28 de septiembre de 2011

cotidiana...

Sus pies iban hundiéndose, poco a poco, en la trama suave de aquel arroyuelo innominado. Siguió su cause un buen tramo hasta que las piedras, que hasta el momento eran pequeñas e inofensivas, se hicieron grandes, algunas de ellas filosas. Los pimientos de la orilla acariciaban su pelo vivo de viento y sol. 
Julieta, caminaba extasiada por la brisa y el reflejo que cegaba sus ojos y agudizaba su alma: la libertad la embargaba y rebalsaba. 
La piel rosada de sus pies fue desgarrada por una de las piedras, hundiéndose ésta en la profundidad de su carne. Apenas se percató, siguió caminando ajena al dolor y a la sangre que comenzaba a brotar, tiñendo poco a poco la totalidad del río cuesta abajo. 
Ya de noche, las luces de los coches resaltaban las contorsiones del paisaje, apareciendo y desapareciendo en medio de un silencio casi sepulcral si uno se olvida del estruendo continuo del rio. 

Con las estrellas como única fuente de luz, regresó por el costado de la ruta hasta la carpa y allí se quedó dormida, cobijada por las últimas brasas de una fogata ya moribunda.

25 de septiembre de 2011

el drama del sapo y la princesa

Vellmount descreía de los cuentos de hadas. Miraba con un filoso recelo las historias rosamente felices y, ciertamente, las perdices le producían indigestión... cuando no, flatulencia. 
Es así que entre sus textos perdidos figuran muchos clásicos con adaptaciones propias de este ser tan particular. 
Hoy particularmente se me viene a la mente una versión. 
La del sapo y la princesa. Para Vellmount la maldición del cuento exigía cierta recíprocidad y renuncia. Es así que en los fragmentos del cuento que he podido rescatar, cuando la dama desengañada y desencantada besa al sapo, éste se convierte en un príncipe maravilloso... pero la maldición exige un sapo, siempre se exige un sapo. Es así que la princesa, al besar, se convierte toda ella en sapo.* Sobreviene un nuevo desencuentro. Para este ser el drama no se gesta antes del beso, sino que comienza con el primer roce de labios.
El tiempo pasa, el príncipe se desenamora y desengaña de todas las princesas y vuelve al sapo, lo besa y éste se convierte en una maravillosa princesa... pero siempre se exige un sapo, es así que el príncipe encantador se vuelve sapo. Esa es la condena que comparten, el desencuentro. A pasar una y otra vez del estado sapo a humano, humano a sapo sin coincidir en el estado sapo o príncipe jamás. Se embarcan en una búsqueda que no tiene fin, la del amor ideal, sin darse cuenta que tienen frente a ellos el amor real.

Quizá la moraleja que nos quiera dejar es que habitualmente una princesa puede amar a un sapo y un sapo a una princesa... El amor color de rosa existe solo en los cuentos.


Los desencuentros son tan frecuentes en el amor que muchas veces le hacen pensar a uno que son su regla.

También es cierto que en su delirio no nos quiera decir nada o bien nos advierta que que besar sapos en exceso puede ser perjudicial para la salud.

Vaya uno a saber.

*En algunos ensayos menos felices la princesa, al primer beso, se convierte en yarará y se lastra de un solo mordisco al príncipe sapo o bien se convierte en mosca y deglutida por el batracio incapaz de controlar su voraz apetito.



Dr. Roberto Lambertucci
El arte de la invisibilidad 

11 de septiembre de 2011

- Miro la luna, llena, que se eleva en silencio sobre el horizonte de cemento y no puedo evitar recordarte.
- Miro la luz de un avión que se desliza suavemente surcando el firmamento y no puedo evitar recordarte…

- Abro la ventana y el crujido del pestillo deslizándose me lleva a recordarte…

- Adolfo, dejame resumir tu situación asi puedo dormir: no dejo de pensar en ella – musitó Vellmount a un Adolfo, que conmovido y pensativo, afirmó con un gesto de cabeza.

26 de mayo de 2011

Santos Lugares

Santos Lugares


Vellmount agradeció al chofer y bajó del Costera de un salto. Casi resbaló al pisar un fango pastoso, tejido con hojas secas algo descompuestas, tierra y agua.
Cruzó de inmediato, casi corriendo. Quien lo hubiese visto podría afirmar que llevaba prisa, como si fuese con el tiempo justo, como si lo estuviesen esperando.
Divisó el ferrocarril General San Martín. Al pasar, tomó del brazo a una mujer que con sorpresa y sobresalto giró la cabeza. Los ojos, primero nerviosos, se encontraron con una mirada conocida cuyos motivos no cuestionaron.
Ella no dudó. Al menos al principio. Cuando el misterio es grande la curiosidad nos impide cuestionar.
Vellmount sacó los boletos, mientras ella leía los destinos intentando adivinar.
Pronto el traqueteo del tren en un domingo gris y lluvioso se convirtió en una música que colmó el cada resquicio de nostalgia viva y poesía algo oxidada.
Prepararon mate, que acompañaron con unos bizcochitos de grasa.

La volvió a tomar del brazo con suavidad pero con cierto frenesí. Bajaron en la estación de Santos Lugares.
La lluvia, obstinada, no quería ceder y se empecinaba en reforzar el paisaje de invierno.

