5 de febrero de 2010

"Los medios justifican los fines..."

Hernán Vellmount

4 de febrero de 2010

reemplazos fotográficos








Nunca le habían gustado las fotos, incluso miraba con un resentimiento febril las que su madre le había tomado de niño, y que muchas veces le obligaba a tomarse frente a determinados eventos, familiarmente importantes. 
Solía decir con esa voz de madre:

- Pero Fabri… si salís hermoso en todas las fotos. 

Lo cierto es que a Fabricio el principio estético de la fotografía no le importaba, como al parecer primaba en su madre. Era la fotografía en si, sus consecuencias sobre las personas, las que le generaban el rechazo. 

Recordaba con seriedad la creencia de algunas tribus que consideraban que la imagen de la persona en la foto no era sino el alma de la misma que había sido sustraída y secuestrada por la cámara, condenándola por todo una eternidad fugaz a una prisión de 1-2 mm de espesor. 

Por otro lado consideraba que nadie era espontáneo en el momento de la foto: miradas oportunas, horrorosas y artificiales risas de ocasión, irrisorias posturas antinaturales… en fin: en una fotografía nadie es quien dice ser. 

Por lo tanto, si es verdad que la cámara roba alma, durante el proceso de la fotografía se sustrae y se condena un alma ajena. 
Este pensamiento repugnaba a Fabricio.
- Si nadie es quien dice ser… la fotografía es una ficción, no es real. Por lo tanto no habría diferencia entre fingir ser alguien que no se es y reemplazar nuestra presencia física por la de otra persona. El engaño sería casi el mismo.- Se decía para si mismo Fabricio.
Es así, que frente a la imposibilidad de negarse a ciertas fotografías cambió el fingir por el reemplazo, a sueldo, de si mismo por otra persona. 
Comenzó buscando dobles, es decir personas cuya apariencia externa era similar con la suya propia, y que sobre todo poseían rasgos faciales similares. Las pruebas con estos sujetos fueron desalentadoras. Los retratos eran tan iguales a Fabricio que todos dudaban de autenticidad. Por otro lado, en los distintos retratos se complicaba, hasta volverse una tarea casi colosal, conseguir al mismo doble. 
Así fue que comenzó a buscar a reemplazantes que no se le pareciesen tanto. Inicialmente las diferencias eran sutiles y los resultados fotográficos seguían siendo poco felices. 
Con el correr del tiempo llegó a contratar dobles que no se parecían en nada a su persona. 
Sorprendentemente las pruebas preliminares arrojaron resultados prometedores: los más distintos brindaban las fotos más creíbles.

Vellmount se encargó del diseño de un estudio ramdomizado doble ciego para corroborar los resultados. 
A los integrantes distribuidos aleatoriamente en dos grupos se le presentaban 30 fotos: 5 de Fabricio con una etiqueta que decía Fabricio, 5 de Fabricio con una etiqueta que decía reemplazante Nº XXX, 5 del reemplazante con una etiqueta que decía Fabricio, 5 del reemplazante con una etiqueta que decía reemplazante, y 10 fotos con Fabricio y el reemplazante juntos + 10 etiquetas sueltas que decían Fabricio y otras tantas que decían Reemplazante. 
La consiga consistía en reconocer a Fabricio cuando era Fabricio y al Reemplanzante cuando era el Reemplazante. De esa forma el estudio evaluaba la eficacia del reemplazo fotográfico con una persona totalmente distinta. 

Lo cierto es que no hubo diferencias significativas entre los grupos y casi ninguno de los 100 participantes del ensayo pudo diferenciar con certeza en las fotografías a dos personas completamente diferentes, los resultados eran sorprendentes: 

Siempre se trataba de Fabricio o siempre se trataba del reemplazante… 

Del mismo estudio Vellmount deriva otras conclusiones secundarias que eran merecedoras de ser validadas en estudios adecuadamente diseñados. 

Quizás la más contundente fue que nadie conocía con certeza a Fabricio. 

Ya validado científicamente el artilugio, fue puesto en marcha. Tenía como ventaja evitar una complicación esperable de los dobles exactos: su escasa disponibilidad. Era muy difícil conseguirlos para cada ocasión en los distintos periodos de la vida, y cuando se lo conseguía ponían precios exorbitantes. 

