20 de julio de 2014

Si todavía combato, combatiré un poco por ti.

Capitulo VI
Por esta razón, amigo mío, tengo tanta necesidad de tu amistad. Tengo sed de un compañero que respete en mí, por encima de los litigios de la razón, el peregrino de aquel fuego. A veces tengo necesidad de gustar por adelantado el calor prometido, y descansar, más allá de mi mismo, en esa cita que será la nuestra.

¡Estoy tan cansado de polémicas, de exclusividades, de fanatismos! En tu casa puedo entrar sin vestirme con un uniforme, sin someterme a la recitación de un Corán, sin renunciar a nada de mi patria interior. Junto a ti no tengo ya que disculparme, no tengo que defenderme, no tengo que probar nada. Como en Tournus, hallo la paz. Más allá de mis palabras torpes, más allá de los razonamientos que me pueden engañar, tú consideras en mí simplemente al Hombre, tú honras en mí al embajador de creencias, de costumbre, de amores particulares. Si difiero de ti, lejos de menoscabarte, te engrandezco. Me interrogas como se interroga al viajero.

Yo, que como todos, experimento la necesidad de ser reconocido, me siento puro en ti y voy hacia ti. Tengo necesidad de ir allí donde soy puro. Jamás han sido mis fórmulas ni mis andanzas las que te informaron acerca de lo que soy, sino que la aceptación de quien soy te ha hecho, necesariamente, indulgente para con esas andanzas y esas fórmulas. Te estoy agradecido por que me recibes tal como soy. ¿Qué he de hacer con un amigo que me juzga? Si recibo a un amigo en mi mesa, le ruego que se siente, si renguea, pero no le pido que baile.

Amigo mío, tengo necesidad de ti como de una cumbre donde se puede respirar. 
[...]
Si todavía combato, combatiré un poco por ti. Tengo necesidad de ti para creer mejor en el advenimiento de esa sonrisa. Tengo necesidad de ayudarte a vivir (...)

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Carta a un rehén - Exupery (quien más?)

14 de julio de 2014

la corola de ivorio

[...]
Como la flor que uno huele
sin cortar
y conserva para siempre.

Como ese abrazo
latente
de algodón o nieve.

Como la caricia del rayito de sol
del primer otoño
que durante toda la vida se lleva.
que uno lleva para siempre.

Recuerdos que no son
otros que si:
siempre estuvieron aquí.
[...]

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Magdalena Petraglia, es una gran lectora de poesía. Culta, refinada y elegante en cada gesto, hasta el más sutil. Hermosa. He visto sus manos mientras sostienen un libro. Son del color de la nieve, las supongo suaves, apenas surcadas por minúsculas y delicadas venas que insinúan un azul muy tenue. Una mujer de minuciosa memoria y de gran inteligencia. Pero era su corazón, bondadoso y lleno de amor, lo que destacaba por encima de todo. Siempre sentí una profunda ternura y admiración por Magdalena.
Recuerdo una tarde en la que me fue leyendo fragmentos de poesía de su querido Baldomero, referentes a la medicina. Guiado por su voz, fui descubriendo la dulzura y la cotidiana naturaleza de su poesía. Un niño, eso es. Sin embargo, qué profunda su metáfora y qué compacta.  Hoy me pregunto si la ternura con la recuerdo esas letras no tiene que ver exclusivamente con su voz.
Mis intentos previos de escribir poesía redundaron en fracasos irremediables y contundentes. La belleza de los versos era al menos cuestionable, la métrica era kilométrica y cada verso ocupaba casi todo el renglón. Una vez recurrí al artilugio de suprimir el espacio que separa los distintos párrafos y descubrí, no sin tedio, que había escrito un cuento maravilloso. Por eso me volqué a la prosa. 
Sin embargo, sentí el deseo de escribir poesía nuevamente. Ensayé unos versos simples en una servilleta, que leí a Magdalena. Como es propio de una dama, fue piadosa y sonrió. 
Yo no soy tan optimista.

