24 de diciembre de 2010

Re-creación

3667725673_2034c68e5c_o_copia2

La capilla Sixtina tiene un fresco de Miguel Ángel muy conocido y que siempre me ha conmovido: La creación de Adán.
Más allá de las interpretaciones tan dispares, creo que unifica las concepciones el gesto de la mano izquierda del primer hombre y de Dios, casi rozándose, instaurando de esa forma el primer soplo de vida e instituyendo la sustancia divina de la que se constituye nuestra alma.
Un hombre y su Dios, a imagen y semejanza, apenas separados por unos escasos centímetros recalcando la proximidad y la intimidad de la relación que los une. Intimidad que sin embargo conserva la independencia y la libertad del hombre, dueño de su vida.
En mi periodo religioso esta imagen lo era todo.



Sin embargo ya no soy un ser religioso, estrictamente hablando. Y como Hernán suele decir, yo también “dejé la religión al primer atisbo de razón”.
Es cierto que infinidad de veces volvería a esos páramos en busca de la tranquilidad y la estabilidad que colma el alma del creyente férreo, buscando alivio para los tormentos que todo ser humano debe cargar. Sin embargo, ya no podría hacerlo por mucho que me retorciera y contorsionara… porque no hay retorno del cadalso de la razón. 
El pensamiento mágico no admite dudas o críticas… y una vez que se ha criticado éste se vulnera, se resiente, se quiebra y ya no es posible retomarlo plenamente.
Casi como un castigo de un dios celoso, en los momentos de sufrimiento quise volver a la oración, a la Fe, solamente para descubrir que me encontraba horriblemente solo.
No se me había prohibido la iglesia, la liturgia, la biblia, sin embargo por esa razón tramposa y de doble o triple filo ya no tenían efecto sobre mi.
Había despertado, es cierto, pero cuantos sufrimientos e injusticias tendría que mirar con los ojos bien abiertos de tanto, tanto horror sin poderlos soslayar cargándolos en las espaldas complacientes y anchas de ese Dios medio alquimista que convierte sufrimiento en eternidad.

En esta etapa, el fresco de la capilla Sixtina siguió conmoviéndome, pero de otra forma. Esa pequeña, pero insalvable, distancia entre la mano de Adán y la Dios me parecía una especie de burla de mal gusto.
Era el retrato fiel de esa falta de comunicación entre el hombre y su dios que empezaba a agobiarme.
Por mucho esfuerzo mental y espiritual que hiciese, ese Adan agobiado o tal vez agradecido, jamás alcanzaría a rozar el dedo del Dios.
Podrá decirse en defensa del fresco de Miguel Angel que no se necesita del contacto físico, piel con piel, mano con mano. Sin embargo, estó puede ser válido para un Dios, pero el hombre necesita de caricias y abrazos. Cambio cualquier eternidad por una de sus caricias… ¿quien no?
Esa conciencia de separación que experimetaba y que ahora veía plasmada majestuosamente me atormentó y enfadó.





Hace años había hablado sobre el fresco con Vellmount y los muchachos, recuerdo que era un 24 de Diciembre en el que estábamos brindando en el medio del campo, bajo una luna inmensa y alejados de fuegos los artificiales.
Habíamos cenado liviano. Laura había hecho ensalada de fruta, una de las más deliciosas que haya probado.
Inducidos por Vellmount, empezamos a hacer el balance del año que pasaba y a esbozar los lineamientos de las expectativas que cada uno tenía para el año que estaba por venir.
En la mitad de mi relato, surgió lo del fresco, más o menos parecido a lo que anteriormente dije. Hernán se quedó callado un largo rato, inmerso en su laberíntico pensamiento.
Lo cierto es que todos callábamos.

Un poco a la izquierda y alejado del grupo principal, que se reunía alrededor de un fogón improvisado, se lo veía a Lescano, tomando tímidamente la mano de Julieta… Nadie que los hubiese visto amarse, tan tierna y tan devotamente, hubiese sospechado el desenlace posterior.