En cambio, un doble totalmente distinto se conseguía siempre y por precios más que accesibles. 

Así es que en la foto de los 16 años era morocho, con ojos marrones y piel clara. A los 18, en la libreta de la facu, era colorado, con la piel blanca como la nieve y con pequitas en la nariz. Cuando renovó el carnet de conducir su aspecto es el de un afroamericano con piel casi chocolate, con pelo rizado y cutis perfecto. En la foto con su última novia, es rubio con ojos azules como el cielo. En la foto de navidad de 1938 es albino, y sus ojos rojos son el comentario de quien la observa. En una foto en Capilla del Monte de noviembre de 1938 es una morocha exuberante, de prodigiosas medidas, con un escote que sigue provocando síncopes a quien se detiene a ver. 

La consecuencia imprevista, o tal vez buscada, de los reemplazos fotográficos fue que con los años casi nadie era capaz de reconocerlo, o, lo que es lo mismo, lo reconocían en todas las personas…. 

Más dramático aun es que con los años el mismo Nogueira había empezado a olvidar su aspecto. Llegó el día en el que tuvo la casi certeza de no ser nadie, por lo cual estuvo seguro de ser, potencialmente, todos los hombres.

- Así fue que empezó a planear su propia desaparición. Más tarde vendría la búsqueda de la cotidianidad extrema que finalmente culminaría con la invisibilidad. Así empezó el arte de la invisibilidad.- Dice Vellmount, no sin cierto orgullo.


Comentario sobre Fabricio Nogueira, el coleccionista de insectos, escrito por Hernán Vellmount.

3 de febrero de 2010

despintando al príncipe azul...




Este texto de Eduardo Galeano fue encontrado marcado en el Libro de los Abrazos de Hernán Vellmount. En uno de los márgenes decía: incluído en "despintando al príncipe azul", junto con Bar VII (Bar del infierno de Dolina) y Correcciones de San Valentín del mismo Vellmount. Según se cree hace referencia a un ensayo con ese nombre, que se ha perdido en el tiempo y en olvido, algunos creen que nunca vio la luz. Donde el pensador da su opinión, podemos imaginarnos que es un intento de desmitificación, sobre el constructo social y cultural del príncipe azul, hoy en decadencia, la media naranja, el alma gemela, el amor a primera vista, entre otros tópicos ... 

Seguiré revolviendo en cajones y recovecos para ver si encuentro los cuadernos rivadavia tapa dura en los que fueron, seguramente, escritos.
Este fragmento fue encontrado en el pie de la misma página:


"la causa de la coloración azulada de este ser ficticio ha cambiado con el transcurrir de los tiempos y las gentes. Hoy en día, y lejos de todo romanticismo, pareciera que esa coloración se debe más a un estado morboso y terminal, seguramente afectado por patología pulmonar o cardiaca que anuncia su próximo deceso, que a la original e inmaculada nobleza descendente, que vaya a saber por qué misterioso pigmento coloreaba al noble haciéndolo deseable a cada mujer, diferenciándolo del rozagante vulgo".


Vamos al texto de Galeano:
Teología/1
El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo; y yo temía y creía.

Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo caso, pienso, si merezco ser asado en la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me salvaré del purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de la clase media; y al fin y al cabo, se hará justicia. 



Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés: No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro, ni a su asno... Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora.





El Libro de los Abrazos, Eduardo Galeano.

2 de febrero de 2010

Acceso principal




Acceso principal

No se bien cuando sucedió. Pero en determinado momento el arco de trenque empezó a ser una alegoría o una metáfora del regreso. Empecé a ver con mayor frecuencia, o al menos recordarlo, el lado que da la bienvenida y casi nunca el que desea buen viaje, tal vez por negación o desesperación. 

Pero lo cierto es que para los que ya no estamos en nuestro Trenque hay pequeñas señales, que quizás por un pudor infantil o por un orgullo maduro percibimos en secreto y desde la soledad de nuestro asiento. 

Todo empieza temprano, bien temprano. 