Roberto Lambertucci
12/07/14


12 de julio de 2014

La otra ficción

Hombre soy; 
nada humano 
me es ajeno

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Terencio


Con los años llegué a creer que Hernán Vellmount, Fabricio Nogueira (el coleccionista de insectos), Adolfo Lescano, Luciano Fortunato, Carlos Alberto Tellería (el fotógrado), Julieta Perez Mendizabal, Laura y Elizabeth Arcamone, Theodore Brodsky, el hombre excepcional, Alberto Spagnolo, Víctor Manuel Nogueira (el padre de Fabricio), Magdalena Petraglia (la mujer de Víctor Manuel), El ingeniero Ignacio Mozetic, Pilar Almagro Diaz, Bárbara Simini, Tony Kotzarew, Elsa Tori de Rolón, Luis Antonio Bonifacio, Helena Gonzalez Roffo y tantos otros que no recuerdo y otros tantos que aún no conozco no eran más que una ficción. Mi ficción más bella. Una exageración divergente, una reducción al absurdo de nimiedades de una psicología única y de una persona íntegra que se condensaban en personajes ficticios.
No era así, que ingenuo he sido.
En la madurez de mi vida, comprendí cuán errado estaba: soy yo, soy su refinada y más compleja ficción. La convergencia no de una, ni de diez, ni  de cien, sino de diez mil existencias dispares y contradictorias, algunas incompatibles, en una misma psiquis. Soy esa quimera, absurda y siempre incompleta. No soy nada pero a veces, contadas, lo soy todo. Soy el cronista, el Dr. Roberto Lambertucci. 

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Roberto Lambertucci

26 de junio de 2014

Dos docenas y media

Corren y juegan en ese pequeño patio. La tarde ya está perfilada y el sol brinda su última y más suave caricia. 
Parecen ajenos a todo, sin preocupaciones, inmersos en su mundo maravilloso. 
El duraznillo esta plagado de flores y las abejas se adivinan por el zumbido persistente y algo lejano.
Apenas una brisa despeina sus ya despeinadas cabelleras. Se escuchan rumores próximos que trepan y saltan los tapiales que unen patios adyacentes. Son voces.
De pronto interrumpen su juego. Algo sucede. Se cruzan sus miradas y en un movimiento coordinado y sincronizado, como respondiendo a un llamado que nadie atiende o escucha, se trepan a la casilla del gas. Imaginen el esfuerzo ciclópeo de dos pequeños de manos mulliditas y tiernas. Casi 2 metros de bella hazaña. 

Estoy allí. No pueden verme. Ni siquiera me sospechan. 

Apenas los techos se elevan por encima de sus miradas, desde allí arriba todo lo observan. El movimiento en el gallinero del patio vecino, las plantas de mandarinas, alguien arregla un tanque de agua dos patios por medio… todo está al alcance de sus ojos. 
La ardua tarea de observar parece detenerse. Se sientan como chinitos. 

Se lo que viene.

Uno de ellos saca dos naranjas. Las ablandan con las manitos regordetas y con tierra bajo las uñas. Las hacen rodar, apretándolas contra el techo que les hace de piso. Una vez cumplido el período de ablandamiento y alcanzada la consistencia deseada, de un tarascón dibujan un orificio en uno de los polos de la fruta. Arrancan con los dientes el ombligo que luego escupen. El jugo se desliza en sus bocas, abundante y dulce, y es como un bálsamo que refresca sus almas y sus juegos.
Algo sucede. Se termina el jugo. Se ilumina el rostro de uno de ellos. Salta de la casilla y corre dentro de la casa. 

Pasa por al lado mío. Me veo tentado a interrumpir su paso y abrazarlo con fuerza. Lo dejo seguir su camino.

El abuelo hizo la tarea y ha dejado las compras del día bien a la vista y al alcance. Se asoma sonriente. Con esfuerzo atraviesa la puerta de tejido, que detrás suyo se cierra sonando a aluminio destartalado. Entre sus manitos, trastabillando y con solemne seriedad, trae una bolsa enorme. Con gran esfuerzo suben el tesoro. Ya instalado y con gesto cómplice abre la bolsa. Con un ademán de mano ostenta el motín: dos docenas y media de naranjas de jugo. Una a una las van chupando, exprimen con sus manitas hasta la última gota de jugo. Así los encuentra el anochecer, así despiden el día…

Estoy allí. Lo de siempre. Sin embargo algo sucede, hay una anomalía. Algo inesperado y único. El pequeño mira hacia donde estoy. Una mezcla de temor y emoción me congelan: me está mirando fijamente. Sonríe. Rompo en llanto. En sus ojos puedo...

- Hey! Hernán!
- Disculpame, estaba en cualquier cosa - Se sonroja
- Me di cuenta… por qué se chupan?
- Cómo? - confundido, parece no entender lo que Julieta sugiere… se sonroja aún más
- Dos segundos antes, me dijiste que no se comen… que se chupan…

La cara de Vellmount oscilaba entre el desconcierto y la suspicacia, sin decidirse.

- Hace dos minutos al pasar por la verdulería comenté en voz alta que tenía ganas de comerme una naranja… y con una sonrisa, no se si tierna o degenerada, me dijiste: se chupan!... Atiné a pegarte un bollo, pero intuyendo mis intenciones te defendiste diciendo que las naranjas se chupan, no se comen… 

Hizo una pausa y casi rogando, agregó:

- Querés explicarme?
- Mañas nomás - Respondió Hernán - no me hagas caso, Juli.

