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10 de octubre de 2013

atávicos infiernos

atavicos infiernos
- Querés que vaya? - Sabés que podés contar conmigo, Laura, para lo que sea…
- Puedo pedirte algo, Hernán… una sola cosa?
- Lo que sea - Respondió seguro.
- Sabés rezar, Hernán?
Se hizo un silencio. Vellmount sintió que toda su vida pasaba por su cabeza, se apretujaba en el estrecho desfiladero de su garganta mientras se dirigía en dirección a un corazón que parecía agitado:
- Laura, no se si sea apropiado, no se si pueda...
- Por favor…

Por la noche Vellmount se sentó al borde de la cama, una luz tenue apenas se extendía más allá de la mesita de luz, se reflejaba en sus ojos e iluminaba sus manos y su rostro.
Estuvo sentado largo rato, parecía contrariado, como inmerso en atávicos infiernos.
Abrió el cajón, como con miedo. Revolvió con suavidad. Se quedó inmóvil un momento, observaba con plena atención. Retiró su mano: un rosario de madera se enroscaba entre su mano trémula.
Miró las cuentas, miró la cruz.


Alguien dice que lo vieron llorar. Otros que dormía profundamente, incluso soñaba. Sin embargo un murmullo se oyó esa noche, como un arrullo dulce que transmitía paz a quien lo escuchaba.

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8 de mayo de 2013

una libertad mucho más grande


Camino al Gólgota, el Cristo se encuentra con su madre, es la cuarta estación.
Momento de intensa humanidad.
Se miran con una calma conmovedora, una calma que sólo puede surgir de un alma integra.
Sus mejillas brillan. Está llorando. Son lágrimas de madre. Un llanto calmo. Así lo imagino.
Aprieta los dientes, como tomando coraje y mira por primera vez al hijo de hombre, llagado y humillado.
Reconoce a su hijo en los ojos. Su pequeño: es madre por sobre todo. Un huracán arrasa su alma, reniega en silencio, reprocha en silencio, quizás proteste por esa elección... pero en medio hay una libertad mucho más grande que su apego: se mantiene inmóvil...
El Cristo busca sus ojos: es hijo sobre todo.
Ella encuentra sus ojos. Hace de tripas corazón y en un acto majestuoso de amor, respeto y libertad... ella asiente y acompaña.


A empujones lo obligan a seguir: hay un destino que cumplir.
Se miran en silencio por un instante, por unos pasos...
Ahora retoma el caminar, con la fe y la convicción renovada: no está solo en su camino a la Cruz.



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El texto pertenece al libro El camino a la Cruz de Hernán Vellmount. El muy anacoreta, siempre se fastidiaba de las representación del Via Crucis... Sobre todo en la cuarta estación. Donde suele representarse a una María fuera de sí, con un llanto espamentoso y cinematográfico, que invita más a comer pochoclo que a la piedad y la reflexión. Solía decirnos, ya dando media vuelta:



- Es un llanto calmo, muchachos, esto es una porquería sensacionalista... vamos a tomar un vino.



Y nosotros asentíamos.



Roberto Lambertucci