño y una morocha fumadora incordiaban, como excusa, a un Vellmount conmovido…
Se podría decir al borde del llanto? Nunca lo sabremos.
Abundaron los temas cotidianos, no hubo reflexiones metafísicas aunque se hicieron alusiones al metafísico de la morocha de la mesa vecina. Hubo algunos balances, muchos recuerdos, renovación de promesas… lo habitual de toda despedida.
Cenaron. Brindaron. Caminaron de vuelta.
Vellmount estrechó su mano:


- Extrañarte... extrañarte va a ser poco - musitó mientras miraba sus ojos.

Vio como comenzaban a crisparse, e intuyendo una lágrima en un ágil movimiento siguió un abrazo, una mano en alto, un taxi y dos manos que agitándose se prometían reencuentro.

-En el arte de la invisibilidad, como en la vida, abundan las pérdidas y las despedidas... Comentó un Lambertucci acongojado.

29 de enero de 2012

concierto de sensaciones...

Se depositó sereno en el asiento trasero del taxi. 
Al hacerlo olvidó sus cotidianas paranoias y aflojó el cinturón. 
Sin saberlo se había predispuesto al goce y al disfrute. 
Poco a poco el auto fue acelerando y el hombre extraordinario fue sumiéndose en un éxtasis maravilloso. 
Las motos se deslizaban con una armonía suave y sigilosa.
Las gotas de lluvia mojaban su brazo, que apenas atinaba a asomarse por la ventanilla. 
Sonaba Charly y todo, todo, se había vuelto bello. 
Los ruidos estridentes de la ciudad danzaban en sus oídos embriagados. 
La gente y su mímica era todo un deleite. 
Las contorsiones del taxi fueron un suave arrullo, que aumentó exponencialmente el milagro.
Supo que el mundo estaba en sus pequeñas manos.
El auto se detuvo, pagó y bajó sin mirar atrás. 
Ahora se lo ve, parado, mirando el piso mientras espera el ascensor.

25 de enero de 2012

ineludible soledad...

[...]

Y ante la mirada congelada de Adolfo, Vellmount siguió hablando:

- Usted, Lescano, potencialmente podría seducir y enamorar a todas y cada una de las mujeres que pretenda o lo pretendan... Incluso me animaría a decir que ya lo ha hecho. Es por eso, mi amigo, que ha de estar condenado a la más austera y rotunda soledad. 

[...]

Fragmento de una calurosa charla que mantuvieron Adolfo Lescano y Hernán Vellmount, recopilada para el arte de la invisilibilidad por el Dr. y Biógrafo Roberto Lambertucci.

6 de enero de 2012

el último adios...

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Fue cayendo, como cae una hoja seca.
Describió un espiral de decadencia.
Cuando abrió los ojos estaba sumida en el mismo infierno.
Comenzó a cerrarlos y, justo después de una lágrima, supo que la paz comenzaba. Larvada y con retraso pero al fin llegaba.
Bailó entre las llamas que devoraban su carne, ahora inmune. Giró, giró mientras cantaba y bailaba.
Un doble camino carmesí y ensortijado fue dibujando, fue salpicando.
Una música celestial, supuso Mozart, adornaba aquella mañana.
Los colores renacieron fugazmente.
La textura de los pétalos de rosa la conmovía.
Lloró o siguió llorando.
Sintió su aroma que le recordó a santidad, a su primer amor, y…




Vellmount, desconcertado, sostiene una rosa.