Laura y Elizabeth estaban recostadas en el piso, boca arriba, algo separadas. Cada tanto soltaban palabras a la nada, mientras no dejaban de mirar las estrellas. Seguramente Fabricio estaba por allí.

Lambertucci había dejado su cuaderno de notas y caminaba por la hojarasca, vestido por el manto plateado que la luna tejía para todos. Por el paso arrastrado y distraído y la inclinación de la cabeza, como queriendo caer sobre las hojas: se lo adivinaba nostálgico.

Yo había permanecido sentado, comiendo ensalada de fruta, cerca de Vellmount.

-Es terrible la conciencia de esa separación insalvable y eterna – Me dijo con cierto pesar.

- Pero ese fresco es apenas una interpretación que hace el hombre de la creación, un intento de reflejar su alma. Sin embargo no creo que sea la única versión posible.

- ¿Cómo es eso? – Pregunté algo curioso.

- En mi particular, creo que el hombre debe re-crear al hombre, y re creer en él también. Me imagino como metáfora, las manos de una madre y su hijo acercándose, hasta lograr la intimidad tan humana de una caricia. Ese contacto sagrado y puro que solamente entre ellos se puede entablar.
La mano de un niño aferrándose a la mano de su madre, dejando obsoletos los miedos y las incertidumbres en ese solo apretón.
La mano de una madre acariciando la mano de su hijo, de ese ser que trajo a la vida y en quien sus esperanzas e ideales se fortalecen, encontrando un mojón firme del cual sostenerse y subsistir. Una caricia que es un anacronismo maravilloso donde se conjuga el pasado, el presente y el futuro del hombre. Donde las esperanzas, tan necesarias, y los ideales parecen tener su lugarcito de realidad y así subsistir.

Hizo una pausa.

- Me imagino que una caricia, como la que te digo, debería llenar el vacío que dejó el fresco de Miguel Ángel, ahora degenerado. Toda la violencia y la soledad que hoy atormentan el corazón del hombre serían ciertamente atenuados por una pequeña caricia, que denoten confianza, amistad, cariño. Caricia negada ad eternum en el bendito dibujo, pero que podés regalarnos con una de tus imágenes, Carlos.


Miré a Vellmount con cierta admiración. Otra vez tenía razón: el hombre necesita del hombre, no de un Dios lejano e inalcanzable.

O quizás, y de forma conciliadora, en esa noción de solidaridad, sincera y pura, entre los seres se encuentre la real naturaleza y esencia de toda religión.
No podemos esperar sentados a que un toque divino solucione la violencia, la injusticia y la soledad…

Creo en el hombre fehacientemente, creo que junto a su inmensa capacidad de odiar y de hacer el mal, se encuentra latente su potencial de amar y hacer el bien, igual o más grande.

Creo también que solo saldremos adelante cuando el hombre confíe en el hombre, y dejando de lado diferencias de sexo, piel, religión e ideologías  emprendamos juntos, hermanados en un abrazo, en un apretón de manos confiado, el camino hacia el bien común.

Esta foto, antes que aquel fresco, representa mi fe en el hombre.

Y justamente ese es mi deseo para esta navidad y estas fiestas: que el hombre recupere la fe en el hombre.



El texto a Carlos Alberto Tellería y es una recopilación hecha por el dr. Lambertucci. Contiene destacados fragmentos de sus notas de aquella navidad, de algunas reflexiones de Tellería, de uno de los tantos cuadernos Rivadavia tapa dura que Vellmount solía utilizar para escribir sus memorias y de algunas charlas en la que se tocó el tema.,

15 de noviembre de 2010

Resistimos por los niños...

IMG_3112_3_sombra


Ciertamente si uno vislumbra una esperanza en éste mundo, sórdido y corrupto, está irremediablemente ligada a los niños.
Hoy por ejemplo, lunes, comienzo de semana, vuelta a la rutina infernal de la gran urbe, al ruido insoportable de los automoviles que no descansan, al paso apurado casi aturdido, como el pensamiento, si hoy lunes he de resistir ha de ser por esta foto, por la paz, por la ternura, por simpleza y la belleza de esta niñita durmiendo, a salvo de todo, sobre el pecho de su padre.
La belleza es un verdadero valsamo para los lunes.

