26 de octubre de 2012

sin dejar de mirarme, apriete el gatillo...

- Tome una ballester molina,
- Introduzcala en su boca, con suavidad (no vaya a lastimarse), o póngala en su sien (como guste, Ud. es libre y puede elegir)...
- Oiga, no se distraiga.., no deje de mirarme a los ojos.
- Sienta el frio y el gusto del metal... petrificante, no lo cree?
- Sienta el escalofrío que corre por su piel... oiga, que sin dejar de mirarme!
- Permitase temblar y suplicar, vamos hombre, que nadie se humilla por llorar.
- Mire mis ojos, justo aquí, no quite la mirada.
- Deslice su dedo sobre el gatillo, lentamente, sienta la inmencia de la eternidad.
- Ahora me pondré de pie, besaré sus labios trémulos, besaré su frente limpia y me iré.
- Antes de que cruce la puerta sonará un disparo.





Una bandada de gorriones recorrió, caótica, el cielo porteño aquella tarde de octubre.





Bárbara Simini, como se ha de sospechar, era una mujer hermosa (morocha obviamente), sus manos eran estilizadas y de una delicadeza digna del más refinado marfil y según dicen la piel que rozaban se volvía joven, se sospecha que en sus labios se condensaba el rocío de inmortalidad, el precio que se pagaba por besarlos y por la eternidad, era módico: la muerte. No existe el hombre que no la haya amado, no existe el hombre que no haya muerto a sus pies.

18 de octubre de 2012

la mafia me lo enseñó...

Mi estimado Lescano:


A menudo, infiltrados mortalmente de solemnidad y elocuencia, nos olvidamos de la magia. Me pidió consejos: justo a mi... y lo hizo luego de decirme que no podía entender como podía sostener una sonrisa y una frescura dominante haciendo lo que hago, que usted en mi lugar vomitaría con solo verse al espejo. Usted sabe que mi profesión es, cuando menos éticamente complicada, Ud. me entiende. Cruel por momentos y muy cruel por otros. Sin embargo he aprendido a creer en la magia. Y eso le traigo, un poquito de lo que he aprendido. Aquí le adjunto una bolsa con un poco del polvo de las alas de las hadas que he sabido recolectar en lo que va de mi desdichada existencia (ninguna de las hadas fue herida durante los procedimientos de recolección):

  1. Lea el Principito.
  2. Qué espera, bese a una dama, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace.
  3. Huela un jazmín, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace.
  4. Lea y leale a sus amigos, leale al jazmín, a la mujer que besa y a la paloma que patea. Pero lea y releaVea un atardecer (aquí abra los ojos)
  5. Tome un buen vino, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace, en la intimidad de la noche y si es con un amigo mejor.
  6. Escuche buena música, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace, no se le ocurra reprimir a su cuerpo si a este se le da por bailar, tampoco calle su voz si a esta se le ocurre cantar.
  7. Enumere con una mano los amigos que tiene.
  8. Siéntase afortunado por sus amigos.
  9. Frote las hojas de una lavanda y huela sus dedos, no se olvide de cerrar los ojos.
  10. Permítase la locura, aquí puede tener los ojos abiertos o cerrados, es indiferente.
  11. Hágase a un lado, que la manada siga corriendo, tire al tacho todas las reglas, prejuicios y preconcepciones... descubrirá cuánn incierto y bello resulta todo.
  12. Patee una paloma, en su defecto a un caniche toy... y si quiere llevarlo al extremo consiga una rata y paseela de con una correa al cuello.
  13. Aunque no ría a menudo, haga reír y sobre todo sonreír: será testigo de la verdadera luz.
  14. Crea en sus intuiciones, implican un proceso puro, certero y más complejo de lo que entendemos y que posteriormente nuestra razón se encarga de hechar a perder.
  15. Salga a trotar, espere (miro la hora) a las 22hs.
  16. Mire a los ojos y mire ojos, sobre todo ésto último: descubrirá al hombre.
  17. Responda las botellas al mar que ha sabido recoger, a veces un gesto alcanza.
  18. Tenga cuidado con los espejos, nada bueno pueden mostrar.
  19. Ríase de usted mismo.
  20. Pise una pelotita tamaño golf con el pie descalzo y hágala rodar ejerciendo cierta presión, no olvide cerrar los ojos mientras lo hace.
  21. 1 bis
  22. Descubra los dibujos de saposaraso
  23. Vaya hasta la facultad de derecho y tirese a ver las estrellas.
  24. Coma helado en el cementerio de la Recoleta.
  25. Lea la Biblia y crea en el hombre.
  26. Escuche la voz de Emilia Inclán, escuche "yo, la máquina".
  27. Haga una pinza con el pulgar y el índice de una mano, localice en la mano opuesta el tríangulo que se forma entre el índice y el pulgar (la base sería la punta de los dedos) y ejerza presion sobre el vertice, si duele sepa esperar un minuto. Pero siga ejerciendo presión.
  28. Busque complicidad en desconocidos: se sorprenderá.
  29. Vaya a una tienda de antiguedades y compre una Olivetti.
  30. Sáquese el reloj de la muñeca.