Siendo el primer signo irrefutable, que anuncia la partida, la espera en la terminal. Hace poco revisando la metamorfosis, de Kafka, encontré con sorpresa un texto, escrito con lapiz en una de las hojas en blanco del libro. Era sin lugar a dudas una reflexión sobre el regreso, al final se confirma: 

Empieza así: 

¿Me pregunto cuales son aquellas cosas que me atan a lo que verdaderamente soy? 

Desarrollaba una reflexión sobre las raíces y culminaba diciendo: 

Hoy vuelvo, aunque sea momentáneamente, a mis raíces… hoy vuelvo a ustedes, pero sobre todo hoy vuelvo a mi.

Ese vínculo indisoluble entre el ser actual y el lugar donde transcurrió el nacimiento, infancia y adolescencia francamente me conmovió. 

Era una reflexión propia, cuando todavía optaba por la soledad en la terminal. Debo confesar que hoy casi nunca estoy solo, aunque eso no signifique que he cambiado tanto y he pasado a disfrutar de las multitudes. En aquel tiempo, hace años, estar solo permitía la reflexión y el pensamiento. La presencia de algún individuo de los que me eran conocidos entonces implicaba casi automáticamente la abolición del pensamiento y la adopción de una charla banal y una actitud hipócritamente alegre, evasiva. Hoy en días mis amigos, los que me acompañan, no generan esa anestesia, sino que la compañía se enriquece con reflexión. 

Luego de la salida de la plata, todo transcurría entre sueños y una oscuridad caótica y confusa que tornaba irreconocible el escaso paisaje visible que se perdía en la oscuridad de la noche. 

Luego de varias horas de incertidumbre, venían las certezas. 

Luego del peaje, la silueta lejana del Faro era el indicio inequívoco de que ya estábamos cerca, ya estábamos llegando a casa, certeza que era reforzaba por la fábrica de la Serenisima sobre ruta 5. 

Finalmente y casi en un frenesí vertiginoso venía la curva (actualmente la rotonda) y el arco de bienvenida a la ciudad. Ese Trenque Lauquen enorme era la certeza final: estábamos en casa. 

Por eso, me parece oportuna como primer foto, una que retrate esos signos que con nostalgia construimos y que aprendimos a querer los que nos fuimos, pero que cada tanto solemos regresar al lugar donde se gestaron muchas de las raíces que hoy nos definen como personas.

Diego A. Marino

27 de enero de 2010

el capitan si tiene quien le escriba...

Las fotos pertenecen a Fabricio Nogueira, el coleccionista de insectos.

El párrafo que Hernán refiere corresponde a Gonzalo Videla, el Coronel o el Sherif según entendidos. La carta mencionada, según se entiende de varias anotaciones encontradas en un cuaderno Rivadavia tapa dura, algo gastado, está destinada a la misma persona.



En mi caso particular, no he sido más que un humilde recopilador de las palabras y las imágenes.