- Tellería, llevá esto al Dr. Menendez recordá que tenés que ir al banco por lo del colegio de escribanos a las 09:00hs tenés que tener listas las carpetas, biblioratos y fotocopias necesito que busques la escritura de Martinez porque viene a firmar a eso de las 09:15hs y viste lo pesado que es por lo cual cuanto menos tardemos mejor haceme un café y traeme alguna de esas masitas tan ricas que compraste y atendé el teléfono por favor…

Apenas dos meses y no ha despegado la vista de su madre. Es conmovedor y maravilloso el vínculo que se teje entre una madre y su hijo… algo que los hombres jamás comprenderemos por completo, algo de lo que estamos excluídos.
Cambio todos los atributos y virtudes de un adulto, siempre y necesariamente sobrevalorados, por una horita de ese sueño, por 30 minutos de esa pureza, por 10 minutos de esa simpleza.

- ¡Tellería!, ¿me estás escuchando?

Ciertamente si hemos de resistir en la esperanza, ha de ser por los niños, que nos recuerdan todo lo noble… el ser humano en su estado más puro. Si solo pudiésemos resistir en la niñez, congelar el paso del tiempo en esa etapa maravillosa… Pero es imposible, solo nos queda resistir en los niños, no hay otra salida.
Si, sin lugar a dudas, si “esperanzamos” en un mundo mejor, esa esperanza se halla es las manitos arrugadas y en el sueño tranquilo de los niños.

- TELLERIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

Carlos desfenestró a su jefe con una mirada filosísima, desde atrás de un escritorio colmado de papeles que hacían equilibrio, apilados en varias columnas que parecían no tener fin cercano.
No dijo nada. Tomó tranquilo la carpeta que segundos antes habían arrojado sobre el escritorio. Caminó hasta la puerta. Y se despidió con un portazo que hizo tambalear las columnas y las certezas, supuestas, de su jefe.
Dicen que solo volvió por la oficina aquel día, para dar parte de la tarea cumplida y finalmente volver a marcharse… sin decir adios.

Este texto pertenece a un capítulo extenso y gris del arte de la invisibilidad: Los orígenes. Paradojalmente es uno de los capítulos finales de las crónicas, varias teorías de los críticos de siempre han tratado de explicar esta incoherencia de Lambertucci. Sin lograrlo. Cuando se le preguntaba al Dr. por qué ese orden tan caprichoso, por qué el origen estaba casi al final, este se limitaba a responder “ porque así sucedió o al menos así me sucedió… o quizás fue precisamente lo contrario… vaya uno a saber…”

8 de noviembre de 2010

nos parecemos en nuestras diferencias...

IMG_3189_700

Laura se había aproximado varias veces a la ventana.
Rosaba el cristal helado con la suave caricia de su mano derecha. Una sensación de desamparo la embargaba al ver las ramas agitadas con violencia, por un viento que parecía el hálito furioso de mil demonios alborotados.
La orfandad del pequeño colibrí y su nido, casi devorados por la tempestad, era en cierta forma su propia orfandad.
Sintió ganas de llorar.
El pequeño pajarillo y su pequeña fortaleza le habían recordado a sus amigos:

- “Nos parecemos en nuestras diferencias” – susurró con cierta angustia.

Eran palabras de Hernán, que así bromea cuando intentaba explicar la profundísima relación que los unía, a pesar de sus enormes diferencias.




Se recordó sentada próxima a Vellmount. A lo lejos se veía a Adolfo, Fabricio, Tellería y al Dr. Lambertucci, reunidos en una especie de círculo, con la mirada puesta en unas ramas.

- Casi no tenemos nada en común, Laurín, sin embargo hay pequeños puntos de encuentro entre nosotros. Y esos puntos, ínfimos, donde confluyen nuestras polares cosmovisiones, son el anclaje y cimiento de ésta amistad. Luego, la diversidad atroz de nuestras personas vuelve el vínculo enriquecedor y siempre interesante.  – Dijo Vellmount mientras miraba a los muchachos.