-Este era el refugio de Sabato – dijo Vellmount, mientras caminaban por la Av. La Plata, camino a la iglesia local – Aquí intentaba curarse del mundo y sus tormentos. Todos necesitamos un refugio, un brazo amigo... pero es cierto que cuando se abren ciertas puertas, cuando se traspasan ciertos límites el horror es tal que el alma se vuelve gris, envejece y se desgasta vertiginosamente.

Se quedo en silencio, con la mirada perdida y agregó:

- De la misma forma que no puede limpiarse un taller mecánico sin llevarse puesta una mancha de grasa o aceite, aunque sea ínfima... de la misma forma no se puede visitar el infierno y pretender salir inmaculado... Los grandes hombres lo saben y aceptan ese módico precio, cierta cuota de corrupción, el propio horror y tormento en su lucha por la verdad y el bien de la humanidad.

Hizo otro silencio y dijo:

- A la vuelta podemos pasar por el Club Defensores de Santos Lugares y buscamos la casa/refugio – Agregó haciendo un gesto y señalando con un grueso libro, sin desviar la mirada.

Ella asintió, entre tímida y emocionada, mientras abrazaba su mochilita gris que se mimetizaba con el día.

Recorrieron la iglesia de Nuestra Sra. de Lourdes. Luego visitaron el club deportivo y buscaron, en vano, algún indicio de la casa del Escritor, sin dar con ella.

La lluvia cobró vigor y el frío empezaba a colarse, con las gotas, a través de la ropa y prometía colarse por la propia piel hasta los huesos.

Estuvieron un rato más, caminando bajo la lluvia y volvieron sobre sus pasos.

Ya en el tren, Vellmount, sacó el libro. Se trataba de un ejemplar barato de Sobre héroes y tumbas. Acarició la tapa con cierta nostalgia. Lo abrió cerca del final y leyó en voz alta el Canto de Lavalle.
Jamás había podido leer el canto sin derramar algunas lágrimas, sin embargo...

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Este sería uno de los primeros viajes (cortito, por cierto) compartidos por Laura Arcamone y Vellmount.
Más tarde ella se alejaría, errática y caótica, a veces atormentada, comenzaría su búsqueda, buscaría su casita en su propio “Santos Lugares” porque, como Sábato, necesitaba un refugio para sanar del mundo y sus heridas.

El arte de la invisibilidad está colmado de baches como los que se encuentran en esta historia. Colmado de faltantes, su lectura deja una clara sensación de vacío, de incompleto, de imperfección... siempre falta algo, jamás puede vislumbrarse completamente una historia y cuando se cree hacerlo se lee un párrafo más adelante y se vuelve, irremediablemente a la incertidumbre. Hay divergencias, convergencias, repeticiones, superposiciones, solapamientos, reverberancias y por momentos evaporaciones, cuyo resultado muchas veces roza lo caótico e improvisado. Lambertucci era consciente de este particular, sin embargo no se preocupaba mucho y se justificaba alegando que la vida misma era imperfecta, improvisada y caótica. Que muchas veces carecía de aparente sentido, que estaba colmada de incompletos, repleta de misterios y de vacíos que muchas veces no podían ser llenados.
También es cierto que muchos aseguraban que las omisiones y faltantes que llenaban el arte de la invisibilidad no eran sino la consecuencia de un escritor de medio tiempo, mediocre y distraído, que muchas veces, incluso, parecía quedarse dormido en la mitad de la historia y continuar con otra totalmente distinta, al despertar vaya a saber uno de que malos sueños. 

Si ustedes pretenden que escriba una obra completa y coherente, colmada de lógica, sin baches o faltantes, que tenga un índice alfabético y pueda leerse capítulo por capítulo, de corrido, me están pidiendo que cambie de género y me dedique a la ficción... y la ficción, muchachos, la ficción está en los diarios... la ficción, muchachos, se la dejo a ustedes... así que háganme y háganse un favor y no me rompan más – problemas de impresión- y váyanse a -problemas de impresión- . Gracias.”

La frase pertenece a Roberto Lambertucci, antes de dar un portazo de despedida que hizo temblar los cimientos de un periódico de ciudad y retirarse de una de las pocas entrevistas vinculadas al arte de la invisibilidad a las que accedió.

30 de abril de 2011

te hemos comprendido...

te hemos comprendido...


Querido y remoto muchacho (fragmento) - Abadddón, el exterminador - Ernesto Sábato.

Pero sí, oirás de pronto esa palabra - como ahora -, donde esté Pavese oye la nuestra, sentirás la anhelada presencia, el esperado signo de un ser que desde otra isla oye tus gritos, alguien que entenderá tus gestos, que será capaz de descifrar tu clave. Y entonces tendrás fuerzas para seguir adelante, por un momento no sentirás el gruñido de los cerdos. Aunque sea por un fugitivo instante, sentirás la eternidad. [...]

[...]aquel llamado de las trompas atravesó los tiempos y de  pronto, vos y yo, abatidos por la pesadumbre la oímos y comprendemos que, por deber hacia aquel desdichado tenemos que responder con algún signo que le indique que lo comprendimos. [...]

Relatado por el autor: Querido y remoto muchacho
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Se nos fue el Maestro... y se fue sin el nobel de la dinamita, pero se llevó el Nobel de la gente que lo quiso por su pensamiento y sus palabras.

Gracias Ernesto... me quedé con las imperdonables ganas de regalarte El Principito.