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15 de diciembre de 2012

botella al mar...



Sabido es que se hacen locuras y estupideces por amor: tal vez las únicas justificadas y nobles.

Vellmount, por ejemplo, tiraba una botella al mar cada día en la forma de pequeños papelitos que llegaban a su destino, Bárbara Simini, por las vías menos esperadas.
En el papelito una frase resumía un concepto charlado, una complicidad compartida o un simple halago a la solemne belleza de la morocha.
Vellmount había sobrevivido a los labios de Bárbara, como lo había anticipado Luciano. Sin embargo, como es sabido, no se sale ileso de tales empresas.

El pobre diablo, ya con el amor hecho pedazos, realizó puntual y voluntariamente dicha tarea por años y años con la esperanza de que llegaran a Bárbara y ella sonriera... ya que su sonrisa era su esperanza.

Cuando ella se alejó, y los papelitos comenzaron a acumularse en los cajones de Hernán, éste comenzó a tirarlos al viento o al agua con la esperanza de que las corrientes los llevaran a destino. Había olvidado, quizás por amor, la indolencia de la naturaleza.

Hay quienes recuerdan algunas tardes de diciembre en las que el cielo se nublaba súbitamente y los niños jugaban, girando y girando, bajo aquella lluvia de papeles.

26 de octubre de 2012

sin dejar de mirarme, apriete el gatillo...

- Tome una ballester molina,
- Introduzcala en su boca, con suavidad (no vaya a lastimarse), o póngala en su sien (como guste, Ud. es libre y puede elegir)...
- Oiga, no se distraiga.., no deje de mirarme a los ojos.
- Sienta el frio y el gusto del metal... petrificante, no lo cree?
- Sienta el escalofrío que corre por su piel... oiga, que sin dejar de mirarme!
- Permitase temblar y suplicar, vamos hombre, que nadie se humilla por llorar.
- Mire mis ojos, justo aquí, no quite la mirada.
- Deslice su dedo sobre el gatillo, lentamente, sienta la inmencia de la eternidad.
- Ahora me pondré de pie, besaré sus labios trémulos, besaré su frente limpia y me iré.
- Antes de que cruce la puerta sonará un disparo.





Una bandada de gorriones recorrió, caótica, el cielo porteño aquella tarde de octubre.





Bárbara Simini, como se ha de sospechar, era una mujer hermosa (morocha obviamente), sus manos eran estilizadas y de una delicadeza digna del más refinado marfil y según dicen la piel que rozaban se volvía joven, se sospecha que en sus labios se condensaba el rocío de inmortalidad, el precio que se pagaba por besarlos y por la eternidad, era módico: la muerte. No existe el hombre que no la haya amado, no existe el hombre que no haya muerto a sus pies.