- Nos parecemos en nuestras diferencias – Agregó Hernán esbozando una sonrisa algo oxidada pero con un brillo rejuvenecedor.

Fabricio, que apenas se diferenciaba del paisaje serrano, le hizo señas con la mano.

- Vení, esta es una metáfora perfecta de las pequeñas cosas que nos unen para siempre – Abrazó a Laura y comenzaron a acercarse a aquel semicírculo de espectadores.

Los 6 permanecieron en silencio largo rato, maravillados por un pequeño colibrí en su nido.
Lescano musito estrofas alusivas al milagro y la pequeñez, Nogueira se explayó sobre la complejidad del nido del pajarillo, de interior forrado con telarañas, sobre su vuelo y el batir de sus alas, Tellería compuso varias fotografías y no paraba de hablar de la belleza y la estética, Lambertucci no dejaba de observar y de hacer anotaciones sobre los muchachos y Hernán hizo algún comentario filosófico, que no recuerdo, utilizando como metáfora al pajarillo.





- Ciertamente se parecen en sus diferencias, muchachos, y he aprendido a parecerme – se dijo Laura Arcamone, mientras el gusto se le volvía salado y sus mejillas sentían una cálida caricia y destellaban estrellitas.

Apenas terminó la tormenta, camino con una apesadumbrada desesperanza. Se acercó al pequeño árbol dónde estaba el nido, sorteando a su paso las ramas caídas que había dejado el temporal.
Miró con cierto temor.
Para su sorpresa y maravilla, allí estaba el pequeño pajarillo, casi como un milagro, con su nido intacto y con él estaba intacto su recuerdo.


--------


El texto pertenece a Laura Arcamone. Según Lambertucci Laura solía llevar una especie de diario que había llamado “Palabras perdidas de alguien que busca encontrarse”. Escribía, tal vez inducida por Vellmount, en cuadernos Rivadavia tapa dura. Solía decorar las tapas, era una gran dibujante. Sin embargo tenía la costumbre de tirarlos, incluso quemarlos, una vez finalizados. Lambertucci, con su permiso, se había encargado de rescatarlos del olvido. Pero muchas de sus palabras y recuerdos se han perdido para siempre. Y quizás eso haya buscado. El olvido. Tal vez creía que corporizando su recuerdo en papel y perdiendo estos o quemándolos podría deshacerse del tormento que arrastraba en su memoria y que la había empujado al exilio.



17 de octubre de 2010

apenas estoy llegando

apenas estoy llegando
Ciertamente soy un animal nocturno.
No puedo evadir el llamado de sol poniéndose.
El atardecer cambia mi patrón de pensamiento y sensaciones.
Inicio mi metamorfosis desde el ser estrictamente racional y exacto a un ser impredecible, colmado de contradicciones e incertidumbres.
La noche ejerce sobre una acción rejuvenecedora.
Mis emociones y sentimientos latentes durante el día, intensos como pocos, despiertan al primer declinar de la luz.
Un remolino comienza a soplar, entrelazándose armónicamente con mi ser racional.
Estrictamente podría decirse que solo soy hombre por las noches.
Durante el día ensayo un intento siempre frustro de semidios que apenas supera una ficción que ni siquiera intento creer.
El ocaso ya ha iniciado su delicada despedida del día.
La gente comienza a retirarse a la tranquilidad de sus hogares, donde han de tomar mate, merendar, charlar, leer o tal vez mirar la televisión.
Yo, apenas estoy llegando.




Texto atribuído a Hernán Vellmount, forma parte de las crónicas de viajes del Dr. Roberto Lambertucci. Extenso capítulo que forma parte del arte del a invisibilidad.

27 de septiembre de 2010

La partida...