Me dejo de aclaraciones y paso a relatar la historia. 
Diego A. Marino - 26-01-2010
- o -
Mientras Fabricio Nogueira, desparramado en el pasto, se empecinaba en lograr un primerísimo plano, un macro en la jerga fotográfica, de una flor apenas perceptible, Lescano, bajo un pimiento, intentaba la estrofa perfecta y Vellmount, a la sombra y con un pasto en la boca, se sumergía en rumiaciones varias, sobre eventos sucedidos en el día que corría.
el coronel si tiene quien le escriba...
Repasaba mentalmente, no sin conmoverse, la tragedia hermosa de un fragmento de uno de los textos texto que le habían encomendado leer y criticar:
“quizás hablaron de temas banales o de cosas substanciales, quizás solamente hubo un cruce de miradas o simplemente una fingida y consensuada indiferencia”.
-o quizás todas ellas – se dijo sonriendo – o tal vez ninguna de ellas…
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Comprendió que el encuentro y la separación eternos se conjugan potencialmente en ese párrafo brillante. El abrazo más dulce y conmovedor y el desengaño más doloroso se acercaban, se acechaban, hasta casi intimar, hasta convertirse en las caras de una moneda.
- Haciendo caso omiso de toda probabilidad y estadística, con una soberbia altiva y bella, se atreve a la ruleta rusa… se atreve al amor– Se dijo conmovido el pensador - así es el hombre enamorado o que busca el amor.
Quizás se arriesga a ese vaivén de probabilidades positivas y negativas, quizás acepta, tal vez no sin reproches, transitar ese terreno incierto pues comprende que el amor, o aún más el amor potencial, es el motor primero de cada acto, de cada pensamiento. Sin la posibilidad del amor, por remota que esta sea, la vida no sería posible, no seriamos capaces de tolerar y hacer frente a la adversidad, nos derrumbaríamos poco a poco y a la primera oportunidad moriríamos sin lástima o recuerdo alguno, surmergidos en la más profunda enfermedad. O lo que es exponencialmente peor, sin la remota posibilidad de la mujer amada, la vida sería posible, claro que si, pero carecía de todo sabor y uno terminaría ejecutando por una única vez, en plena salud y en el máxime de su conciencia, el acto autolítico. Recordó un fragmento de la utopía de un hombre que está cansado, de Borges:
Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.”
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Lo repitió numerosas veces hasta que un vértigo intenso se apoderó de él. Era la noción del todo o nada tan próximos, casi hermanos. Era la certeza del amor.
Esbozó mentalmente un preludio una carta, que más tarde envió, respondiendo a aquel ser que había confiado en su persona para la corrección y la crítica de aquellas palabras.
Desnudarse desverngozadamente, ajeno de todo pudor, es considerado de lo más vulgar e incluso pierde cualquier virtud que se le quiera atribuir a la desnudez o al acto mismo de quitarse la ropa o las máscaras... en cambio quien se insinúa sutilmente por medio de un escote, por ejemplo, logra el milagro de hacer que sea el propio observador quien consume el acto, el desnudo... y eso atrapa, eso deslumbra, eso embriaga como un canto de sirenas… eso se suele llamar arte. Es por eso que usamos la tercera persona: para insinuarnos y que sean otros los que terminen de desnudarnos, dejando nuestra alma expuesta. Lo cierto es que ese desnudo, por ser producto del que lee, es perfecto como jamás podría serlo el propio relato: cada quien lo hace a su medida. Y si bien tenemos la osadía de exponer lo más íntimo, la intervención de la narrativa ajena, y de la subjetividad del que lee, nos mantiene en una intimidad inmaculada, conserva nuestros más personales secretos: todo lo que conocen de nosotros ha sido producto de su imaginación y de su subjetividad.
Querido amigo, no he dejado de reconocerlo en cada párrafo de su texto… aunque quiera dejar escrito lo contrario”
-Eso estária más que bien – Se dijo satisfecho – Lescano, pasame unas hojas y un lapiz… tengo que anotar unas líneas. – Gritó al poeta que se encontraba recorriendo otros mundos y todas las mujeres bajo el pimiento.
Se levantó sonriente, y se acercó con la parsimonia satisfecha de quien ha tenido certeza del infinito.
- Tomá Hernán. Espero para leer el resultado – Dijo Alfonso Lescano.
- Es una carta, dirigida a un novel escritor. A la noche discutimos, cerveza por medio y a la luz de las estrellas, los temas principales. – Dijo Vellmount – pero como adelanto escuchate esto:
- El coronel si tiene quien le escriba. Después de todo nos escribe aquello que nos inspira... los compulsivos de la nómina y la etiqueta suelen llamarla, acertadamente, Musa. Y digo acertadamente porque si la inspiración artística existe, y es evidente que si, ha de ser mujer. Quizás la más mujer de todas las mujeres.
El poeta sonrió y asintió, entre celoso y emocionado, y sin más palabras y volvió bajo la interrumpida sombra del pimiento.
Fabricio siguió haciendo macros de flores y panaderos, mientras Vellmount escribía casi enardecido, se notaba en sus ojos el brillo puro de la creación artística.
Lescano detuvo su búsqueda unos minutos, hizo esperar a todas las mujeres y relegó otros mundos, y dirigió la atención a sus dos amigos. No pudo refrenar la emoción que lo colmó:
-Mierda que soy dichoso de tenerlos cerca – Se dijo al borde del llanto.
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