El sol se fue escurriendo por el horizonte
y el cielo se incendió de las más caprichosas tonalidades de rojos, naranjas y amarillos.
El ir y el venir caótico de esas gentes que corren, quien sabe hacia dónde,
pululando, de vereda en vereda…
El trino de las aves se vuelve en extremo melódico y melancólico,
anunciando el ocaso precioso.
El ruido metálico, de la ciudad que regresa, grita en el fondo inundándolo todo.
En la semioscuridad vespertina de una plaza, la silueta oscura de dos jóvenes.
Un abrazo, dos manos entrelazadas, algunas promesas, dos infinidades de dudas…
y dos jóvenes fundiéndose en un solo momento eterno…
El mundo parece no advertirlos...
Ellos no parecen advertirlo...