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Estos textos fueron recuperados de un cuaderno rescatado del fuego que consumió la casa de Luciano Fortunato antes de su desaparición a Egipto.

Dr. Roberto Lambertucci

Historia de un desencuentro

Ayer no me querías, hoy no te quiero,
mañana no tendremos a quien querer
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Joaquín  Sabina -


El besará sus labios que no están, se deleitará fascinado con su gracia lejana y con su voz de mimbre y almendra. Pero al despertar del ensueño volverá a sus libros, justo ahí donde dejó su soledad.

Ella besará sus labios que no están, escuchará sus historias, será permisiva con sus delirios, y se sonreirá con sus ojos entreabiertos. Pero al despertar del ensueño volverá al sexo, al desenfreno, a la pasión, volverá a su soledad, justo ahí donde la dejó.


Historia de un desencuentro - Adolfo Lescano


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- La historia de un desencuentro es un libro de Adolfo en el que por medio de numerosas historias, anónimas o no, el autor va recorriendo junto al lector historias de amor que no fueron. Ella lo amaba perdidamente mientras el apenas la sospechaba, luego él se impregna de ella, profunda y cierta, pero ella y su amor ya no están; Ellos se aman, pero un inevitable (viaje, otra persona, la muerte) se interpone entre los dos; por mencionar algunas variantes. Todas las historias de amor del poeta se resumen en este volumen. Todas ellas culminaron en el desencuentro amoroso de dos soledades que buscan. El lector y Adolfo descubren a mitad de camino una fatalidad: el desencuentro en el amor quiere imponerse como una regla inquebrantable. Más avanzados en la lectura alcanzan una intuición que redefine y redime tal fatalidad. - Comenta el Dr. Roberto Lambertucci haciendo referencia al libro

28 de septiembre de 2012

Hoy se que nada en el mundo repugna tanto al hombre 
como seguir el camino que ha de conducirle así mismo.

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Demian - Herman Hesse
(Editorial arenal, p. 29)

16 de septiembre de 2012

Roberto Luis Lambertucci

roberto lambertucci

Luis Roberto Lambertucci, mejor conocido por Dr. Lambertucci o Roberto Lambertucci fue un ser humano promedio. Promedio en el jardín, promedio en la primaria y en la secundaria, claro está que no modificaría esa tendencia en la facultad de medicina de La Plata. Se esforzaba plenamente en cada jornada, de sol a sol, sin lograr resultados sobresalientes. A pesar de esa mediocridad reiterada, Lambertucci no se resignaba y soñaba con alcanzar el reconocimiento que viene de la mano del éxito. Como buena parte de las personas, Lambartucci soñaba con ser un triunfador. Y también como buena parte de las personas no lo logró... apenas le alcanzó para tres módicas cuotas: especialista en medicina interna, nefrología e infectología.
Ejercía la medicina con pasión, es cierto. También es cierto que gracias a sus lecturas de psicología y literatura universal, ayudado por cierta sensibilidad abrumadora para intuir al ser humano y su alma, lograba gran empatía con los pacientes a quienes ayudaba y prestaba un oído.

Había logrado estabilidad económica, una casa, un medio de transporte, había logrado cierto renombre de gran semiólogo, era querido por las personas con las que trabajaba y por sus pacientes. Sin embargo Lambertucci estaba vacío.

Por miedo o por mediocridad continuó ejerciendo la medicina, sin bajarse del carro para ver lo que estaba pasando que le impedía su bienestar.
La monotonía y la estabilidad continuaron, día a día, minuto a minuto.
Hasta que un día todas sus certezas, que ya se tambaleaban, se vinieron a pique: Laura se cruzó en su vida.
A pesar de su corta edad, en esa mujer se conjugaban todas las mujeres.
Sin entender el por qué, Lambertucci se fue volcando poco a poco a la escritura. Siempre había sentido un primitivo placer al lograr un texto de estética cierta. Sin embargo jamás le había dedicado tiempo, en parte por su mediocridad y en parte por el desaliento de todos sus allegados que no veían en sus textos más que un divertimento para el tiempo de ocio.
Catalizado por el misterio y la belleza, Lambertucci fue alejándose de los rigurosos confines del mundo aristotélico en el que había aprendido a vivir. Pronto todas las columnas del templo, junto con las certezas, fueron cayendo una a una. Sin certeza alguna, desconcertado, estaba ahora listo para sentir, para ser libre.
Por medio de Laura descubrió a Vellmount, Tellería, Lescano, Nogueira, Theodore Brodsky, al hombre excepcional, entre otros tantos. Quienes más tarde llenarían sus hojas.

Laura, errática y desquiciada, se fue o se irá.

Pero las cosas ya estaban encaminadas.
Sin darse cuenta las letras fueron llenando cada vez más fragmentos de su día. Bajo los fragmentos de su viejo ser fue renaciendo el cronista.
A los 45 años dejó de ejercer la medicina para dedicarse de lleno a sus crónicas. Según dicen compró una pequeña casa en Córdoba o San Luis, con una chimenea, cerca de un río. Desde el anonimato y la paz escribe sus crónicas mediocres, crónicas que se han dado a conocer como el arte de la invisibilidad.


Dr. Roberto Lambertucci
Los orígenes - El arte de la invisibilidad