Camino al Gólgota, el Cristo se encuentra con su madre, es la cuarta estación.
Momento de intensa humanidad.
Se miran con una calma conmovedora, una calma que sólo puede surgir de un alma integra.
Sus mejillas brillan. Está llorando. Son lágrimas de madre. Un llanto calmo. Así lo imagino.
Aprieta los dientes, como tomando coraje y mira por primera vez al hijo de hombre, llagado y humillado.
Reconoce a su hijo en los ojos. Su pequeño: es madre por sobre todo. Un huracán arrasa su alma, reniega en silencio, reprocha en silencio, quizás proteste por esa elección... pero en medio hay una libertad mucho más grande que su apego: se mantiene inmóvil...
El Cristo busca sus ojos: es hijo sobre todo.
Ella encuentra sus ojos. Hace de tripas corazón y en un acto majestuoso de amor, respeto y libertad... ella asiente y acompaña.
A empujones lo obligan a seguir: hay un destino que cumplir.
Se miran en silencio por un instante, por unos pasos...
Ahora retoma el caminar, con la fe y la convicción renovada: no está solo en su camino a la Cruz.
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El texto pertenece al libro El camino a la Cruz de Hernán Vellmount. El muy anacoreta, siempre se fastidiaba de las representación del Via Crucis... Sobre todo en la cuarta estación. Donde suele representarse a una María fuera de sí, con un llanto espamentoso y cinematográfico, que invita más a comer pochoclo que a la piedad y la reflexión. Solía decirnos, ya dando media vuelta:
- Es un llanto calmo, muchachos, esto es una porquería sensacionalista... vamos a tomar un vino.
Y nosotros asentíamos.
Roberto Lambertucci