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No es la magnitud de las cosas la que define nuestros gustos y nuestra persona toda. Las cosas son apenas una circunstancia prescindible, pero que se vuelven imprescindibles por una situación conexa a las mismas: la intensidad del sentimiento vivido. Una naranja poco significa, pero se convierte en algo indispensable si su jugo nos llenó de alegría una tarde ya remota. Nos definen las cosas que nos llenaron de felicidad o tristeza, pequeñas o grandes… esto último es irrelevante. Algunas mañas tienen su razón de ser, que las hace maravillosas y nuestras... aunque no se sepa.

Roberto Lambertucci

5 de mayo de 2014

teoría y práctica de la pesca con mosca...


Allí lo observo, parece ajeno al agua helada del río 
Algunos sauces descansan sus hojas sobre el agua agitada y juguetona.
Allí lo veo y no deja de sorprenderme el universo que esconde dentro suyo.
Vellmount detestaba la pesca y sin embargo allí está. También es cierto que Vellmount odiaba los partidos de football.  A decir verdad Vellmount también odiaba las carreras de Tc 2000, la caza, la fórmula 1, el tenis, los superclásicos y sentía un tedio proverbial con las películas, las series y los video juegos... entre otros muchos.
Pero eso es tema aparte. Nos ocupa la pesca.
Vellmount detestaba la pesca, pero solía ejercerla con asidua y desconcertante frecuencia.
Aún siendo catalogado como deporte, Hernán sostenía que la pesca reúne más características de un arte o de una ciencia, que de un deporte propiamente dicho. 
Vellmount, en uno de sus textos laberínticos, describe algunas de las características de la pesca. Aquí, a forma de resumen, hago mención de algunas de esas características, que a mi entender son dignas de ser mencionadas. Aquí vamos: paciencia para esperar el pique, concentración para mantenerse enfocado en la boya o el señuelo, entereza mental para sobrellevar, sin destruir la caña y revolear el mediomundo, las jornadas interminables sin éxito que contrastan con el pique asiduo del que está a dos pasos nuestro, tacto finísimo para interpretar cambios ínfimos de tensión en la tanza , delicadeza, gracia y armonía en los movimientos combinada con la capacidad de reaccionar de forma explosiva y breve ante el pique, suavidad para desplazarse por el agua casi sin hacer ruido, manejo multivariable que permita un riguroso análisis del viento, la temperatura, la luz solar, las corrientes de agua, la sombra y las profundidades, un marco teórico adusto que incluya la flora y la fauna regional, conocer los peces y sus gustos alimentarios, una noción espacial privilegiada que permita dirigir, de un solo golpe de mano, la línea hacia el lugar que se desea, autocontrol porque siempre y en todo se requiere, entre otras virtudes, fortaleza física para soportar las agujas del frío en las manos y el rostro y la austeridad del terreno y del clima. Estos son apenas un recuento somero, a modo meramente informativo. 
Me tildará de demente, quizás no se equivoque, pero en ninguna de las anteriores se encuentra el fundamento de esa anomalía tan cierta en Hernán. 
Todos tenemos alguna contradicción, dirá usted. No... Vellmount se rige por la más rigurosa lógica ... Dirá también que es una lógica muy particular, espiralada, cuando no enroscada y recalcitrante y tan propia, pero tan propia que resulta extraña, incluso ilógica e inentendible, para terceros.
Usted verá, Vellmount solía salir de pesca, no por lo antes dicho, como ya le he dicho. Vellmount atesoraba la soledad del pescador, principalmente del pescador con mosca. Solía buscar un río alejado, con un paisaje que fuese un deleite, se ponía los pantalones de pesca y se metía, se internaba, poco a poco hasta que el agua le llegara justo a la cintura. Así, en ese acto de contenido más metafórico que real, se alejaba, y en un gesto casi taoista se desprendía de todo y de todos. 
Lo cierto es que Vellmount, como todos, fingía... pero fingía pescar. La verdad es que nunca había pescado un solo pez, le parecía aberrante el lastimar a un pobre bicho solo por diversión u ocio y dudaba con rigurosidad de la integridad afectivoemocional de los que alcanzaban el zenit del estímulo sexual comtemplando un surubí. Fingía pescar, solo llevaba la caña, el riel y la tanza con una pequeña plomada brillante y colorida. Era un pretexto para los otros y para sí. 

- Nunca se está lo suficientemente solo - decía, con una cara en la que se entremezclaban una sonrisa de serenidad y con pizcas, ciertas, de mesurada preocupación.

Dr. Roberto Lambertucci
4 de Mayo de 2014