La partida

Querido Hernán, cuando leas me estaré marchando.
Pesa sobre mí una de las condenas más terribles que esta sociedad puede infringir y ya no soy capaz de tolerarla.
Hace tiempo cometí la estupidez de hacer dos o tres cosas muy bien y la gente, ciega de ignorancia y deseosa de esperanza, me catalogó con la vulgar etiqueta de la genialidad. Etiqueta que no deja de ser una forma de desconsideración y desprecio al esfuerzo cotidiano que uno realiza, atribuyendo a un dote innato y azaroso todo logro atribuible.
Desde ese desgraciado momento viví para satisfacer un ideal social que se alejaba remotamente de mi verdadera naturaleza, hasta convertirme en otra persona que desconocía y que ahora aborrezco.
Quizás, mi mayor error fue el haber creído en esa monstruosa imagen. Incluso llegué sentirme orgullosa de poseer un intelecto por encima de la media habitual. Intelecto que comencé a apreciar cuando me volví consciente de mi potencial, catalizado por la reiterada insistencia de las personas de las que me rodeaba. Pronto llegué a adorarlo, lo era todo para mí y el solo pensar que el tiempo o que la adversidad pudiesen deteriorarlo me llenaba de un terror que me helaba la respiración. La estupidez había amputado mi existencia a mi mero intelecto. Es entendible, entonces, el miedo al deterioro intelectual... si mi inteligencia se venía abajo también lo hacía toda mi vida.
Vivía obsesionada con la inteligencia. Continuamente me ponía a prueba e intentaba demostrarme que conservaba mi agudeza intelectual, mi desgraciada genialidad. Sin embargo, como toda obsesión, esta tampoco conocía de satisfacciones. Nada parecía ser suficiente, ni el agotamiento, ni el hambre, ni la falta de sueño eran fundamento aceptable: nunca era lo suficientemente lista.
Fue ahí que me enemisté con mi persona. Se rompió la armonía en la que vivía y dejé de apreciarme, para despreciarme.
Poco a poco, esa nefasta etiqueta y la necesidad de satisfacerla me fue alejando de mi misma, para ir convirtiéndome en un ser ficticio y monstruoso.
Fue terrible el día en el que no me reconocí frente al espejo, Hernán. Ni siquiera el dolor de los cortes me dolía. Lloré horas o días acurrucada en un oscuro rincón frente al cristal roto que alfombraba el piso de la habitación.
Ya cansada y despersonalizada, decidí renunciar a mis estudios y a la ciencia, decepcionando a muchos de los que habían apostado a mi potencial. Todo el amor y admiración que suscitaba mi supuesta y ficticia genialidad se convirtieron en punzante desprecio y odio. Destino común de todos los que deciden renunciar a satisfacer la deseabilidad social con la que lo han cargado.
Sin embargo no sería el fin del suplicio. Ensayé varias disciplinas y el fantasma de la genialidad parecía empecinado en atormentarme. Fueron el dibujo, luego la música, luego la literatura, el deporte, luego la fotografía… todo lo que hacía lo hacía más que bien, incluso mejor que muchos experimentados en cada área… y lo hacía sin siquiera haber leído o cursado sobre el tema.
Esos intentos de desprenderme de esa fastidiosa etiqueta no hacían más que fortalecerla y consolidarla.
Y aquí estoy, Hernán. Ya estoy cansada de este peso, del vivir para satisfacer un ideal ficticio que en nada se parece a ésta Laura que ahora te habla.
También me voy… ¿Te acordás cuanto me enfadé con el “me voy” de Julieta?... y gracioso destino… ahora soy yo la que se va.
Se que el corazón de Fabricio, mi niño querido, no comprenderá el que me vaya… Hemos aprendido a querernos con una intensidad maravillosa.
Lescano llorará, escribirá dos o tres poesías sobre mi partida pero después volverá a los bares de mala muerte, a las morochas y a las rubias, también de mala muerte.
Se que comprenderás, Hernán. Se que comprenderás el que me aleje de todos y de todo con el único fin de reencontrarme. No concibo otra solución. Tu mismo has querido deshacerte de esa etiqueta, sin lograrlo. Pero tú, en cambio, eres un hombre fuerte, por naturaleza y por vida… A mi ya no me quedan fuerzas, Hernán.
Los quiere enorme y eternamente. Laura.



Esta carta fue encontrada por Roberto Lambertucci en la mesa de luz de una habitación en mar del plata en la que Vellmount había pasado unas cuantas noches.